
Catorce temporadas en la NBA y MVP del All Star de 2001, Allen Iverson fue uno de los mejores bases de su tiempo, lo que ya anunciaba en 1996 cuando fue número uno del Draft seleccionado por los Philadelphia 76ers. También fue alguien que revolucionó la estética en el baloncesto rompiendo pautas que hasta entonces se consideraban inamovibles, pero lo más importante, es alguien que en su biografía Misunderstood reconoció múltiples errores durante su carrera, sobre todo relativos al alcohol. De eso ha hablado en una amplia entrevista en la CBS.
No se ha andado con rodeos: «No quiero ponerle un orden, pero sí puedo decir que fue una de las mejores y más orgullosas decisiones que he tomado en mi vida: dejar de beber». Sobre todo es una revelación importante porque se ha vuelto abstemio, según sigue su confesión, «hace unos seis meses, creo».
Y ahora ve el mundo con otros ojos: «Me siento mejor que cuando bebía. Y lo pensé mucho: pensé en todos los buenos momentos que pasé bebiendo, pero también en las veces que estaba con resaca, cuando me sentía tan mal que le pedía a Dios: ‘Por favor, si me haces pasar esto, no volveré a beber nunca más’».
Para su recuperación no necesitó ir a Alcohólicos Anónimos, se limitó a rezar: «Fue en un viaje a Filadelfia. No me sentía bien. Y una cosa sobre mí: no me gusta sentirme mal, no me gusta no sentirme yo mismo. Y simplemente no me sentía bien. Hablé con Dios y le dije: «Mira, si me ayudas a dormir, si mañana cuando despierte este malestar se ha ido… porque ya me ha pasado antes. Me he sentido así, lo he superado y luego he vuelto a beber. Pero esta vez, si me haces pasar esto, te juro que cuando me despierte mañana y abra los ojos, habré terminado con eso».
Todo se lo debe al Altísimo: «Y creo que Dios tuvo mucho que ver. Porque ni siquiera tengo ganas de beber. No me gusta estar cerca del alcohol, ni siquiera olerlo. Es difícil ahora porque mis amigos y familiares todavía beben, y cada vez que veo a alguien borracho, lo único que siento es vergüenza».
¿Afectó a su juego? Desde luego lo puso a prueba: «Nunca el mismo día de un partido. Pero sí había salido la noche anterior, como todo el mundo. Y me di cuenta con los años: antes podía hacerlo, salir hasta las tres y jugar al día siguiente sin problema. Pero con el tiempo, ya no. Empezaba un partido y no me sentía yo mismo hasta mitad del primer cuarto, cuando ya se me pasaba. Entonces entendí que no podía seguir haciéndolo. Que me estaba afectando. Lo noté en el cuerpo, en los golpes, en las caídas… y pensé: ‘Ya está. Es el momento de cambiar’. Y cuando veo a otros bebiendo, solo pienso: ‘Qué vergüenza. Yo solía ser así’. Y eso me hace apreciar aún más la decisión que tomé».

Una sesión de confesiones que no ha sido precisamente corta. También ha recordado las liadas que tenía cuando salía a beber y le ocurría lo típico que le pasa a los borrachos: «El alcohol te da una especie de arrogancia, una falsa sensación de invencibilidad. Vas al club pensando que vas a pasarlo bien, pero terminas discutiendo. Te altera la testosterona, la agresividad».
El asesinato de un amigo
Muchos de estos problemas pueden estar relacionados con experiencias trágicas. Él vivió una insoportable. Si hubo un episodio que marcó su carrera tanto como sus canastas fue aquel famoso «We talking about practice», convertido con los años en meme, lema y condena. Iverson lo recuerda ahora con una mezcla de serenidad y resignación. Aquella rueda de prensa, en mayo de 2002, no estaba convocada para hablar de entrenamientos, sino para anunciar algo que debía ser una celebración: su continuidad en los Philadelphia 76ers tras semanas de rumores sobre un posible traspaso. «Estaba feliz, contento, porque quería decirle a la gente que me quedaba en la ciudad que amaba. Pero un periodista insistía una y otra vez con el tema del entrenamiento. No paraba. Y exploté», revela.
