
Acaba de situarse en el TOP-10 y habla como quien ha llegado a la elite, pero sabe lo que le falta para estar entre los dioses. Ahora mismo, con el juego desplegado por Carlos Alcaraz y Jannik Sinner, además del Djokovic crepuscular, las posibilidades son muy reducidas. Así lo lamenta el kazajo Alexander Bublik en una entrevista en Nothing Major Show.
Según explica, la jerarquía es tan férrea que los tenistas modifican sus aspiraciones: «La verdad es que no he oído a nadie presumir de que vaya a ganar un Grand Slam, ni siquiera ponerlo en palabras, como diciendo ‘yo puedo hacerlo’. La sensación que hay en el vestuario es que todos intentamos acercarnos lo máximo posible al título, pero creo que, al final, lo normal es que acabe siendo uno de ellos».
Tendrían que ocurrir situaciones delirantes para que pudieran aspirar: «El peor escenario posible sería que, siendo yo un jugador del top 10 y jugando bien, Alcaraz y Sinner cayesen los dos por alguna circunstancia completamente loca y nos encontráramos todos en cuartos de final. Eso sería un caos absoluto».

Sueña con ello: «Imagínate Wimbledon: Djokovic fuera, Sinner fuera, Alcaraz fuera, y nosotros ahí en cuartos con todos esos cruces. Sería una locura. Eso acabará pasando alguna vez. Hace mucho tiempo ya pasó algo parecido: Federer cayó en primera ronda, Rafa Nadal en segunda, y el cuadro se abrió por completo. Creo que en los próximos 18 Grand Slams eso puede pasar una vez, y entonces se abriría una pequeña ventana muy interesante para alguien».
Cuando Alexander Bublik llegó al TOP-10
Además de encontrarse ese tapón profesional en la elite que le impide alcanzar la gloria una y otra vez, se suma que cuando llegó a estar entre los diez mejores no sintió nada: «Cuando entré en el top 10 sentí una especie de vacío». La noticia llegó en enero, en la primera semana de la temporada, con el calendario aún por delante y sin tiempo para asimilarlo. «Si lo hubiera conseguido en octubre, al final del año, habría sido distinto. Podría haber dicho: ‘Vale, temporada hecha’».
Nada más saberlo, fue a analizar la situación con su equipo. «Lo primero que les dije fue: “Vale, ya está, lo hemos conseguido… ¿cuáles son ahora los objetivos?”». El problema es cuáles. Bublik no quiere soñar con imposibles. «No voy a decir que quiero hacer 12.000 puntos para ser número uno, no estoy tan loco». La clave, explica, está en encontrar metas alcanzables que mantengan viva la motivación.

En su caso, esas metas pasan por aprovechar una coyuntura favorable del calendario. Con pocos puntos que defender, el margen para crecer existe. «Entre el diez y el cinco hay alrededor de mil puntos. No es una barbaridad», apunta. La idea es sencilla: ganar partidos, competir bien y ver hasta dónde puede llegar antes de que empiece la fase de defensa de resultados. «Si funciona, genial; si no, tampoco pasa nada. El objetivo principal ya está cumplido».
Tenis y espectáculo
La llegada al top también ha servido para que el kazajo le dé una pensada a los shows que monta en la pista. Durante años ha sido identificado como un showman, un jugador capaz de convertir un partido en un espectáculo imprevisible, con golpes imposibles, sonrisas constantes y recursos poco convencionales, como el saque por abajo: «Intento seguir pegando golpes ganadores con una sonrisa, pero cuando juegas por un millón de dólares o por puntos importantes, no puedes regalar nada».
Con el paso del tiempo, reconoce, ha aprendido a arriesgar menos. «Ya no hago tantos saques por abajo», admite entre risas, antes de deslizar una reflexión que mezcla humor y autoconciencia: «Quizá por eso ahora soy top 10». Ahora lo que toca es ganar a ritmo constante: «La idea es jugar bien, competir de verdad y, si hay espacio, divertirse».
Conexión Las Vegas
Sobre su cita en el MGM Slam de Las Vegas, un torneo de exhibición, explica que adora la ciudad estadounidense de los casinos. De hecho, tiene alguna anécdota por ahí: «No fue nada tipo Resacón en Las Vegas. Primero de todo, estoy felizmente casado y fui con mi mujer. También estaba mi entrenador. Así que no era ese plan. Fue más bien un cambio de ritmo».

El viaje empezó por carretera tras Indian Wells y se convirtió en una locura: «Fuimos en coche desde Indian Wells a Las Vegas. Nos perdimos un poco por culpa de la mala conexión en mitad de Nevada. Llegamos, nos alojamos en el Bellagio, porque claro, es lo que has visto en las películas americanas cuando eres niño, fuimos a cenar a un restaurante elegante que buscamos en Google, el más famoso de Las Vegas, solo por curiosidad».
Hubo algo de casino, pero sin excesos: «Jugamos un poco, algo de gambling, y luego nos fuimos a dormir. Al día siguiente paseamos, estaba bastante muerto por la mañana, y esa misma noche fuimos a otro restaurante. Y después seguimos viaje hacia Phoenix».
Sin embargo, ocurrió lo impensable, como en las películas: «Lo gracioso fue que el coche que habíamos alquilado era medio eléctrico y medio gasolina… y nos quedamos sin las dos cosas. Literalmente nos paramos a unos veinte metros de la gasolinera. El primer tipo que salió de la gasolinera era un cowboy, con sombrero, botas y un acento muy fuerte, de esos que solo había escuchado en películas de los años noventa. Nos dijo: ‘¿Necesitáis ayuda?’. Y le dijimos: ‘Sí, tenemos que empujar el coche’».
Para su mujer, que estaba viviendo sus primeros días en Estados Unidos, fue casi surrealista: «Era su tercer día en América y me preguntó: ‘¿Esto es normal aquí?’. Estábamos en mitad de la nada, solo arbustos alrededor. Y yo le dije: ‘Sí, esto es bastante normal por aquí’. «Eso es lo que me gusta de América. Siempre aparece alguien dispuesto a ayudarte, especialmente en esa parte del país».


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