
Posiblemente en los últimos días de su carrera, Novak Djokovic cada vez que aparece en algún foro hace repaso de lo que ha sido su carrera. En la última ocasión, en el World Sports Summit, hablando sobre longevidad y deporte, ha tenido palabras para el tenista español Rafa Nadal, sobre lo que le costó atraer los focos hacia él cuando la rivalidad de este con Federer estaba en lo más alto: «Pasé por mis propias experiencias cuando estaba empezando a abrirme camino en el circuito. Intenté ser alguien distinto, intenté caer bien. Hacía imitaciones, que me siguen pareciendo divertidas, pero la gente no terminaba de aceptarme como el tercer hombre».
Como en una película de vaqueros, no había sitio para uno más: «La era Federer–Nadal era tan fuerte, y su rivalidad tan dominante, que no había espacio para un tercero. Pero yo me hice un sitio, me creé ese espacio. Y fue increíble: el Big Three y la era dorada que construimos».
Sin embargo, logró crear ese hueco y lo que vivieron a tres bandas ha sido posiblemente la era dorada del tenis. A él, cuando se retiraron ambos, al menos se le quedó un profundo vacío: «Me hice un espacio, creé ese espacio. Y fue increíble: el Big Three y la era dorada que construimos. Y siento que, cuando ellos se retiraron, una parte de mí también se fue, así que tuve que reinventarme, encontrar nuevas inspiraciones. Y la razón por la que sigo adelante es también ver hasta dónde puedo empujar mis propios límites, marcar mi propio camino».
Ahora siente la soledad del número uno que se ha quedado entre dos épocas, pero encuentra inspiración en otras figuras longevas del deporte: “Hay ejemplos como Cristiano Ronaldo o LeBron James, que siguen en activo; Hamilton y otros atletas increíbles que todavía compiten al máximo nivel a esa edad. Incluso algunos ya retirados, como Tom Brady o grandes nombres del fútbol que todos conocemos, como Maldini, Totti o Del Piero, con los que hablé antes de salir al escenario, y todos me dijeron que se retiraron con 40 o 41 años».

La ventaja con la que cuenta el serbio es el gran desarrollo tecnológico y médico que ha experimentado el deporte en los últimos años, que con la monitorización apropiada puede optimizar el rendimiento hasta límites insospechados: «Da la sensación de que el deporte ha cambiado muchísimo, de que ha evolucionado. El cuidado del cuerpo, la tecnología deportiva, la medicina deportiva… son muchos los factores que entran en juego. Todo ha evolucionado».
Pero más allá del tenis, Djokovic opina que la longevidad se ha convertido casi en una tendencia, pero no debería entenderse solo como una obsesión competitiva, sino como una forma de estar mejor en cualquier ámbito profesional: «La longevidad está muy de moda ahora: el bienestar, el anti-aging… Pero no está vinculada solo al deporte. Tiene que ver con todo: con cómo gestionas tu tiempo, tu energía. Todos queremos rendir bien, sentirnos bien. Nadie quiere tener un cuerpo o una mente rotos».
Ese enfoque no es nuevo en su carrera. Djokovic recuerda que desde muy joven fue educado en una visión integral del deportista, gracias a una entrenadora a la que define como su “madre tenística”, fallecida hace años [Jelena Genčić]. Con ella aprendió técnicas de visualización y una disciplina que iba mucho más allá de la pista: «No solo me enseñó tenis. Me llevaba a su casa, escuchábamos música clásica, veíamos vídeos de los grandes jugadores y luego me pedía que visualizara cada golpe. Me enseñó cómo debía dormir, qué beber, qué comer, cómo tratar a mis padres, cómo comportarme en el colegio. Fue un enfoque holístico y multidisciplinar que fue el mejor regalo que pude recibir como joven atleta».

Djokovic también se detiene en una idea que, asegura, aprendió con el paso de los años. La presión para él no es una carga, sino un privilegio. En un deporte individual como el tenis, donde no hay refugio posible, la exposición es constante, pero para él ese peso es también una confirmación de sentido: «En los deportes individuales tienes que presentarte cada día. Si no es tu día, estás fuera. Hay mucha presión y mucho estrés, pero como dijo Billie Jean King hace muchos años, la presión es un privilegio. Significa que estás haciendo algo que es valioso para ti y para el mundo».
La retirada de Djokovic
En cuanto al final de su carrera, el serbio no da la exclusiva del año, aunque admite que tiene un horizonte en mente. Los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028 son el punto de referencia, aunque desde un punto de vista más emocional que definitivo: «Los Ángeles 2028 es una especie de estrella guía, pero honestamente no hay un límite. Sigo porque me encanta golpear la pelota y competir. Mientras sienta que puedo jugar a un alto nivel y el cuerpo aguante, ¿por qué no?».
Porque, más allá de los títulos, Djokovic subraya que su verdadera preocupación está en el legado que deja. No solo como campeón, sino como referente. Como padre de dos hijos, reconoce que observa con atención qué tipo de figuras deportivas influyen en los más jóvenes y qué es lo que realmente permanece en ellos: «No es solo el rendimiento. Es el carácter, el carisma, la manera de comportarte, los valores que transmites. Eso es lo que deja huella en las nuevas generaciones».
Mientras tanto, Djokovic observa con curiosidad y respeto la irrupción de los nuevos protagonistas del circuito. Cita a Jannik Sinner y Carlos Alcaraz como el eje de la nueva gran rivalidad del tenis masculino y admite que le resulta estimulante convivir con ese relevo generacional: «Los jóvenes ya están ahí, son fantásticos. Sinner, Alcaraz… Me encanta ver cómo diferentes generaciones llegan y se van. Y yo sigo aquí, observando».
Sus orígenes en la guerra
Una vez más, Djokovic vuelve sus orígenes para explicar no solo su carrera, sino su manera de estar en el deporte. Recuerda que nadie en su familia había jugado al tenis y que su camino estuvo marcado desde el principio por el sacrificio de sus padres, que apostaron por un deporte caro en un contexto poco propicio: «Nadie en mi familia ni en mi país había jugado al tenis a ese nivel. Mis padres hicieron un enorme esfuerzo para que pudiera vivir mi sueño».

