
El ex pívot Ralph Sampson, número 1 del draft de 1983, cuatro veces All Star de la NBA e integrante del Hall of Fame desde 2012 y que tuvo un paso por España en el CB Málaga, ha pasado por el pódcast All The Smoke para repasar su formación en la Universidad de Virginia, su desembarco en la NBA y la etapa de las Twin Towers junto a Hakeem Olajuwon en Houston. También ha abordado el contexto competitivo y social de los años ochenta, época de graves lesiones, traspasos polémicos y amenazas, sin privarse de dar su visión del baloncesto actual, del desarrollo juvenil, especialmente de figuras como Wembanyama.
Pero las palabras más interesantes hoy de su entrevista son las dedicadas a un Michael Jordan que ha vuelto a estar de actualidad tras declarar en una entrevista que estaría dispuesto a jugar hoy. En su entrevista, Sampson ha recordado sus duelos con él en la universidad, cuando ambos coincidieron en la Atlantic Coast Conference (ACC). Ha explicado que se enfrentaron en varias ocasiones y que, aunque su equipo de Virginia ganó algunos encuentros, otros cayeron del lado de North Carolina, donde Jordan ya mostraba una mentalidad y una energía competitiva especial.
«Solo una persona consiguió detener a Michael, y fue Dean Smith su entrenador, que le prohibía anotar más de 20 puntos por partido», ha explicado. «Él podría haber anotado mucho más. Pero fíjate: tenían a Worthy, a Perkins, a Jimmy Black… tenían un equipazo, diez jugadores del top ten que jugaban, pero en North Carolina tenían esa norma: nadie podía promediar más de 20 puntos».
Desde aquellos partidos universitarios ya vio que era un jugador capaz de hacer la guerra por su cuenta: «Jugamos en North Carolina, él estaba en su modo Michael y yo en el mío. Estábamos los dos dominando el partido. De repente, necesitamos una canasta y él roba el balón a mi base, se va solo y machaca. A partir de ahí cambió todo el partido. Era capaz de hacerlo él solo».

Sobre Olajuwon, ha recordado que su fichaje fue una bendición: «En ese momento ya sabíamos que íbamos a tener el número uno del draft, y vinieron a decirme: ‘Estamos pensando en esto del Twin Towers, y queremos que Hakeem juegue contigo’. Yo dije: ‘Perfecto’. Porque así podía moverme al puesto de ala-pívot y no recibir tantos golpes en el poste. Era mi posición natural, podía jugar más abierto y hacer mi juego. Me encantó desde el principio».
Trabajaron la conexión entre ellos en todos los aspectos, en la cancha, en los desplazamientos y en la vida personal: «Mi relación con Hakeem fuera de la cancha fue buena. Nos conocíamos, y durante los primeros meses empezamos a salir a comer, a pasar tiempo juntos. En los viajes nos cuidábamos el uno al otro, cada uno en su habitación, pero pendientes. En los entrenamientos prácticamente nunca jugábamos el uno contra el otro. Tal vez dos veces. Lo importante era construir esa conexión para jugar juntos. La desarrollamos cuando empezamos a enfrentarnos a Kareem. Todos querían enfrentarse a Kareem. Así que ellos ponían a Hakeem sobre Kareem y a mí sobre Rambis o quien fuera. Yo le decía: ‘Tú aguántalo, y yo le tapo el tiro’. Todos queríamos bloquear a Kareem, y lo hicimos un par de veces, aunque él siempre dominaba. Pero así construimos nuestra química. Sabíamos que si yo salía del campo, él cubría atrás. Y si él retrocedía, yo iba a por el rebote o la ayuda. Esa era nuestra comunicación. Así empezamos a entendernos, y funcionó muy bien durante un tiempo».
Ralph Sampson, novato en la NBA
En su repaso por los primeros años en la liga, Sampson ha recordado su llegada a la NBA y la dureza física de aquella época. «El primer año fue una adaptación. La liga era dura, y tenías que estar preparado para los golpes. Si no, te pasaban por encima», ha explicado. «Jugadores como Artis Gilmore, Maurice Lucas, Darryl Dawkins… todos te probaban cada noche. Artis era el tipo más fuerte del mundo; te daba la mano y te la podía romper. Pero también te enseñaban. En medio del partido te decían: ‘Baja un poco más, larguirucho, no me dejes empujarte tanto’. Era otra mentalidad: te pegaban, pero querían que aprendieras».
El exjugador ha señalado que aquella generación de pívots representaba una escuela de dureza y camaradería que hoy se ha perdido: «Si no te defendías, te pegaban y te ganaban el respeto a base de golpes. Era parte del juego. Pero también te ayudaban. Maurice Lucas, por ejemplo, me enseñó muchísimo. Te golpeaba primero porque sabía que luego no te iba a poder alcanzar».
Sampson ha recordado también su relación con Moses Malone, al que ha descrito como«uno de los mejores competidores que he visto nunca». «Moses era de Virginia, como yo, y siempre fue un tipo durísimo. Iba al rebote con una intensidad brutal, y muchas veces tiraba a fallar a propósito para capturar el rebote y volver a anotar. Era un maestro en eso», ha dicho. «Odiaba a Kareem. Me decía: ‘Voy a destrozarlo’, y cuando ganaron el anillo, me lo repitió. Pero más allá de su carácter, fue un tipo que ayudó a todos. Le enseñó todo a Hakeem, lo moldeó como jugador».
Las finales de 1986
A continuación, ha rememorado las Finales del Oeste de 1986, cuando Houston eliminó a los Lakers de Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar. «Aquella serie fue una locura. En el primer partido nos pasaron por encima, pero nos reunimos y dijimos: ‘Vamos a volver y a matar a estos tipos’. Ganamos el segundo, fuimos a Houston, y sabíamos que íbamos a ganar allí».