El contexto no podía ser más delicado. Meses antes, su mejor amigo había sido asesinado, y tenía que lidiar con ese dolor enfrentándose a las punzadas de la prensa. «Estaba destrozado, emocionalmente roto, y en un momento que debía ser feliz, aquello se volvió una pesadilla», recuerda. El periodista, según Iverson, no hacía más que repetir la palabra «practice», y su réplica —«We talking about practice!»— se convirtió en un fenómeno viral mucho antes de que existiera el concepto.
Con el tiempo, el propio jugador ha aprendido a reírse del episodio. «Hoy puedo ver lo gracioso que resulta, pero en aquel momento fue durísimo. Yo solo quería compartir una buena noticia con mis fans, decirles que no me iba de Filadelfia, y se convirtió en algo completamente distinto», admite. Años después, cuando alguien le menciona la frase, por fin ha logrado tomárselo a coña: «De todas las cosas que logré en mi carrera, de todos los premios, la gente que no sabe de baloncesto solo recuerda eso. Es la vida».
Esa rueda de prensa, más que un enfado, fue el retrato de un joven de 25 años que acaba de sufrir una pérdida irreparable. «Mi mejor amigo acababa de morir. Mis hijos eran pequeños y escuchaban en la escuela que su padre iba a ser traspasado. Todo era un caos. Aquel día solo quería celebrar, y acabó siendo una explosión. Puedo ver el humor, sí, pero en aquel entonces fue doloroso. Ahora sé que sobreviví a eso y a muchas otras cosas. Me quedo con eso».
El maestro de Allen Iverson
La relación entre Allen Iverson y Larry Brown, su entrenador en los Philadelphia 76ers, fue una de las más determinantes de su carrera, pero también problemáticas. Durante años fue vista como una lucha constante entre genio y disciplina, entre la libertad creativa y el orden táctico. Hoy, Iverson la recuerda con gratitud y cierta ternura: «Larry fue quien me hizo entender el juego. Me enseñó a pensar, no solo a jugar. Yo siempre había confiado en mi talento, en mi velocidad, en mis reflejos. Pero él me enseñó a leer lo que pasaba antes de que ocurriera».

Aquella convivencia, sin embargo, no fue sencilla: «Discutíamos todo el tiempo. Yo quería hacer las cosas a mi manera, y él no paraba de corregirme. Pero al final me di cuenta de que todo lo que me decía era por mi bien. Me enseñó que no podía ganarlo todo solo, que tenía que confiar en mis compañeros, mover el balón, aprovechar las dobles marcas. Me costó entenderlo, pero cuando lo hice, todo cambió».
Ese aprendizaje fue el que acabó transformando a Iverson de un jugador brillante pero caótico en el líder que llevó a los Sixers hasta las Finales de la NBA de 2001. «Cuando finalmente lo escuché, cuando dejé de resistirme, llegamos más lejos de lo que nadie esperaba. Larry me convirtió en un jugador de equipo sin quitarme mi identidad».
El propio Brown, años después, resumió aquella relación con una frase que Iverson cita a menudo: «Nos peleábamos como padre e hijo, pero siempre hubo amor». ¿Pero quién llevaba razón?: «Si pudiera volver atrás, le escucharía antes», dice Iverson. «A veces la juventud te hace pensar que lo sabes todo, y no es así. Larry Brown fue uno de los mejores entrenadores de mi vida. Me hizo mejor hombre antes incluso de hacerme mejor jugador».
El motor de los Sixers
Uno de los tópicos más repetidos en torno a Iverson fue que cargaba en solitario con unos Sixers mediocres. Ahora lo desmiente de forma tajante: «Siempre escuché que aquel equipo era solo yo, que no tenía ayuda. Eso no es cierto. Teníamos jugadores increíbles, tipos que hacían todo lo que yo no podía hacer. Dikembe Mutombo, Eric Snow, Aaron McKie, George Lynch, Theo Ratliff… Todos ellos me cubrían la espalda».
Iverson insiste en que sin ellos nunca habría llegado tan lejos: «Yo era el que metía los puntos, pero ellos eran los que hacían el trabajo sucio. Me protegían, defendían, rebotaban, se tiraban al suelo por cada balón. La gente no entiende lo difícil que era enfrentarse a nosotros. Éramos un equipo con identidad, con orgullo. Puede que no tuviéramos estrellas, pero teníamos corazón».