Ese esfuerzo estuvo condicionado por una infancia atravesada por la guerra en Serbia, con recursos limitados y muchas renuncias. Djokovic recuerda que durante años no pudo viajar ni competir en torneos internacionales, una experiencia que, lejos de frenarle, fortaleció su determinación: «Me salté muchos años de torneos júnior porque había guerra en mi país. No podíamos viajar, no teníamos fondos. Todas esas pruebas y dificultades reforzaron mi voluntad de cumplir mi sueño».
Antes de que el tenis se impusiera como destino, Djokovic fue un niño que probó varios caminos. Creció esquiando y jugando al fútbol, influido en parte por su padre, esquiador profesional, y durante años su futuro deportivo estuvo abierto. La decisión definitiva llegó por una cuestión tan prosaica como inevitable, el tiempo y el dinero. «Mis padres se sentaron conmigo y me dijeron que me gustaba esquiar, jugar al fútbol y al tenis, pero que tenía que elegir uno. No había recursos ni tiempo para apoyar los tres».
Desde muy pequeño, sin embargo, sus sueños ya estaban claramente definidos. Wimbledon se convirtió en el gran objetivo, la imagen fundacional de lo que quería llegar a ser. «La primera imagen que tuve del tenis fue ver a Pete Sampras ganar Wimbledon en 1992. Eso es lo que yo quería ser». Sampras fue su gran ídolo en la pista, aunque su imaginario deportivo se alimentó también de referentes de otros ámbitos: Michael Jordan y Kobe Bryant en el baloncesto, y Alberto Tomba en el esquí, el deporte con el que creció. Figuras que, reconoce, moldearon su ambición y su manera de entender la competición desde la infancia.
Una ambición
Si hay una palabra que atraviesa todo su relato es hambre. Djokovic la utiliza para explicar una mentalidad construida desde muy temprano, una combinación de ambición y resistencia que le ha acompañado toda la carrera. «Hunger es una buena descripción», dice, aludiendo tanto al deseo de ganar como a una fortaleza mental forjada en la dificultad. Conocer de dónde viene le ha ayudado a definir su identidad, sus valores y su manera de relacionarse con el éxito: «Es importante saber de dónde vienes, respetarlo, respetar a tu familia y a tu cultura, y sacar tu mejor versión al mundo».

Esa mentalidad se consolidó, explica, a través de la adversidad y de la necesidad constante de salir de la zona de confort. Para Djokovic, crecer sin facilidades genera una urgencia distinta por demostrar y demostrarse: «Cuando creces en la adversidad quieres el éxito todavía más, porque tienes algo que probar, no solo a ti mismo, sino también a los demás».
Las derrotas, en ese proceso, ocupan un lugar central. Djokovic rechaza la idea de pasar página sin más y defiende la necesidad de enfrentarse al malestar que generan las pérdidas. «Cuando pierdo un partido, incluso hoy, no quiero ver a nadie durante unas horas. Necesito estar solo para reflexionar sobre lo que acaba de pasar». Solo después llega el reinicio: «Al día siguiente te levantas y es una nueva oportunidad para ser una mejor versión de ti mismo».
Esa capacidad de introspección tiene raíces profundas. El serbio recuerda que tuvo que madurar antes de tiempo, asumiendo responsabilidades impropias de su edad debido a la situación familiar. Evoca un momento concreto, cuando su padre puso sobre la mesa todo el dinero que tenían entonces y le explicó lo que implicaba seguir en el tenis: «Tuve que asumir casi un segundo rol de padre en casa con mis hermanos pequeños».
En lugar de endurecerlo, esa experiencia le dejó una huella de humildad que aún hoy considera vital. Djokovic asegura que volver mentalmente a esos momentos le sirve para mantener los pies en el suelo: «Me da perspectiva, humildad y paz, porque sé quién soy y de dónde vengo».
Además, la paternidad ha añadido una nueva capa emocional a su carrera. Djokovic confiesa que una de sus grandes motivaciones para seguir compitiendo al máximo nivel es que sus hijos puedan verle jugar y comprender lo que ocurre en la pista. Esa conexión explica la intensidad con la que vivió una reciente derrota en Wimbledon, cuando se le vio emocionado en el césped: «En ese momento sentí que les había fallado al perder».
Con el paso del tiempo, ha aprendido también a aceptar esas emociones sin reprimirlas. Para Djokovic, las derrotas sacan a la superficie miedos y pensamientos que normalmente se esconden: «En las pérdidas te enfrentas a tus mayores temores. Todo lo que sueles reprimir aparece».


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