
Es viernes, y Sigfús Sigurdsson da los buenos días con «una buena y fresca selección» de productos de su pescadería. Se graba con el móvil, enseñando también «el festín» que hay en el mostrador: dorada, tímalo, camarones, arenques… «¡Bienvenidos a nuestro barco!», exclama Sigfús saliendo por la puerta de su tienda (Fúsi, en Skipholt 70, perteneciente al distrito 105 de Reykjavík, Islandia). Hay ocho grados de temperatura. Sonríe con los ojos, claros y azules, enmarcados por la montura de las gafas y a la sombra de una gorra TaylorMade desgastada que le protege de los rayos del sol.
Sigfús creció en Hlíðahverfi. Mide casi dos metros y ha llegado a superar los 110 kilos. «Mi madre siempre decía que era hiperactivo y testarudo, pero para nada malo. Y mi hermana Ágústa, que daba bastante miedo. Supongo que no estaba en un punto intermedio», contaba en Vísir. Ahora Sigfús roza los 50 años y desde el 12 de noviembre de 2018 es el propietario de este negocio. «Por fin dirijo mi propia tienda y hago lo que realmente me gusta: conocer gente, charlar con ellos, servirles pescado y ser yo mismo. Así que, de ahora en adelante, soy Fúsi, el pescador».
Skipholt podría traducirse como «la colina de los barcos» o «la colina naval», al este del casco histórico de la capital islandesa. Durante buena parte del siglo XX, Skipholt fue una arteria comercial de barrio: talleres, pequeñas tiendas, almacenes y oficinas. Aunque el puerto queda a poca distancia y hoy el centro turístico se concentra unas calles más al oeste, la memoria económica de la ciudad sigue girando alrededor de la pesca y del comercio marítimo.
Sangre de mar y músculo
Sigfús Sigurdsson es hijo de marinero (Sigurdur Petersen) y su abuelo (Sigfús, al que llamaban Kúla-Fús) representó a Islandia en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948 en lanzamiento de peso, llegando a la final y quedando en el puesto número 12. «En realidad, mi abuelo era bastante más bajo que yo, pero esta familia, los Hjarðarfellsætt de Snæfellsnes, es muy alta. Fui a una reunión familiar hace cinco años y yo era uno de los más bajos. […] Mi madre compitió en natación, y mi tío Einar fue uno de los mejores jugadores de baloncesto del país», continúa Sigfús. «Ella no veía en directo mis partidos de la selección nacional, no le gustaba la adrenalina. Los grababa y los veía después».
En su otra vida, Sigurdsson fue pívot internacional de la Selección Islandesa de Balonmano, representando a su país en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y Pekín 2008. No en vano, el nombre de su pescadería (Fúsi) hace referencia al diminutivo por el que le conocieron como deportista. Es un histórico del balonmano en casa y en Europa. Y uno de los principales referentes deportivos que tuvo fue Geir Sveinsson, además del sueco Magnus Wislander, quien a menudo era un rival complicado para los islandeses.
También está el golf, deporte al que es aficionado Sigfús desde la infancia gracias a su padre. «Yo tenía unos 9 ó 10 años cuando él compró unos palos de golf en el extranjero y los trajo a casa. Luego tomé un curso con Úlfar Jóns en Grafarholt y después jugamos sin parar en Klambratún (llegamos a hacer entre dos y cuatro hoyos allí)», comentaba en Kylfingur.
Según relata al citado medio islandés, Sigfús tuvo dificultades en las categorías inferiores del Valur. Le pusieron de portero, pero no era bueno y no jugaba. «No fue hasta que Mikael Akachev empezó a entrenar que comencé a destacar. Me colocó en la delantera y enseguida me adapté. Cuando ascendí al primer equipo, el éxito fue enorme». Después llegaron el CB Cantabria, el SC Magdeburg, el Ademar de León y el TV Emsdetten, con regresos puntuales a su club natal.
