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La lesión más emblemática de toda la historia del baloncesto

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Luka Doncic (Foto: Cordon Press) Lesión
Luka Doncic (Foto: Cordon Press)

La Laker Nation contiene el aliento ante lo sucedido con Luka Doncic: un desgarro muscular en los isquiotibiales de su pierna izquierda, ocurrido en el partido ante Oklahoma City Thunder, le ha eliminado de lo que queda de liga regular y hace que sea duda para la primera ronda de los playoffs como mínimo. Los angelinos se las prometían muy felices, justo cuando por fin habían conseguido química entre el esloveno y LeBron James, auxiliados por Austin Reeves, pero ese big three tardará en reunirse de nuevo.

Es solo un ejemplo más de un factor absolutamente fundamental en la historia del deporte y, desde luego, del baloncesto: las lesiones. Habitualmente utilizadas como excusa en las derrotas, las ha habido de todo grado de trascendencia, tanto en la NBA como en el baloncesto FIBA. Y no han faltado incluso las que han tenido incluso una repercusión positiva. Cuando Pau Gasol se fracturó el quinto metatarsiano del pie izquierdo en la semifinal del Mundial 2006 ante Argentina (19 puntos y 11 rebotes llevaba), todos sus compañeros se conjuraron para ofrecerle la victoria dos días después en la final ante Grecia. Lo lograron holgadamente, sin mucha épica (70-47). «Habría roto mi pie todas las veces que fuera necesario si sabía que el resultado iba a ser un campeonato del mundo. Estaba destinado a ser así», ha apuntado con el tiempo, echando la vista atrás.

La situación tuvo el añadido de que Marc Gasol ocupó parte de los minutos de su hermano, logrando secar a uno de los grandes peligros de los helenos, Sofoklis Schorsianitis. Se sacudía así las sospechas de enchufismo que había levantado su convocatoria.

La historia recuerda algo a las finales de 1980 en la NBA: de cara al sexto partido de la final entre Lakers y Sixers, disputado en Filadelfia, Kareem Abdul-Jabbar no pudo estar disponible y a Pat Riley se le ocurrió la genialidad de poner de pívot durante buena parte del choque a un Magic Johnson que vivía su temporada ‘rookie’. Su respuesta fueron 42 puntos, 15 rebotes y 7 asistencias que sellaron el anillo para los suyos ante la estupefacción general.

«Cuando nos enteramos de que Kareem no iba a jugar, subimos al avión y todos tenían la cabeza baja. El asiento de Kareem, siempre se sentaba en el primero, estaba vacío. Yo me senté ahí y, cuando cada jugador de los Lakers pasaba, les decía: ‘Never fear, Magic is here’ (‘No temáis, Magic está aquí’). Me miraban como si estuviera loco, como diciendo ‘este novato está chalado’. Luego les dije a todos: ‘Escuchad, podemos ganar este partido sin Kareem’. Ellos no lo creían al principio, pero poco a poco empezaron a creer. Ese partido demostró que el corazón y la inteligencia en el baloncesto importan mucho. Fue uno de los días más especiales de toda mi carrera», ha contado Johnson después.

Kareem Abdul-Jabbar (Foto: Cordon Press)
Kareem Abdul-Jabbar (Foto: Cordon Press)

A veces una lesión es una buena oportunidad, la ventana que se abre tras cerrarse una puerta. El propio Pau no empezó como titular su temporada de novato en la NBA, la 2001-02, pero un problema físico del ala-pívot que estaba saliendo de inicio en los Grizzlies, Stromile Swift, le otorgó ese rol para no perderlo nunca ya. Hay que estar al loro, que no estamos tan mal. Swift se hizo daño en la rueda de calentamiento en el partido ante Phoenix Suns y la respuesta de Gasol, en su cuarto encuentro en la NBA, fue hacer 27 puntos en 39:42 en pista.

