
Uno de los ciclistas más carismáticos de las últimas décadas, Jens Voigt, ha comentado en The Hotseat lo que fue su carrera. Con un currículum plagado de victorias y récords como el de la hora, además de explicar por qué era conocido por su agresividad en la carretera, tanto sobre el asfalto como ante los micros para hablar del dopaje.
En su primer Tour le pilló el caso Festina. Lo que tendría que haber sido una experiencia mágica, deseada desde niño, se convirtió en una serie de días duros, marcados por la sospecha y el descrédito: «Es tu sueño de niño y, de repente, todo se viene abajo delante de tus ojos. Estás en el Tour y piensas: ‘¿Qué está pasando aquí? Esto no es lo que imaginaba’. Fue durísimo cuando tus padres te llaman y te preguntan si tú también estás metido en eso. Mi padre me dijo: ‘Si tú estás implicado, yo no volvería a salir de casa’. En un pueblo pequeño, con la calle con tu nombre, eso te destroza por dentro».
Desde entonces, tuvo que aprender a convivir con la sospecha: «No soy estúpido. Oigo a la gente decir: ‘Sesenta o sesenta y cinco victorias… seguro que él también estaba en ello’. Eso te acompaña durante años». Peor él decidió seguir y dar la cara cuando era necesario: «Durante varios años fui una especie de portavoz de los corredores. Y era muy difícil, porque tenías a unos que venían y te decían: ‘Cállate, no hables de esto, protégenos, tapa el tema’, y a otros que te decían justo lo contrario: ‘Gracias por hablar, pero tienes que ser todavía más claro, más duro’».
El pelotón estaba completamente dividido: «Tenías a la mitad del pelotón apoyándote y a la otra mitad diciéndote que cerraras la boca. No era nada fácil». Cuando luego estalló la Operación Puerto, relacionada con el médico español Eufemiano Fuentes, ya fue agotador: «Es agotador que, incluso años después, en actos benéficos o eventos solidarios, la segunda pregunta siga siendo siempre la misma: ‘¿Y qué pasó con Armstrong y Ullrich?’».

Piensas: «’¿Cuándo va a terminar esto?’». Para él, aquella época dejó cicatrices: «Viví ese periodo desde dentro y fue muy duro. No solo por lo que pasó, sino por lo que significó para todos los que no formábamos parte de ello y aun así cargamos con la sospecha durante décadas».
Ahora considera que el ciclismo ha cambiado realmente: «Creo firmemente que ahora mismo el sistema de control está al nivel, o incluso por delante, de cualquier posible forma de hacer trampas». A su juicio, los métodos de dopaje conocidos ya han sido identificados y neutralizados. «Hoy el ciclismo es tan limpio como puede serlo».
Pero no ha sido fácil la limpieza, el control sobre los ciclistas puede parecer distópico: «Tienes que decir dónde vas a estar durante tres meses, día a día, y cada día tienes que fijar una hora exacta en la que pueden venir a controlarte». La comparación con cualquier otro ámbito laboral le resulta inevitable. «Imagina que a un profesor o a un médico le dijeran: creemos que haces trampas, así que dinos dónde estarás durante los próximos tres meses y aceptas que entremos en tu casa sin avisar para que orines en un bote. Eso no sería aceptable en ningún otro trabajo. Y aquí, una vez que te notifican un control, tienen que tenerte a la vista todo el tiempo. Entran contigo en la ducha, se sientan con tu familia en el jardín mientras esperan».
Sin embargo, el problema nunca va a desaparecer, entiende Voigt, pero no es necesariamente un problema: «Siempre habrá actuaciones extraordinarias que generen dudas. En todos los deportes». Aun así, defiende el momento actual del ciclismo. «Vivimos una edad dorada: grandes corredores, grandes duelos, carreras espectaculares». La sospecha persistente, concluye, cumple una función incómoda pero necesaria. «Que la gente siga preguntando mantiene la presión para seguir siendo limpios. Y eso, al final, es bueno para el deporte».
Jens Voigt y la RDA
Nacido en la antigua República Democrática Alemana, Voigt cuenta cómo fue su infancia en el país comunista, una vida limitada, pero estable, marcada por el control y en la que todo era previsible. «No estamos hablando de Corea del Norte. No todo era bueno y no lo quiero de vuelta, pero teníamos la misma vida que tú y tu familia, solo que más pequeña. Era más difícil conseguir un coche, fuera de la comida casi todo era escaso, pero la vida era más segura». Sobre todo, había seguridad: «Todo estaba tan regulado que prácticamente no se robaba nada. Todo el mundo conocía a todo el mundo».