Vikingos en la piel
Sigfús Sigurdsson lleva vikingos tatuados en los brazos. Según le contó a Emilio Martín, fisioterapeuta del Ademar León, le servían de protección «para alejar los demonios», tal y como recoge el antropólogo Roberto Cachán Cruz en su Estudio de comportamientos y actitudes de una comunidad ante el fenómeno deportivo: el caso del balonmano de León. El propio Sigfús explicaba en el diario AS que eran en efecto «símbolos de protección de los dioses vikingos», un vínculo más con su tierra: «Hace cincuenta años Islandia era un país pobre, pero con la inversión extranjera ahora es rico y caro. Los viejos vikingos estarían orgullosos de esa islita».
Cuando le preguntaban por el frío de León, Fúsi respondía irónico que era «soportable». Durante las dos temporadas que jugó en León (2006-2007 y 2007-2008), Sigurdsson comía pescado cinco días a la semana, sobre todo bacalao. Se le daba bien, tenía mano con la cocina gracias a su madre (Margrét Dóróthea). Así lo constataba en Vísir: «Me crié con una profesora de economía doméstica y un pescador, así que en mi casa siempre había todo tipo de pescado cuando era niño».
En la provincia de León se consume principalmente trucha y bacalao. El protagonismo tradicional de la trucha se explica sobre todo por la geografía, atravesada por ríos fríos como el Órbigo, el Esla o el Porma, hábitat ideal para la trucha común. En una provincia sin salida al mar, la pesca fluvial ha sido históricamente la principal fuente de pescado fresco. De ahí platos clásicos como la trucha a la leonesa, habitualmente frita y acompañada de jamón.
El caso del bacalao responde a una lógica distinta: la del comercio y la conservación. Así, mucho antes de que Sigfús llegara a León desde el norte, el bacalao ya había hecho ese mismo viaje. Desde la Edad Moderna, el bacalao capturado en el Atlántico norte llegaba al resto de la península salado y seco, lo que permitía transportarlo durante semanas desde los puertos del Cantábrico, como Bilbao o Santander, hasta el interior. Su larga conservación lo convirtió en el pescado marino más accesible para regiones alejadas de la costa.

Un tanque para León
Sigfús aterrizó en el Ademar de León en 2006, procedente de más allá del norte, en concreto del SC Magdeburg alemán, donde había pasado cuatro temporadas a las órdenes de Alfreð Gíslason, actual seleccionador nacional de Alemania. A su llegada a España, El Diario de León presentó a Sigurdsson como «un rocoso jugador» especializado en defensa.
Era «el tanque» que buscaba el técnico Manolo Cadenas para reforzar el centro de la defensa del equipo, dentro de una plantilla que se había «confeccionado para hacer sombra a los tres clubes grandes de la Asobal», como declaraba Cadenas al citado diario a comienzos de agosto, poco antes de la pretemporada en Alemania.
La negociación del fichaje de Sigfús Sigurdsson por el Ademar había sido disputada. En mayo, su representante, el ex guardameta Jaume Fort, se mostraba prudente: «Todavía es pronto para asegurar nada porque las negociaciones siguen abiertas, pero él ve con muy buenos ojos la posibilidad de venir a jugar al Ademar la próxima temporada», manifestaba al periodista de la Agencia EFE Georgino Fernández. Fort continuaba: «Además de la del Ademar, tiene otras dos ofertas en firme de equipos alemanes, pero prefiero guardarme cuales son». Sin embargo, revelaba que León era la preferencia del jugador, ya que había jugado anteriormente en territorio español.
Como un niño asustado
Antes de recalar por primera vez en España, Sigfús probó suerte en Alemania sin éxito. «Hice una prueba en el TBV Lemgo, pero no recibí ninguna oferta, así que acabé fichando por un club español», recordaba, refiriéndose al CB Cantabria (Teka Cantabria) después de haber logrado el campeonato de 1998 con el Valur. Sin embargo, su etapa en el club cántabro fue fugaz. «Cuando me echaron no lo entendí. Ahora, con perspectiva, sé que me ayudó a rehacer mi vida», empezaba a narrar el jugador en la mencionada entrevista en AS. Nadie sospechaba que aquel corpulento pivote arrastraba ya una batalla, que no se jugaba en la pista, con el alcohol y las drogas. «Era una época infernal».