Otra historia muy mítica es la de Willis Reed, con un desgarro en el muslo sufrido en el quinto partido de la final entre su equipo, los Knicks, y los Lakers, en 1970. El sexto no lo jugó y Wilt Chamberlain hizo lo que quiso (45 puntos y 27 rebotes), lo que abocó a que todo se decidiese en el séptimo. Reed hizo la del Cid Campeador: se le daba por descartado, pero dejó a todos boquiabiertos cuando apareció renqueante por el túnel de vestuarios del Madison Square Garden. Fue alineado como titular y anotó las dos primeras canastas de su equipo. Aquello se venía abajo, dicen las crónicas de la época. Completamente cojo, apenas pudo estar algunos minutos más en pista, pero el golpe psicológico ya estaba dado y los neoyorquinos confirmaron el campeonato, con Walt Frazier en plan mandón (35 puntos y 19 asistencias). «No quería tener que mirarme al espejo 20 años después y decir que ojalá hubiera intentado jugar. Lo que quise fue inspirar a mis compañeros», solía contar el pívot, fallecido en 2023.

Daño puro

Pero en este tema desde luego que hay mucho más dolor que alegría. Que se lo digan a todas aquellas estrellas que no pudieron ejercer de ello para sus equipos cuando más las necesitaban. En ocasiones hasta parece haber un efecto epidemia y una baja importante llama a otra. Muy probablemente los Warriors tendrían un anillo más si en 2019 hubiesen podido contar con Kevin Durant (tendón de Aquiles) y Klay Thompson (ligamento cruzado anterior) en el apogeo de la final ante los Toronto Raptors, que bien supieron aprovecharse de ello para lograr su único entorchado.

Kevin Durant (Foto: Cordon Press)
Kevin Durant (Foto: Cordon Press)

Durant expresa bien la angustia que causa siempre en un jugador romperse: «Oí un chasquido y pensé ‘Dios mío’. Toda mi carrera en el baloncesto pasó ante mis ojos: todo lo que hice, todo lo que pensé, mis mejores y peores momentos. Por eso, si ves el vídeo, estoy ahí sentado mirando al vacío a la grada antes de que alguien me ayudara. Porque pensé: ‘Esto se acabó’. Realmente no sabía qué iba a ser de mí, y esa sensación de no saber quién eres es aterradora».

En las últimas finales se vivió algo incluso más tremendo: jugándose el primer cuarto del séptimo y definitivo partido entre Thunder y Pacers, a la gran estrella de Indiana, Tyrese Haliburton, le ocurrió lo mismo y no pudo ayudar a su equipo a evitar la derrota. El base sufrió así el doble castigo de ver cómo se le escapaba el campeonato y saber que estaría un año apartado de las pistas. Su carta pública tras ser operado es aterradora: «quisiera poder contar la cantidad de veces que la gente me ha dicho que voy a volver más fuerte. Qué cliché, jaja. Esto es una mierda. Mi pie es como un peso muerto, hermano. Pero lo que más duele, creo, es mi mente. Siento que estoy divagando, pero sé que algún día miraré hacia atrás y me sentiré orgulloso de haber superado esto. Está bien soltar todo esto sin que nadie me vea llorar».

De la proliferación de desgracias a este lado del Atlántico puede hablar por ejemplo el Real Madrid, al que se le acumularon las ausencias en el juego interior durante la final ACB de 1989 frente al Barcelona. Cuenta la leyenda que Fernando Martín, que con terribles molestias en la espalda no había podido jugar el primer partido -resuelto de forma contundente por los azulgranas- acudió sin permiso médico al segundo, que también se disputaba en el Palau. «No me he levantado de la cama para perder», les soltó a sus compañeros al reencontrarse con ellos. Y el Madrid ganó, aunque la serie terminaría siendo para el Barça en cinco encuentros.

Yao Ming (Foto: Cordon Press)
Yao Ming (Foto: Cordon Press)

El Aquiles de Kobe Bryant también voló en mil pedazos en 2013 («lo noté en ese mismo momento») y ya no volvió a ser el mismo. Regresó en tiempo récord, pero a partir de entonces encadenó problemas más o menos grandes que le terminaron empujando a la retirada. Sí pudo evitarla Arvydas Sabonis, con ese mismo problema… en las dos piernas durante los años 80, cuando su carrera se vio seriamente comprometida. Se hace difícil pensar, por ejemplo, que la URSS hubiese perdido el Eurobasket de 1987 ante Grecia con él en pista, pero claro, el capítulo de los ‘what if…’ es demasiado inabarcable. El caso es que ‘Sabas’ resucitó, en parte por los cuidados que recibió durante su época en Valladolid por parte del doctor Javier Alonso, y hasta pudo emprender una improbable carrera NBA que le llevó a ser ‘rookie’ con 31 años.

