
José Manuel Puertas (Granada, 1980) publicó en diciembre «Los Bad Boys del baloncesto europeo» (Ediciones JC), un acercamiento muy particular a los grandes ‘leñeros’ del entorno FIBA. Con sus catorce protagonistas ha hablado personalmente sobre qué significa traspasar límites físicos sobre una cancha del baloncesto y cuáles eran sus motivaciones.
Suele decirse que segundas partes nunca fueron buenas, pero este libro no es exactamente una continuación de «Los Bad Boys de la NBA» porque cambia el formato, pasando de documentados perfiles a entrevistas en profundidad con los protagonistas. ¿Cómo ha sido el proceso?
«Los Bad Boys de la NBA» funcionó razonablemente bien y la editorial no tardó mucho en plantearme la posibilidad de hacer algo similar con protagonistas del baloncesto español. Yo desde el primer momento consideré que eso me quedaba un poco corto porque creo que algunas de las grandes historias de bad boys que los de mi generación hemos conocido en nuestra adolescencia, de crecimiento y enamoramiento del baloncesto, estaban más allá: en Italia, en Grecia, en Yugoslavia. Y planteé desde el primer momento que tenía que ser un libro sobre baloncesto europeo, que iba a tener más empaque e iba a ser más rico.
Yo me iba a encontrar también más cómodo y más motivado. Luego sí me planteé como reto personal, como línea roja, que todos los protagonistas del libro tenían que ser entrevistados. En «Los Bad Boys de la NBA» hay una documentación profunda y en este libro, aparte de eso, existe además una entrevista en profundidad con cada uno de los protagonistas. Me parece interesante escucharles o leerles a ellos sobre tal o cual cosa que les pasó.
Últimamente pongo el símil de que la Segunda Guerra Mundial casi siempre se cuenta desde el lado norteamericano y que de vez en cuando te encuentras alguna joya por ahí como «Hijos del tercer Reich», una serie alemana en la que se ve desde el lado alemán. Me gustó mucho: sirve para abrir un poco los ojos.
En este caso, que no solo la gente hablara del bad boy, sino que el bad boy hablara de sí mismo. Esto pasa algunas veces, pero no se trata de preguntas habituales. Para mí era un gran paso que ellos mismos contaran por qué se comportaban así en una cancha.
¿Entonces es un libro mejor?
Es más profundo porque tiene una parte del trabajo igual que el otro y otra nueva que no se incluía y que obviamente te puede incluso cambiar la perspectiva. Es más desarrollado. A quien quiera entrar en profundidad en los personajes le va a gustar más. Quizás para una lectura más ligera sí que el primero es más fácil. En este hay 14 perfiles y en el de la NBA, 25, y sin embargo este libro es más largo, con más palabras. Eso es porque se entra más aún en cada personaje.
Lo dejo al gusto del lector. Al final tendremos esa eterna lucha: NBA versus baloncesto europeo. Habrá quien diga que le gusta más el de la NBA por el mero hecho de ser de NBA y habrá quien le guste más el del baloncesto europeo por el mero hecho de ser baloncesto europeo, sin entrar en si está escrito mejor o peor.
¿Qué nos fascina? ¿La violencia en sí o los jugadores violentos?
Antes de nada nos fascina el ‘fuoriclase’, el jugador repleto de talento, el que es puramente estético. Pero también el más humano, más del pueblo, más capaz de jugarse el físico y de echarse a la espalda a un equipo o a una afición para competir. La gente es capaz de subirse a lomos de ese jugador que pelea y que defiende por el bien de esa afición, de ese equipo.
El ejemplo es Sadiel Rojas, al que le han retirado la camiseta hace unos días en Murcia y que es uno de los protagonistas del libro. En el UCAM Murcia promedió algo más de 5 puntos y 4 rebotes, pero es clave para que ese club no sea considerado como hace dos décadas, cuando era un club puramente «ascensor», que subía y bajaba. Ahora lleva más de 20 años sin serlo y es raro verlo fuera de los diez primeros de la Liga Endesa.
Tiene mucho mérito y ahí Sadiel es un tipo capital al perderle el miedo a competir con los grandes e ir a por todos los rebotes ante cualquier jugador midiendo 1,90. Estuvo metido en algunas situaciones conflictivas y a veces llevó su físico demasiado al límite, pero para mí es un jugador fundamental en el cambio de la historia del UCAM Murcia y que creyera que podía competir con los grandes.
Tener mucha clase y mucho talento está muy bien, pero esa pelea digna de los antiguos griegos en el cuadrilátero es algo que es muy llamativo para el ser humano. Este tipo de jugadores nos gustan mucho porque exponen su físico por un bien común que al final es el equipo. Eso a la gente le gusta. Paradójicamente, la inmensa mayoría de los 14 protagonistas del libro, si los conoces y los tratas fuera de la cancha, son tipos absolutamente encantadores, buenas personas, educados. Muchos de ellos no se han metido en un problema casi nunca.