El deporte ocupaba un lugar central dentro de ese sistema, no solo como actividad social, sino como instrumento político: «En el socialismo, los deportistas éramos diplomáticos en chándal. Teníamos que ir a los campeonatos del mundo y a los Juegos Olímpicos a ganar medallas para demostrarle al Occidente decadente que nuestro sistema era superior». Esa lógica impregnaba desde la base la formación deportiva: «El Estado pagaba todo. No había patrocinadores. Y por eso el sistema era eficiente, porque el dinero no era el problema».
La educación y la carrera deportiva estaban trazadas desde edades muy tempranas. «Cuando entrabas en la escuela deportiva, con trece o catorce años, tu camino estaba planificado paso a paso por el partido, el gobierno, los entrenadores. Todo estaba claro». Esa planificación, admite, tenía una contrapartida que solo entendió más tarde: «Nunca nos hablaron de libertad ni de responsabilidad individual. Eso fue lo más difícil cuando el sistema desapareció».
La caída del Muro le pilló con apenas dieciocho años, todavía inmerso en ese marco mental. «Había escuchado durante trece años, al menos una vez al día en la escuela, lo buena que era nuestra forma de vida y lo terrible que era el capitalismo. Nos decían que el muro estaba ahí para protegernos, que el capitalismo era un parásito». Cuando ese relato se derrumbó, llegó el vértigo. «De repente, todo era libertad, pero también tenías que ocuparte de ti mismo. Ya no había un camino marcado. Nadie te decía cuál era el siguiente paso». Ese choque, reconoce, fue tan profundo como aleccionador. «Tardé años en entender que la libertad también significa que tú eres responsable de lo que haces con ella».
La rabia como combustible
Sobre su estilo con la bicicleta, recuerda una experiencia temprana: «Durante mis dos primeros años gané prácticamente todas las carreras. Y de repente, con doce años, una enfermedad en mi zona nos dejó en cuarentena y perdí una parte clave del entrenamiento. Pasé toda la temporada persiguiendo mi forma y me dieron palizas en carrera». Aquello, explica, le forzó a cambiar la forma de entender el éxito: «Por primera vez acabar entre los diez primeros ya era un logro. Aprendí que la vida y la carrera no son siempre hacia arriba».

Esa lección temprana se convirtió en una constante a lo largo de su trayectoria. «Aprendí muy pronto que no puedes perder la confianza en ti mismo cuando llegan los bajones». La frase que le acompañó durante años, tomada de un compañero, se convirtió en una guía de conducta: «Como decía Bobby Julich, planifica tu trabajo y trabaja tu plan».
En plena carrera, esa mentalidad se traducía en estrategias psicológicas para gestionar el sufrimiento. «Cuando vas al límite, rompes la montaña en trozos pequeños. Te dices: puedo aguantar hasta ese coche amarillo, hasta ese árbol, doscientos metros más». Otras veces, explica, recurría al autoengaño: «Piensas que en la siguiente curva van a aflojar, que en la próxima herradura bajará el ritmo, y cuando te das cuenta has superado diez curvas y sigues ahí».
El diálogo interno era constante y, a menudo, comparativo. «Me decía: si yo estoy sufriendo como un perro, los demás no pueden estar mejor que yo. He entrenado, estoy preparado, así que ellos deben estar sufriendo al menos el doble». En situaciones extremas, reconoce, también recurría a emociones menos nobles. «Si nada funciona, te enfadas con el mundo entero. La energía negativa es un impulso muy fuerte». Pero introduce un matiz clave: «Es un veneno para el alma. Solo se puede usar en pequeñas dosis».
Con esa mentalidad, surgió su lema, shut up, legs (callaos, piernas): «Fue en 2006 o 2007, durante el Tour de Francia. Llevaba dos o tres días seguidos en escapadas y la televisión danesa me preguntó: ‘¿Qué haces cuando las piernas ya no quieren seguir, cuando el cuerpo está agotado?’».
Y respondió espontáneamente: «Les dije: ‘Entonces fuerzo a mi cuerpo. Le digo: cállate y haz lo que te digo. Es la mente sobre la materia’». Aquella frase, explica, fue recortada y amplificada por la retransmisión. «Los aficionados cortaron todo lo demás y solo dejaron el ‘shut up, legs’. A partir de ahí se convirtió en algo que empezó a crecer solo».

Con el tiempo, la expresión trascendió al propio Voigt y al ciclismo. «Lo he visto escrito en el asfalto del maratón de Boston, en triatlones en Australia, en carreteras del Tour de Francia». El lema cruzó disciplinas y generaciones, hasta adquirir vida propia. «Para corredores, triatletas o ciclistas es lo mismo: todos saben que hay momentos en los que el cuerpo quiere rendirse y tienes que obligarlo a seguir funcionando».
Voigt ahora habla de ella orgulloso, como si fuese su legado: «Nunca me he arrepentido de haber creado esa frase. En una escala muy pequeña, eso me hace inmortal. Cuando ya no esté, quizá dentro de cincuenta años, todavía habrá en algún lugar un ‘shut up, legs’ escrito en una carretera del Tour».
Los ataques suicidas
Llegado el momento, también tuvo que entender cuál era su papel en el pelotón: «Llega un punto en el que tienes que sentarte y mirarte al espejo. Tienes que ser sincero y aceptar las cartas que te ha dado la vida». En su caso, el diagnóstico era claro: «Nunca podría ganar a Mark Cavendish al esprint. Nunca podría batir a Contador o a Pogačar en una subida. Y tampoco podía ganar a Ganna en una contrarreloj».
Y buscar su propio camino: «No sirve de nada mirar las cartas de Peter Sagan o de Pogačar. No tienes esas cartas. Tienes las tuyas y con ellas tienes que jugar la mejor partida posible». Las suyas, resume, eran otras: «Tenía ganas de ganar, estaba dispuesto a trabajar duro durante mucho tiempo, a sufrir, y tenía un motor grande».
A partir de ahí, decidió cuál iba a ser su misión: «Todo lo que hiciera la carrera dura, horrible y pegajosa era bueno para mí». Mal tiempo, viento, frío, carreteras malas: «Todo lo que hacía la carrera terrible jugaba a mi favor, porque yo no me hacía más fuerte, pero tampoco caía tan rápido como los demás». Esa resistencia diferencial era la clave. «Tenía que meter a todos, incluido a mí mismo, en la picadora, y sabía que yo saldría mejor que la mayoría al otro lado».