Todo lo contrario le sucedió a Yao Ming. Ya se sabe que los supergigantes -y este mide 2,29- suelen tener muchísima propensión a lastimarse por lo particular de sus cuerpos. En su caso, todo fue bien en principio, tras ser elegido número 1 del draft de 2002 por los Rockets. En los siguientes años fue una fuerza creciente… pero acababa de cumplir los 30 cuando disputó el último partido de su vida, incapaz de recuperarse de tres fracturas consecutivas por estrés en el pie izquierdo. «Estaba mentalmente agobiado por las lesiones y el proceso de recuperación… Te preocupas por volver a lesionarte. Una o dos veces está bien, pero cuando te lesionas tres o cuatro veces en pocos años, pierdes esa confianza, y sin confianza no puedes competir al máximo nivel. Era la mejor edad para un deportista, pero para mí fue como una muerte súbita», ha dicho después el chino, que asegura que hoy en día siente «como adormecido» el pie.

Pero si hay una carrera deslumbrante destrozada por la obligatoriedad de pasar por el quirófano en el baloncesto de este siglo es la de Derrick Rose. En un partido de los ‘playoffs’ de 2012 casi decidido ante los Sixers (+12 a 1:22) se rompió el ligamento cruzado anterior en un contraataque y perdió buena parte de la explosividad que acreditaba. Lloró cuando se quedó solo, sabiendo que siempre habría un antes y un después: pasó de ser el MVP de la competición (2011) a simplemente un buen relevo. Momentos como los 50 puntos que le metió a Utah con Minnesota en 2018 hicieron recordar lo buenísimo que era.

Grant Hill, Brandon Roy, Gordon Hayward, Penny Hardaway, Baron Davis, Shaun Livingston, Kristaps Porzingis, Andrew Bynum… la nómina de jugadores de las tres últimas décadas que ha visto su camino ensombrecerse por distintas dolencias es amplia y variada. Quizás el ‘hombre que pudo reinar’ (y su cuerpo se le puso en contra) más significativo de esta última época es el Greg Oden, número 1 universitario del 2007 cuyo historial NBA se reduce a 105 partidos de liga regular y 9 de playoffs en tres temporadas. En fin, bastante hizo con reaparecer con Miami tras tres años en blanco. Iba para gran dominador y…

Ralph Sampson (Foto: Cordon Press)
Ralph Sampson (Foto: Cordon Press)

En los 80-90 el equivalente baloncestístico de Robert Prosinecki (enormes expectativas cercenadas por las reiteradas lesiones) se puede atribuir fundamentalmente a dos interiores: Ralph Sampson -de ‘torre gemela’ en Houston a fichaje inservible del Unicaja- y Sam Bowie, que aunque prolongó su paso por las canchas hasta los 34 siempre tuvo que cargar con el hecho de haber sido elegido por delante de Michael Jordan en el draft (2 y 3, respectivamente).

Mirando un poco más atrás, hay dos historias de redención que emocionan especialmente. Una es la de Bill Walton, número 1 de 1974 y líder espiritual y deportivo en el único título, por ahora, de los Blazers (1977). A partir de entonces se mostró especialmente endeble y todos le daban por acabado cuando recibió la llamada de Red Auerbach. ¿Por qué no ser el suplente de lujo de Robert Parish en la lucha por el anillo de 1986 ante los Lakers? Dicho y hecho: parecía haber nacido para llevar esa camiseta.

La otra con especial simbolismo es la de Bernard King. En 1985, cuando era el gran faro de los Knicks como uno de los mejores tiradores de la liga, se rompió la rodilla y estuvo dos temporadas sin pisar el parquet. Cuando regresó en Nueva York ya no le esperaban y se buscó la vida en Washington, donde recuperó la condición de All Star en 1991, ya con 34. La ovación del público de Charlotte fue espectacular. Parecía que su articulación dañada estaba esperando para ese reconocimiento porque al cabo de dos semanas volvió a hacer crack y su siguiente intento por regresar, dos temporadas después con los Nets, resultó fallido.