Sampson ha descrito el clima de competitividad de aquella serie y la exigencia física extrema de esos encuentros: «Nosotros sabíamos que teníamos que ir a por ellos. Cuando Hakeem se metió en una pelea con Kurt Rambis y lo expulsaron, me dije: ‘Bueno, ahora es nuestro turno’. Quedaban segundos, y sabíamos que la última jugada era para mí. Rodney McCray me la pasó por encima del hombro, lancé sin mirar al aro, y entró. Fue la canasta que eliminó a los Lakers».
También ha recordado con humor la reacción de sus rivales: «Le dije a Magic: ‘No pasa nada, así os ahorráis el viaje a Houston’. Podéis iros a Cancún un poco antes».
Contra Larry Bird
En cambio, en las Finales ante los Boston Celtics de Larry Bird, Houston cayó en seis partidos: «En el primer cuarto ya llevaba 15 puntos y siete rebotes. Bird metió un tiro increíble, pero estábamos convencidos de que podíamos ganar. Y luego vino la pelea. Danny Ainge me golpeó en la entrepierna un par de veces, y le avisé: ‘Una más y lo lamento’. Lo hizo de nuevo, y ahí exploté».
Sampson ha confesado que, tras aquella pelea, el ambiente en el Boston Garden se volvió hostil: «Recibí amenazas y tuve escolta. En el siguiente partido, la afición apareció con una figura mía colgada de una cuerda. Era otro tiempo. Pero esa era la NBA de los ochenta: intensa, física y con orgullo».
Con los Warriors
Tras su etapa en Houston, Sampson ha recordado su traspaso a los Golden State Warriors en 1987, un paso importante, pero que estuvo marcado por el inicio de su declive físico: «Fue duro. Me enteré del traspaso cuando mi mujer estaba embarazada y solo me dieron 48 horas para llegar a Oakland. Les dije que necesitaba unos días más para dejarla tranquila, y tardé tres. Cuando llegué, Don Nelson era el general mánager y parte del propietario del equipo. No había con quién quejarse: era el jefe de todo». El que se retrasaba, empezaba mal.

Su llegada coincidió que en ese momento eran un equipo en descomposición y la NBA estaba en plena transformación. «Nada más llegar, me cruzo con Chris Washburn saliendo esposado del pabellón. Ahí pensé: ‘Ya tenemos algún problema’. Luego se lesionó Chris Mullin y me dije: ‘¿Dónde me he metido?’».
Pese a las dificultades, Sampson ha asegurado que Don Nelson fue «uno de los mejores entrenadores que he tenido». «Era un tipo diferente, un entrenador que también había sido jugador y entendía la liga. Permitía probar cosas nuevas. Nos hacía jugar abiertos, subir el balón, lanzar triples… era un adelantado a su tiempo. Y fuera de la pista era igual de especial: te invitaba a su casa en Hawái, te cocinaba y se sentaba a beber contigo».
Pero las lesiones empezaron a marcar su carrera: «Tuve una rotura de menisco y entonces lo cortaban, no lo reparaban. Debería haber descansado un año, pero volví antes. La rodilla se llenó de fragmentos óseos y ya nunca fue igual». Sampson ha explicado que los jugadores altos estaban mucho más expuestos a ese desgaste: «Mido 2,24, y cada apoyo te pasa factura. Hoy tienen mejor tecnología, pero el cuerpo sufre igual. Si no fortaleces las articulaciones, el juego te destruye».
Droga en la NBA
La irrupción de la droga en los vestuarios de la NBA de los ochenta también ha sido un tema a tratar. Sampson ha recordado la desestabilización que vivió Houston tras la expulsión de tres jugadores clave: John Lucas, Mitchell Wiggins y Lewis Lloyd, apartados de la liga por consumo de cocaína. «John era mi amigo, mi hermano. Fue quien me reclutó para ir a la Universidad de Virginia. Era un tipo increíble, con una mente fuerte, pero todos sabíamos cuándo no estaba bien. Era hiperactivo, y cuando se quedaba callado, significaba que algo iba mal».

