
Gavin MacMillan, preparador físico especializado en alto rendimiento que ha trabajado con figuras del circuito como Coco Gauff o Aryna Sabalenka, ha comentado en Tennis Insider Club, la evolución técnica del tenis moderno con un gesto que se ha convertido en seña de identidad del juego actual. «Todo el mundo lo llama Rafa», afirma, en referencia a una forma concreta de golpear la derecha que, con el tiempo, ha trascendido al propio Nadal para instalarse en el repertorio común del circuito.
MacMillan recuerda que ese movimiento no formó parte desde el inicio del arsenal del español. «Rafa no lo hacía siempre al principio», explica. Se trata de la derecha en carrera, un golpe que, tradicionalmente, se ejecutaba con un acabado más frontal, buscando profundidad pero con menor margen. Nadal introdujo una variación decisiva, golpear con una trayectoria más vertical y terminar el gesto alto, cargando la bola de efecto para mantenerla profunda incluso en situaciones forzadas: «cuando empezó a acentuarlo, se volvió mucho más difícil de batir».
El técnico enmarca esa transformación dentro de las nuevas exigencias del tenis contemporáneo, donde el margen de error se ha reducido al mínimo. Ese golpe, ejecutado en carrera y con un acabado alto y cargado de efecto, permite mantener profundidad y control incluso cuando el jugador llega forzado. Por eso insiste en que se trata de «un golpe muy efectivo y necesario en el tenis moderno», una herramienta que ya no distingue estilos, sino niveles de competitividad.

La huella de Nadal, añade, es visible en toda una generación. «Mira cuánto lo hace Alcaraz, mira cuánto lo hacía Federer», señala, apuntando a la normalización de ese patrón técnico entre los mejores jugadores del mundo. Lo que en su día fue una adaptación individual ha terminado por convertirse en un estándar compartido, una de esas innovaciones que redefinen, casi sin hacer ruido, la manera de jugar al tenis.
Sobre Alcaraz
MacMillan recurre también a Carlos Alcaraz para desmontar una idea muy extendida en el tenis de formación de de que el talento precoz permite anticipar una carrera. «¿De verdad vas a decirme que Alcaraz con 13 años… tenías una bola de cristal para saber que iba a ser número uno del mundo?», plantea. El técnico recuerda que, en sus primeros años, el murciano destacaba, «era un buen jugador, buen chico, con buenos golpes», pero nada permitía asegurar el desenlace de su trayectoria.
De hecho, utiliza su caso como ejemplo de lo imprevisible que resulta el desarrollo en el alto rendimiento. Cuando lo vio competir siendo joven, reconoce que percibía cualidades, «buen atleta, gran derecha», pero también carencias, como el servicio. «Decir en ese momento que iba a ser número uno… no, imposible», viene a sugerir, equiparándolo incluso a otros jugadores de su generación como Sinner, cuya evolución posterior también ha sido exponencial.
«El tenis es el deporte más difícil del mundo»
Sobre la naturaleza de este deporte, MacMillan no duda en situar el tenis en lo más alto en cuanto a exigencia. «Es el deporte más difícil del mundo para tener éxito como profesional», afirma, «tienes que ser un gran atleta, necesitas velocidad, necesitas resistencia, tienes que tener la mente de un jugador de ajedrez de nivel mundial… no hay nada que no te exija», explica.

A diferencia de otros deportes, donde es posible compensar carencias con especialización o contexto colectivo, en el tenis no hay escondites posibles. «Tienes que ser capaz de golpear con potencia por ambos lados, volear, rematar, sacar, devolver… estás cambiando de superficie cada semana, cambian las pelotas, cambia el rival cada día». Esa variabilidad constante obliga al jugador a adaptarse en tiempo real, sin margen para la repetición mecánica. «No hay ningún deporte que requiera todo esto. Ninguno», concluye.
Esa complejidad se traslada también al plano mental. MacMillan rechaza la idea de que el talento físico pueda sostener por sí solo una carrera en la élite. «No existen jugadores de nivel mundial que no sean inteligentes. Eso no existe. No puedes limitarte a pegar golpes y rezar para que funcione». En su opinión, el tenis obliga a pensar mientras se ejecuta, a tomar decisiones bajo presión y a modificar la estrategia en cuestión de segundos.
Durante un mismo partido, añade, el jugador debe reajustarse constantemente a lo que ocurre al otro lado de la red. «En un solo partido ya pasan muchas cosas y a veces tienes que cambiar de táctica; y dentro de un torneo es otra historia completamente distinta». A ello se suma la incertidumbre externa: «un día en Australia puedes jugar con 40 grados y al siguiente con 20 y viento, casi congelado». En ese contexto cambiante, el éxito no depende solo de la calidad del golpeo, sino de la capacidad para interpretar y gestionar cada situación.
Entrenadores de Instagram
Una parte divertidas de sus críticas van para el arribismo de los preparadores. A su juicio, existe un problema estructural de falta de formación y rigor. «Si miras la comunidad de preparación física en Estados Unidos, el 99% está completamente sin formación. Son exjugadores frustrados de fútbol americano que no estudian nada y se limitan a empujar press de banca, sentadillas y power clean». Ese modelo, añade, no responde a las necesidades reales del tenis: «¿Cómo demonios ayuda eso a una jugadora? No tiene nada que ver con su flexibilidad, su tiempo de reacción, su desplazamiento lateral…».