En la pista rendía, pero fuera de ella su situación era insostenible: «Me presentaba a los entrenamientos en mal estado, estaba delgado y olía mal. Para un alcohólico y drogadicto activo, aquel no era un buen ambiente, y menos aún con tanto dinero de por medio», confesaba a Bjarni Helgason en MBL. La situación terminó por estallar dentro del propio club: «Me hicieron un control antidopaje interno, di positivo y acabaron rescindiendo mi contrato. Me interrogaron y mentí todo lo que pude». Aun así, le ofrecieron una salida. «Me dieron varias opciones, entre ellas ir a tratamiento. Yo pensaba demostrar que podía mantenerme sobrio, pero mi plan real era pasar por el tratamiento y luego volver a lo de siempre: pizza y cerveza durante todo el verano».
Sigfús podía beberse dos y tres litros de vodka (o ron) y era capaz de fumar entre dos y tres paquetes de tabaco al día. «Mi contrato se rescindió a finales de diciembre y me enviaron a casa». Tenía entonces 23 años, acababa de ser padre (el 10 de agosto de 1995 nacía su hijo Alexander) y había sido despedido del CB Cantabria apenas seis meses después de su fichaje. «Estaba destrozado física y mentalmente y necesitaba tiempo para mantenerme sobrio». Cuando regresó a Reykjavík, cayó en una depresión, perdió peso y pasó por la UCI. «Mi historial con la bebida es largo. Como todo el mundo sabe, hoy soy un alcohólico pasivo. En años anteriores, se podría decir que mi alcoholismo explotó y me metió en malas situaciones», mencionaba en otra entrevista en DV.
Sus padres, su mejor amigo, el seleccionador Þorbjörn Jensson y el psicólogo Jóhann Ingi Gunnarsson se reunieron con él. Su madre le dio tres opciones: cambiar de hábitos (si continuaba así, su familia y allegados le retirarían la palabra), recibir ayuda y desintoxicarse, o pegarse un tiro en el bosque. Aquello fue el 11 de enero de 1999, una fecha que aún hoy le remueve por dentro. «Caminé roto para buscar ayuda y salvar mi vida. Me sentía como un niño asustado que estaba mentalmente roto y físicamente abatido, pero con ayuda logré darle la vuelta a la situación y hacer algo por mí mismo de lo que pudiera sentirme verdaderamente orgulloso».
El renacer de un gigante
Tras el tratamiento, Sigfús juguó dos o tres partidos y luego estuvo sin nada durante dos años hasta que en 2002 dio un salto decisivo: el entrenador Alfreð Gíslason lo reclutó para el SC Magdeburg. Allí consolidó su carrera como pivote de élite y dejó atrás definitivamente sus excesos. Disputó cuatro temporadas (de 2002 a 2006), periodo en que ganó experiencia internacional y recuperó forma física, lo que llamó la atención de Manolo Cadenas, que estaba preparando la plantilla del Ademar León de cara a la siguiente temporada.
El club leonés, bicampeón europeo de la Recopa (1998-1999 y 2004-2005) y campeón de Liga Asobal (2000-2001), vivía entonces uno de sus momentos más brillantes tras romper la hegemonía barcelonista, cuando el propio presidente Juan Arias anunció que «a mediados de la semana que viene esperamos tener solventados los últimos flecos» para fichar a Sigurdsson. Y así, en mayo de 2006 se hizo oficial el traspaso: Sigfús firmó por una temporada con Ademar León.
Con el islandés en sus filas, el Ademar afrontó la temporada 2006-2007 con altas expectativas. «Sé que hay tres jugadores para el mismo puesto, pero creo que habrá sitio para todos porque habrá muchos minutos de juego», explicaba Sigfús a El Diario de León, prometiendo nuevos títulos a la afición. En la pista aportaba contundencia, sacrificio en defensa y centímetros en el contragolpe. Sin embargo, la sombra de su pasado permanecía latente. En entrevistas posteriores admitiría que todavía lidiaba con antiguos vicios. Manolo Cadenas sabía que el islandés había vivido «el lado oscuro de la vida» pero eso «le hizo fuerte». Bajo su mando, el pívot siguió siendo un especialista defensivo (jugó con el dorsal 69) y aportó veteranía al vestuario.