El pívot ha revelado cómo los problemas de su compañero llegaron a un punto de no retorno durante un viaje: «Estábamos en la gira por la Costa Oeste y Bill Fitch, el entrenador, me dice en el autobús: ‘Ralph, ve a buscar a John’. Lo encontré en su habitación, le dije que teníamos que irnos. Me contestó que vendría luego, pero nunca apareció. En Seattle se supo todo. Fue triste, porque él me había enseñado tanto sobre el juego y sobre la vida».
Sampson ha reconocido que el golpe dejó al equipo seco: «Con John, con Lewis Lloyd y con Mitchell Wiggins éramos un grupo tremendo. Mitchell defendía a Magic Johnson de línea a línea, y Lewis podía anotar sobre cualquiera. Si hubiéramos mantenido aquel núcleo, habríamos sido campeones. Pero se derrumbó todo de golpe».
Aun así, el exjugador ha preferido quedarse con la parte humana de aquella historia: «Lo que vivió John fue una bendición disfrazada de tragedia. Pasó por el infierno, pero salió adelante. Construyó centros de rehabilitación, ayudó a muchos jóvenes y cambió la vida de más de uno. Yo le debo mucho. Hoy, cada vez que lo veo, nos abrazamos. Es un tipo fuerte, y me alegra que el baloncesto le haya devuelto un lugar».
Opinión de la NBA actual
En este aspecto, ha reflexionado sobre lo mucho que ha cambiado la liga y la forma en que se protege a los jugadores. «En aquella época no había red de apoyo, nadie te guiaba. Si caías, caías solo. Hoy hay psicólogos, asesores, programas de ayuda. Entonces, lo único que tenías era a tus compañeros, y muchos también estaban perdidos».

El exjugador ha insistido en esa época la presencia de veteranos era clave para mantener la estabilidad de un vestuario: «Antes los veteranos te cuidaban. Te golpeaban, sí, pero te enseñaban a comportarte, a sobrevivir en la liga. Hoy hay mucho talento, pero falta esa figura que te diga cuándo parar y cuándo apretar. Cada equipo necesita un tipo así».
También ha señalado la diferencia de trato hacia las estrellas y el mayor control que ahora ejerce la NBA sobre la vida personal de los jugadores. «Hoy todo se sabe, hay cámaras en todas partes. Nosotros teníamos más libertad, pero también más peligro. Nadie te salvaba si te perdías en ese mundo. Por eso respeto tanto a los que aguantaron sin caer».
Anécdotas
En el tramo final de la entrevista, Sampson ha concedido echarse unas risas. Ha recordado, entre risas, su insólito encuentro con Kareem Abdul-Jabbar en el concurso televisivo Family Feud. «Me llamaron para sustituir a Magic, que no quiso ir. Kareem estaba allí, en una esquina, con una manta sobre la cabeza, sin hablar con nadie. Ganamos nosotros, y cuando salimos del plató me paró en el pasillo y me dijo: ‘Larguirucho, dale el dinero de tu premio a mi fundación’. Le contesté: ‘Ni hablar, esto va para la mía’. Y ahí se acabó la conversación», ha contado partiéndose la caja.
También ha revelado una oportunidad que todavía lamenta haber dejado pasar: «Una vez me invitaron a un concierto de Whitney Houston, pero no fui. Luego ella me mandó regalos y un cartel suyo de tamaño real. Lo tenía en casa, en la ventana, como si fuera alguien esperándome. Cuando la conocí más tarde, pensé: ‘Vaya error, Ralph’».
Sampson ha hablado incluso de las dificultades cotidianas que le causaba su altura de más de 2,23 metros. «Todo era un problema: los pantalones, las camas, los techos, las puertas. Mi familia tuvo que alargar la estructura de mi cama con un hueco al final para que me colgaran los pies. En los hoteles dormía en diagonal. Pero aprendí a vivir con eso».
Ya más introspectivo, el exjugador ha resumido su filosofía con la serenidad de quien ha visto pasar varias vidas dentro del deporte: «He tenido fama, lesiones, éxitos y errores. Pero sigo siendo el mismo chico de Virginia que soñaba con jugar. Lo único que cambia es la perspectiva. Ahora lo miro todo con agradecimiento».



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Su pelea en el 5° partido de las finales de 1986 fue con Jerry Sichting, no con Danny Ainge.