Ese vacío de conocimiento ha sido ocupado, según explica, por figuras sin base científica que replican tendencias sin criterio. «Hay muchos preparadores que ven ejercicios ‘cool’ en Instagram y piensan que también serán buenos en pista, pero no hay ninguna ciencia detrás». La consecuencia directa es la falta de un enfoque sistemático y basado en datos. «Yo quería principios probados científicamente, no la opinión de alguien o una moda». En su opinión, el tenis arrastra un retraso respecto a otros deportes en la integración de conocimiento científico, lo que limita el desarrollo de los jugadores y aumenta el riesgo de errores en su preparación.
Más allá de la técnica o la condición física, MacMillan insiste en que el papel del entrenador debería ir en otra dirección. «El objetivo es educar al jugador para que no te necesite», sostiene. Y añade: «Si estás creando una relación de dependencia, estás en la profesión equivocada».
Exceso de información sobre los partidos
MacMillan también comenta el problema de la dimensión mental del tenis. «Una de las cosas que son una sentencia de muerte para cualquier atleta es pensar cómo hacerlo mientras lo está haciendo». En su opinión, el salto entre practicar y competir bajo presión es radical. Lo que en los entrenamientos se construye de forma consciente debe convertirse en un reflejo automático en el partido. «Tiene que ser un reflejo condicionado, algo automático… no puedes estar pensando y al mismo tiempo intentando resolver lo que hace tu rival».

De ahí que insista en la necesidad de simplificar al máximo los mensajes en momentos de tensión. «No puedes estar pensando en diez cosas mientras intentas descifrar a tu oponente. Es imposible». La claridad mental, sostiene, es lo que permite ejecutar bajo presión. El objetivo no es acumular información, sino reducirla a lo esencial: una idea clara que guíe la acción en cada punto.
En ese sentido, se muestra muy crítico con ciertos hábitos del circuito, como la sobrecarga de indicaciones desde el banquillo o en los cambios de lado. «He visto a entrenadores dar toda esta información… ‘haz esto, haz lo otro’, y pienso: ¿de verdad? Acabo de estar a punto de que me noqueen y me dices todo eso… voy a correr, eso es lo que voy a hacer». Para MacMillan, ese exceso de instrucciones no solo es inútil, sino contraproducente: desconecta al jugador de sus instintos y de lo trabajado previamente.
La referencia que utiliza para ilustrarlo procede del boxeo. «Freddie Roach solo decía una cosa en la esquina. Nunca más. Los primeros 30 segundos eran para que el boxeador respirara: ‘relájate, relájate’».
La suerte
Finalmente, sentencia que el éxito en el deporte de élite no puede explicarse únicamente por el talento individual. A su juicio, el contexto, las decisiones tomadas, las personas que rodean al jugador, los caminos elegidos, resulta determinante. «Tienes que tener a la gente adecuada, tienes que tomar buenas decisiones… pero también tienes que tener suerte».
El técnico ilustra esta idea con experiencias personales y ejemplos de otros deportes, donde pequeñas decisiones marcan trayectorias opuestas. «Tienes que tener suerte. De verdad. Todo tiene que alinearse». La reflexión conecta con una visión menos idealizada del éxito, alejada del relato meritocrático puro. «Las estrellas tienen que alinearse para crearte», señala, recordando que incluso los mejores han dependido de circunstancias favorables en momentos clave.
En última instancia, MacMillan propone una lectura más compleja del triunfo deportivo. Una ecuación en la que intervienen el talento, el trabajo y el entorno, pero también un componente ineludible de azar. Porque, como resume, «también hay que tener suerte».

