
Llegaba Sabalenka a otra final, tan decidida y ganadora como siempre. Su colección de Grand Slam, el intimidante número 1. Su llamativo outfit, anunciado en Instagram a 4 millones de seguidores. «Un poco de conmoción con mi kit para el Open de Australia». Fucsia con naranja, inspirado en el surf, con homenaje a notables ganadoras que la anteceden: Williams y Sharapova. Poderoso Nike sobre exuberante cuerpo. Lo completaban unos pendientes de caída, diseñados por ella, en colaboración con Material Good, alta joyería desde NY. Oro y zafiros a juego con el océano australiano, ideales a la claridad de sus ojos, impecables sobre su piel bronceada. El celo por el detalle y la belleza, en Sabalenka, abruman tanto como su calidad. Y esta domina el tenis actual.
En el otro extremo de la pista, la número 5 del ranking, solo una víctima más, Elena Rybakina, a quien ya derrotó en la cita de 2023. Alguien sin abalorios, la kazaja, carente de ostentación. Sobre su fina anatomía, discreto beige sutilmente combinado. El modelo de Yonex era completado con una visera oscura que sombreaba la mitad de su límpido rostro. Son el día y la noche. O el arcoíris frente al cielo sin él. Demasiada seriedad en Rybakina, para la inspiración del tenis y el brillo de Sabalenka, pensamos.
Entonces empezó el juego y la suave Rybakina pronto provocó fallos en Sabalenka, llevándola a un aparente desespero. No obstante, la bielorrusa emana tal aura que, aun en las malas, usted, yo, todo el público se rinde a ella: a lo imponente de su figura, a un tenis grandioso cargado de confianza. Las palabras de Suárez y Corretja lo confirmaron.
Rybakina consiguió el primer set a lo rutinario: un break y 6-4. Dudó de sí misma en el segundo y fue cuando aconteció Sabalenka. Sus golpeos, mezcla de potencia y estilo, tan gritados como sus menguantes protestas. Cada fallo, ahora imprevisto, era la promesa de ser irrepetible. En efecto, la siguiente derecha era más dura, y esta vez ganadora.
Sabalenka devolvió el marcador a Rybakina, quien se retiró al vestuario, demorándose allí, reflexiva. Mientras Sabalenka, impaciente por ganar, departía con su equipo, todos pensamos que el partido había recuperado el orden natural. Las previsiones no mienten, asegurábamos.

Volvió Rybakina y fue imposible descifrar su hieratismo. Solo cuando le tocó remontar supimos que esa personalidad oculta un temple único, libre de ruido, solo para elegidos. En el desenlace del set definitivo, la fina derecha de Rybakina se manifestó más delicada que nunca. Movió a Sabalenka de un lado a otro —¡y vaya escandalera!—, dejándola sin resuello, hasta apagar su refulgente llama. Hasta levantar la copa.
Un abrazo con cada miembro de su equipo, unas palabras discretas, y a otra cosa. Cuánta reivindicación hubo esta vez en el silencio, desprestigiado garante de verdades. Cuánta grandeza en el talento de Rybakina, en todo lo que en el fondo importa.


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