El deportista competidor tiene ese gen: cuando se pone una camiseta, lo que hace es defenderla por encima de todo. Para eso muchas veces hay que pasar ciertos límites. No está nada reñido ser una gran persona con ser un cabrón en la cancha. Un cabrón no tiene que ser necesariamente un jugador que vaya a lesionar al rival, pero sí es alguien que, en algún momento determinado, usa su físico por encima de determinadas circunstancias para conseguir ganar.
Personajes como Dino Meneghin resultan entrañables, como refleja a la perfección en su capítulo… Si hay escoger uno, ¿ha sido él el gran «villano» del basket europeo?
Depende a qué llamemos «villano». Si es alguien temido y respetado por sus compañeros de generación, yo diría que sí. No porque me pueda volar las cejas si me paso con él, que también, sino porque también era considerado realmente bueno como jugador. Estuvo tres décadas en el baloncesto y fue enormemente admirado.
Pero no es un «villano» de esos que te puede reventar un vestuario. Todo lo contrario. Es alguien que te lo solidifica y te lo fortifica. Hay jugadores que pueden alterar los cimientos de un club y sí son «villanos». Y también hay «villanos» en el sentido de provocar al rival, caer gordo, ser insoportable, estar permanentemente buscando la confrontación. Ahí podríamos hablar de Drazen Petrovic, de sus escupitajos, de sus formas de meter a la grada y afectar a los árbitros en los partidos que se jugaban en Yugoslavia. Provocaba y se reía del rival cuando le ganaba.
¿Cuántos jugadores no han querido ser entrevistados cuando han conocido la temática del libro?
Para un norteamericano, que le llamen «bad boy» es un honor, mientras que en Europa es algo que no suele gustar. A Salva Gaurdia sí le encanta, pero a otros no tanto o ponen algún matiz. Me hubiera encantado poder entrevistar a Ken Bannister, pero es alguien que no está del todo orgulloso de su vida como jugador. Le pedí a Ramón Rivas si me podía ayudar porque mantienen relación, pero me dijo que no iba a ser posible porque no quería hablar de su época en las canchas. Aun así insistí y hasta localicé a su hija, que es jugadora profesional de voleibol, pero también me acabaron contestando que Bannister no quería.
Me hubiera gustado también entrevistar a Eddie Phillips. Llegué a hablar con él también y me dijo que no. La que lió en Tenerife con un tema de pistolas y su forma de irse del club fue…
Me sorprendió que Alexandar Petrovic no quisiera. Como no podía con Drazen, obviamente, quise hacerlo con su hermano, pues fue uno de los grandes bad boys del baloncesto europeo. Pero no le hizo gracia. Y eso que le he entrevistado en otras ocasiones, en otras situaciones, y siempre ha estado muy por la labor. Me parece que podía haber encajado como jugador de la Cibona que todos recordamos. Respeto que estos tres no quisiesen.
Sí que tiene mucho mérito haber incluido a Kaspars Kambala…
Sí, bastante. Él no ha hablado con la prensa española desde que se fue del Madrid. Yo le tenía como amigo en Facebook desde hace muchos años y por ahí le contacté. En principio me dio largas, pero tras un año insistiéndole conseguí que hiciese la entrevista y es una de las cosas de las que más contento estoy porque pensaba que iba a ser un no. Todos recordamos que en su paso por el Real Madrid fue el malo de la película en una temporada horrorosa. Para mí era un reto personal conocer sus reflexiones sobre aquello y sobre otras muchas aventuras y desventuras de su carrera. Fue una conversación de casi dos horas durante la cual se pudo fumar dos paquetes de tabaco. Entendió un poco lo que yo buscaba. Su carrera podría haber sido mucho mejor de lo que fue.
Solo aparecen tres jugadores nacidos en España (Salva Díez, Salva Guardia y Alfonso Reyes). ¿Tradicionalmente nos han faltado especialistas en el juego duro?
También está Juanito de la Cruz, que lo tuvimos que importar desde Argentina. ¿Por qué? Porque nos faltaba gente así. De la Cruz es una pieza clave para la generación que ganó la plata en Los Ángeles-84. Nos faltaba ese tipo de perfil para dar el salto competitivo. Lo que decía antes de Sadiel: esa mala uva, esa pillería… Tenemos jugadores otras características, muy competitivos y con talento también por supuesto en determinados momentos. Pero habitualmente no ha habido grandes físicos, aunque hayamos contado con especímenes como los Gasol. El jugador duro, bregador y peleón no es lo que más hemos exportado.
Además, entre jugadores más o menos contemporáneos aparece únicamente Sadiel Rojas. ¿Se persigue ahora más los bad boys que antes?
No sé si el ‘último mohicano’, pero sí que es el gran bad boy del baloncesto moderno en España. El juego ha mejorado para bien en el sentido de que se protege más a los jugadores buenos y con talento. Pero esto también puede ser malo para la épica y la narrativa del juego. Esas encerronas en Grecia en los 80 y 90, los atracos arbitrales, las cosas que pasaban antes que ahora pasan menos… Yo creo que le daban una épica que hoy quizá falte un poquito.