Aquello le llevó a atacar no pocas veces desde muy lejos, en escapadas que no llegaban luego a nada: «Si intentas ganar como yo lo hacía, fallas muchas más veces de las que aciertas». Pero para él la alternativa era inaceptable. «Si intentas ganar, puedes perder. Si no intentas ganar, pierdes seguro». Pero se negaba a ser uno más en el rebaño: «Tenía demasiado respeto por mí mismo como para ser solo relleno de pelotón».
Al final, la estrategia le compensó: «Quizá fallé nueve de cada diez veces, pero ese diez por ciento hizo mi carrera». Esos momentos, explica, eran los que le sostenían cuando volvían las jornadas grises. «Cuando entrenaba en invierno con frío o cuando me soltaban en la montaña, recordaba esas victorias. Sabía cómo se sentía y quería volver a sentirlo. No ese día, quizá, pero sabía que volvería».
El récord de la hora
Al final de su carrera, con 43 años, Voigt fue a por el récord e la hora: «Era importante para mí porque, aparte del mío, en ese récord solo están los nombres más grandes del ciclismo», explica, antes de enumerarlos orgulloso: «Miguel Induráin, Eddy Merckx, Chris Boardman y ahora Filippo Ganna».
En ese momento, ya no estaba en el mejor momento de forma de su carrera, pero eso le dio más valor aún: «Con 43 años era normal ser más lento que cinco o diez años antes. Eso es la ley de la naturaleza». La clave estuvo en aprovechar el cambio reglamentario que permitía bicicletas y posiciones más modernas. «Cuando la UCI cambió las reglas y permitió ese tipo de bicicletas, pensé: ahora está a mi alcance». No fue ninguna treta, sino aprovecharse del nuevo marco legal: «Cada parte de la bicicleta tenía que estar a la venta, no podía ser un prototipo hecho a mano».
Por otro lado, también se alegró de haberle dado vidilla a esa prueba, que había caído en el olvido: «Hicimos que el récord de la hora volviera a ser interesante. Vendimos entradas, hubo retransmisión en directo en horario casi de máxima audiencia, montamos una barbacoa después». Ese enfoque, recuerda, tuvo un efecto inmediato. «De repente, equipos y patrocinadores se dieron cuenta de que una hora de televisión con un solo ciclista y una sola bicicleta tenía un valor enorme».

El récord apenas duró unos meses, pero le dio exactamente igual. Fue un que me quiten lo bailao de libro: «Me gustó la idea de retirarme siendo oficialmente el hombre más rápido del mundo en ese momento». La fecha no fue casual. «Cumplí 43 años el 17 de septiembre y el día 18 hice el récord. Esa misma noche me retiré». Incluso su familia alucinó. «Mi hijo mayor me dijo: ‘Entonces, para entenderlo bien, batistes un récord del mundo y te retiraste’. Y le dije: ‘Sí, exactamente eso hice’».
Presente y futuro del ciclismo
Por último, preguntado por el ciclismo actual, contesta con el conocimiento que le da ejercer de comentarista. Le atraen especialmente las clásicas, por la dimensión histórica y por los duelos que concentran. «Tenemos cinco monumentos y, ahora mismo, casi todos se los reparten dos corredores», explica, antes de señalar el eje central del espectáculo: «Mientras Mathieu van der Poel esté en forma, es casi imposible que Tadej Pogačar gane París-Roubaix o Milán-San Remo. Y mientras Pogačar quiera ganar, es casi imposible que Van der Poel gane Lombardía o Lieja». Para Voigt, esa persecución mutua de la grandeza es uno de los grandes atractivos del ciclismo actual.
Lógicamente, también sigue con atención las grandes vueltas, más que por los protagonistas, por las estrategias de equipo, que para él son la esencia de este deporte y donde se puede ver la inteligencia: «Me gusta mucho ver Tirreno-Adriático y París-Niza porque suelen marcar el tono del año. Es interesante ver cómo algunos rompen los esquemas tradicionales y buscan caminos distintos para llegar al Tour».


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