Al término de su primera temporada en León, Sigurdsson sufrió una lesión en la rodilla izquierda, lo que agravaba sus problemas crónicos en la rótula. A pesar del problema, el nuevo entrenador de Ademar, Jordi Ribera, confió en que el islandés pudiera volver a entrenar sin problemas el año siguiente: «Es mejor evitar problemas mayores con una breve baja que perder a un jugador clave durante un periodo prolongado», explicaba en medios locales.

Cuando el cuerpo pasa factura
Al finalizar la temporada 2007-2008, Sigfús puso rumbo de regreso a Islandia. Aquel verano, antes de cerrar su etapa en el extranjero, alcanzó el punto más alto de su carrera deportiva: ganar la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 con Islandia.
Ya había digerido la derrota ante Francia cuando atendió a Vísir tras la final. Llegó con la medalla al cuello y una sonrisa que contrastaba con el golpe emocional del partido. «Después me derrumbé, de verdad quería el oro», reconocía, aún con la emoción a flor de piel. Fue entonces cuando encontró consuelo inesperado en el rival: «Didier Dinart se acercó, me dio una palmada en la cabeza y me dijo que habíamos hecho un gran torneo, que podíamos estar orgullosos». A partir de ese instante, su mirada cambió: «Me di cuenta de que estábamos en la meca del deporte, rodeados de los mejores atletas del mundo… y de que éramos medalla de plata».
En esa misma conversación, Sigfús quiso compartir el mérito. «Espero haber hecho sentir orgullosa a mi familia, especialmente a mi hijo», decía, antes de señalar a una figura clave en la trastienda del éxito: «Quien más merece elogios es Einar Þorvarðarson. Ha estado en todo: en los preparativos, en cada entrenamiento, en cada partido… es un hombre increíble». El islandés no dudaba en mirar al futuro con un compromiso renovado: «Ahora vuelvo a casa y haré todo lo posible para ayudar a llevar el balonmano de mi país a un nivel superior». Para él estaba claro: «Es, ante todo, para Islandia y para los míos».
Sigfús había contemplado la retirada si lograba la medalla, pero la experiencia le hizo replanteárselo. «Esto me ha motivado muchísimo. Solo necesito asimilarlo», explicaba. El ambiente, la competición y el grupo le devolvieron sensaciones olvidadas: «A veces me sentía como si tuviera 20 años». Aquella noche, prometía celebrarlo con los suyos: «Voy a disfrutar con los chicos, los quiero muchísimo. Llevaré esta medalla en el corazón y lo pasaré genial».
El reverso de la medalla
Desde la temporada 2008-2009 y hasta 2010, Sigfús Sigurdsson defendió de nuevo los colores del Valur y luego tuvo un breve paso por el TV Emsdetten alemán, en la segunda división. «En primavera me informaron de que el equipo ya no contaba conmigo, y me afectó mucho. Rondaba los 35 años y sentía que ya había tenido suficiente», decía Sigfús en Vísir. «Tras seis meses de inactividad, Patrekur Jóhannesson se puso en contacto conmigo y me llevó a Emsdetten, en Alemania». Sin embargo, su físico, a esas alturas, ya no era el mismo. «Mi cuerpo estaba medio maltrecho. Para un tipo grande como yo, todo se vuelve más difícil cuando las rodillas empiezan a fallar y la espalda se pone rígida». Pero no se rindió y a punto estuvieron de ascender a la primera división.
Tras retirarse en 2013, terminó definitivamente con el alcohol y el tabaco, pero arrastraba deudas personales. En otra entrevista publicada en DV, Sigurdsson confesó que acabó vendiendo el metal conseguido en los Juegos Olímpicos de Pekín. «Debía dinero. Recibía cartas de cobro de abogados. La única forma de salir de ese aprieto fue, en gran medida, cuando empecé a apostar. Hay muchas cosas que mis seres queridos desconocen. Es algo que solo yo y mis confidentes sabemos», dijo en la entrevista, explicando que la venta fue «un acto de desesperación».