Evidentemente hoy hay más talento, más velocidad, más belleza. Pero le falta ese cierto componente épico que por ejemplo le ha puesto Sadiel al UCAM Murcia. También creo que al baloncesto actual le falta un poco de polémica. Ahora ser bad boy está más perseguido: no se pueden usar los codos con la alegría de antes, no se puede pueden dar aquellos rodillazos. Si te pillan va a ser falta antideportiva inmediatamente o descalificante. Antes lo era normal. Sigue habiendo jugadores duros y mucho contacto en las zonas, pero los codos vuelan con menos facilidad.
Para cerrar, háblenos un poco de su propio perfil en los medios porque es un caso único al colaborar con varios muy prestigiosos como ‘Gigantes del Basket’ y hasta tiene su programa específico en EsRadio, ‘Tirando a fallar’, pero al mismo tiempo no ha dejado de ser profesional del sector sanitario…
Soy alguien que trata de ser todo lo polivalente que puede. Ante todo, soy un enamorado absoluto del baloncesto y de comunicar baloncesto. El programa lleva ya 21 años y estoy yo al frente desde que lo dejó Vicente Azpitarte. Además de con ‘Gigantes’, colaboro con ‘El Ideal’ de mi ciudad, Granada. Y en la tele he narrado partidos con Movistar+ y DAZN.
Me apasiona comunicación y comunicar baloncesto. Es algo que llevaba casi de serie. En casa de mi madre hay una cinta de cassette en la que yo, con cuatro años, hago un programa de radio hablando del Tour de Francia, analizando la edición de aquel año. Muy curioso.
Todo esto me fue llegando poco a poco. De formación tengo tres carreras y ninguna es Periodismo: Enfermería, Ciencias de la Actividad Física y el Deporte y Magisterio de Educación Física. Hace dos décadas que me dedico a hacer periodismo y al tiempo continúo ejerciendo la profesión de enfermero en Guadix. Vocacionalmente soy más lo primero que lo segundo, no lo voy a negar, y me encantaría dedicarme únicamente a ello, pero ganarse la vida el mundo de los medios de comunicación está realmente mal.
Así es que para poder vivir de una forma más o menos tranquila y desahogada necesito mantener mi trabajo como enfermero. Con lo que gano actualmente como periodista podría vivir, pero iría bastante justo. Es una pena. Me encantaría no decir esto, pero es la realidad.
¿De dónde saca el tiempo?
Durmiendo poco. Y además creo que soy alguien que no tiene demasiado ocio. Soy feliz haciendo las cosas que me gustan. Juego baloncesto y cuando puedo viajo, pero no necesito mucho más allá de eso. Para mí es un placer lo que hago relacionado con la comunicación de baloncesto. Sentarme delante del ordenador a escribir la historia de Antetokounmpo o poder entrevistar a Dino Meneghin y a Kaspars Kambala es algo que me resulta absolutamente motivante desde el punto de vista personal.
Es algo igual un poco enfermizo, y puede que hasta perjudicial, pero no sé aburrirme. El tiempo lo saco de trabajar muchas horas, ya está. Sé que no es lo mejor en el discurso actual. Hay que decir que la gente tiene derecho a aburrirse y a no hacer nada, pero a mí me aburre. Quizás soy de otra generación y estoy equivocado, pero soy así. Mis trabajos no me cansan, sino que me motivan y me dan ganas de seguir.





O sea que en Estados Unidos es un honor ser tratado de «bad boy» (con lo que discrepo totalmente, otra cosa es que los que son etiquetados así lo asuman por puro narcisismo y reconocimiento en los medios), y resulta que Ken «Animal» Bannister y Eddie Phillips (éste por sus actividades fuera de la pista, porque no le recuerdo especialmente duro en ella) se niegan a participar en el libro. Contradictorio como mínimo.
Una cosa es ser un jugador duro, como podía ser Audie Norris, Alfonso Reyes, Isma Santos, Stojan Vrankovic, Salva Díez, Pablo Prigioni, Ramón Rivas, Fabricio Oberto, Kyle Hines, Marcus Slaughter o Kostas Papanikolau, y otra es tipos como Maciel Rojas, un jugador tremendamente sucio y que roza la violencia y que no me creo que no tenga mala intención ni sea inconsciente del daño que puede hacer a sus rivales. Lo mismo que Kambala, otro con un cortocircuito cerebral importante, al que el propio Alfonso Reyes, compañero de equipo en el Real Madrid, llegó a llamarle la atención por las hostias que le había dado gratuitamente a su hermano Felipe, rival esa noche con Estudiantes. Un peldaño por debajo estaría gentuza como Álex Mumbrú y Axel Hervelle, la versión Hacendado de Laimbeer y Mahorn, dos elementos que salían a pista directamente a liarla.
La glorificación del «bad boy» me repugna bastante. No me extraña que Aleksandar Petrovic se niegue a aparecer en el libro. Su hermano, uno de los mayores genios que ha dado este deporte, merece ser recordado por su juego increible, y no precisamente por la actitud antideportiva y barriobajera de sus años en Zagreb, donde se dedicaba junto a Aleksandar y algún otro angelico de su equipo (Mihovil Nakic) a provocar, humillar y escupir (a rivales y árbitros).