Mientras, el karma resultó cruel con Isiah Thomas. Hiperconocido es que se quedó fuera del Dream Team de Barcelona-92 por sus malas relaciones especialmente con Michael Jordan, pero USA Basketball estaba dispuesto a compensarle -un poquito- llevándole a la selección que disputaría el Mundial de Toronto dos años después. No pudo ser: se rompió el tendón de Aquiles derecho en uno de los últimos partidos de la liga regular, ante Orlando Magic, y además arrastraba serias dificultades en la muñeca con la que tiraba, la diestra, por lo que ni siquiera pudo despedirse desde la pista. Era bastante joven aún: 32 años.

Gafe con España

La antes reseñada incidencia de Pau Gasol en Japón en 2006 no tuvo en principio un gran impacto en su carrera. Su regreso a las pistas con los Grizzlies se demoró unos tres meses y a partir de entonces se mantuvo bastante alejado de la enfermería, que solo empezó a visitar con mucha asiduidad diez años después, cuando fichó, ya un poco de recogida, con los San Antonio Spurs. Entonces ya le vinieron todos los problemas seguidos y estuvo dos años sin jugar, de bisturí a bisturí. No le faltó heroísmo a su regreso al Barcelona para ganar la Liga Endesa 20-21 con un rol muy determinado, aunque le faltó redondear con la Euroliga.

Juan Antonio Morales (Foto: Cordon Press)
Juan Antonio Morales (Foto: Cordon Press)

Parece que la camiseta de la selección tiene un cierto imán para atraer momentos terribles. En 1988 Juanan Morales estaba siendo la sensación del equipo de Antonio Díaz-Miguel en el Preolímpico de Rotterdam dentro de un contexto en el que al baloncesto español le costaba Dios y ayuda sacar algún pívot joven que pudiese producir debajo de los tableros. Con sus 2,12, el entonces jugador del Joventut fue un soplo de aire fresco que se cortó en seco cuando se hizo cisco el tobillo en una jugada frente a Italia. Era la época en la que entre los realizadores de televisión todavía no existía la consigna de que no había que repetir con saña el momento de la lesión de un deportista y que ni siquiera estaba bonito enfocarle en el suelo haciendo gestos de dolor. Así es que ya están avisados si hacen click aquí porque es droga dura.  Morales todavía no había cumplido los 20 años y, aunque regresó a las pistas siendo partícipe incluso de la Euroliga del Joventut de 1994, ofrecería una versión diferente, menos explosiva y más analítica.

Otra fotografía difícil de revivir es la de Sergio Llull en verano de 2017, en un amistoso ante Bélgica de preparación para el Eurobasket. Estaba a punto de cumplir los 30 y se encontraba quizás en su mejor momento, con crecientes galones en el equipo nacional, pero la temida rotura del cruzado se interpuso en su camino. No hay frase más demoledora que la que usó para resumir lo que pasó: «La vida puede cambiar en un segundo». Ocho meses y medio después volvió con dos celebradísimos triplazos en un Real Madrid-Panathinaikos. Suele ocurrirle a lo mismo todos los jugadores a medida que se hacen veteranos, pero desde entonces su tendencia ha sido descaradamente a tirar desde fuera y a entrar menos a canasta. Da igual: incluso hoy en día, a la hora de la verdad hay que darle el balón a él y es muy probable que acierte, como en aquella histórica suspensión en la final de la Euroliga del 23 ante el Olympiacos.

En fin, como siempre se dice en estos casos, Doncic debe tener paciencia, como el último jugador de la liga de Kazajistán cuando pasa por lo mismo. Al fin y al cabo no es tan raro: los estudios confirman que hoy, al menos en la NBA, hay muchas más lesiones que antes, aunque proliferen en algunas zonas que no eran tan habituales, como los músculos isquiotibiales. Aunque la medicina ha avanzado, la frecuencia e intensidad de los partidos son obviamente factores de alto riesgo.

 

 

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