Dice que la gente puede juzgarlo como quiera, pero quienes lo conocen bien saben cómo es. De hecho, la medalla fue vista a la venta en Collector’s Emporium a principios de octubre, entonces la Federación Islandesa de Balonmano (HSÍ) intervino. «Estoy muy agradecido. La medalla está con ellos en este momento», relató entonces. Más tarde la pieza volvió a sus manos, cerrando así un largo capítulo de penurias, cuando incluso su mayor logro dejó de pertenecerle.
Sigfús también se aficionó a la pesca y retomó el golf «para no hacer el ridículo», y fue padre por segunda vez (el 3 de abril de 2013 nacía su hija Eyvör Margrét). «Fue un milagro que me convirtiera en padre. ¿Siempre he sido el padre que merecía tener? No, no estaba en ese momento, pero he hecho lo que he podido, ya que nada es más importante en mi vida que mis hijos. […] La única cosa de la que realmente me arrepiento en la vida es no haber sido el padre que se merecían cuando eran pequeños y pasaré toda mi vida haciendo todo lo posible para compensarlo».
Una vez retirado, montó una piscifactoría en Grafarhol, la cual abandonó al poco tiempo. Debido al asunto de la medalla, poca gente quería contratarle y se sintió discriminado. «Seis semanas después de los Juegos Olímpicos de Pekín, la sociedad islandesa se derrumbó y era imposible encontrar trabajo. No tengo estudios y nunca me ha gustado mucho usar mis contactos familiares. Normalmente, cuando se usan los contactos, puede resultar contraproducente para ambos». Pero entonces –como relataba en Vísir– conoció al Rey del Pescado, Kristján Berg, de la pescadería Fiskikóngin. «Me invitó a una entrevista de trabajo y hablamos durante casi tres horas. Le conté todo y al día siguiente empecé a trabajar para él. Ambos ganamos dinero con esto porque yo conseguí un empleo y él publicó un anuncio. Me ayudó mucho y le estoy muy agradecido».

Entre hielo y sal
Sigurdsson nunca habría imaginado lo bien que le sentaría estar al otro lado del mostrador vendiendo pescado, porque cinco años después de aquel diciembre de 2013 logró hacer realidad un sueño: comprar la pescadería Hafsinn (con ayuda de su hermana Ágústa Berg y su cuñado Bala Kamallakharan) y empezar una nueva vida trabajando como pescadero de su propia tienda. «Si tienes un hijo que hace que tu vida valga la pena vivir, estate cerca de él y siéntete orgulloso de él», escribía su padre en Facebook. Sigfús asiente: «Sí, los sueños cambian y pueden convertirse en realidad».
Lo que había aprendido de este viaje era que con cada error que cometía y el trabajo posterior que realizaba iba creciendo como persona, tal y como declaraba en el medio islandés Fréttablaðið. Había cometido muchos errores y algunos de ellos fueron complicados de superar, pero aquello –dice– le había convertido en el hombre que es hoy, «un hombre que asume la responsabilidad y sus propios defectos, un hombre que se esfuerza por ser él mismo».
Al finalizar este reportaje, Sigfús ofrece «como siempre» una selección de pescado fresco y platos de preparados, pero sobre todo bacalao (su plato favorito es el bacalao con patatas y grasa de jamón). Hay también lenguado, trucha ártica, filetes de platija, de eglefino, de salmón, bagre, lenguas de bacalao… También hay cabezas, gargantas y lenguas saladas, carrilleras y cogotes. La cámara frigorífica está llena. «Los lunes son los días de mayor afluencia, pero los viernes también son populares, cuando la gente suele comprar salmón o trucha para asar a la parrilla o al horno», explicaba en DV.
El hombre sonríe, como si no hubiera existido otro lugar posible para él que este, entre pescado fresco, clientes habituales y conversaciones que empiezan cada mañana con un «buenos días». Afuera, en Skipholt, la ciudad sigue girando alrededor del mar. Y dentro, en su pequeño barco en tierra firme, Sigfús Sigurdsson da los buenos días con la cara iluminada por el sol.



¡Qué historión!