Aquel grupo, bajo la dirección de Larry Brown, representó para Iverson la combinación perfecta entre talento y sacrificio: «Larry me enseñó a confiar en ellos, a ver el valor de cada pase, de cada rotación defensiva. Cuando me doblaban, aprendí a pasar y sabía que alguien iba a estar en el lugar correcto. Eso fue lo que nos llevó a las Finales».
Para el jugador, el éxito de 2001, aquellas Finales ante los Lakers de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant, donde ganó el primer partido en Los Ángeles y dejó la icónica imagen de su paso por encima de Tyronn Lue, fue un triunfo colectivo. «No lo hicimos por talento, lo hicimos por esfuerzo. Cada noche dábamos todo lo que teníamos. Nadie creía en nosotros, y por eso fue tan especial. Me ayudaron a crecer, dentro y fuera de la cancha. Puede que yo fuera la cara de los Sixers, pero ellos fueron el alma».
Una revolución estética
Durante años, Iverson no solo tuvo que enfrentarse a defensas implacables, sino también a los prejuicios. En una liga que todavía cuidaba su imagen como si fuera un escaparate corporativo, su forma de vestir, su forma de hablar y hasta su peinado fueron vistos como una amenaza y un descenso a las calles más oscuras. «Me llamaban thug (pandillero) solo por mi imagen», recuerda. «Pero yo no estaba fingiendo. Era yo. No iba a cambiar mi forma de ser para encajar en un molde».
En plena era del marketing pulido y del jugador modelo listo para anunciar crema de cacahuete, Iverson irrumpió como un terremoto. Sus trenzas, tatuajes y cadenas de oro eran tan visibles como sus penetraciones imposibles entre torres de carne. Representaba algo que la NBA aún no sabía cómo gestionar en ese momento: la autenticidad. «La gente no entendía que no se trataba de rebeldía, sino de identidad. Yo solo quería ser yo mismo, el chico de Virginia que había pasado por todo tipo de dificultades y que había logrado llegar a la cima», explica.

Su imagen desató incluso una reacción institucional: en 2005, la NBA impuso un código de vestimenta obligatorio que muchos interpretaron como una respuesta directa a Iverson y a la cultura urbana que representaba: «Yo sabía lo que estaban haciendo, pero nunca me lo tomé como algo personal. Si querían cambiar la ropa, adelante. Pero no podían cambiar lo que yo había significado para los chavales que me veían y pensaban: ‘Si él puede ser él mismo y llegar, yo también puedo’».
Hoy, con distancia y peinando canas, Iverson comprende que aquel conflicto cultural fue, sin quererlo, una revolución: «Fui el primero en ponerle tatuajes visibles a la NBA, el primero en usar ropa ancha, cadenas, gorras… y por eso muchos jóvenes se atrevieron a ser auténticos. Yo abrí una puerta que antes estaba cerrada. No lo hice a propósito, solo fui yo. Pero me enorgullece ver que ahora la liga está llena de jugadores que pueden expresarse libremente. Quiero que me recuerden no solo como un jugador, sino como alguien que fue real. Con errores, con aciertos, pero siempre auténtico. Esa fue mi mayor victoria».
Sus jugadores favoritos
Hablar de baloncesto, para Iverson, es hablar de Michael Jordan. La reverencia con la que se refiere al número 23 roza lo místico: «Para mí, Jordan es el número uno. Siempre lo será. No hay discusión», sentencia. «No es solo lo que hacía en la cancha; era cómo lo hacía. Cada movimiento, cada mirada, cada palabra te hacían creer que estabas ante algo más grande que el juego».
Iverson recuerda con precisión el primer enfrentamiento entre ambos, cuando era un novato recién llegado a la NBA y se atrevió a ejecutar aquel célebre crossover que dejó atrás a su ídolo. «Para mí no fue una jugada para retarlo, fue un momento de respeto. Era el sueño de mi vida: estar frente al mejor y demostrar que merecía estar allí. Después de eso, todo cambió. Pero nunca se trató de humillarlo, sino de reconocerlo».
Cuando le piden que nombre a los mejores jugadores que ha visto, Iverson no duda: «Jordan, Kobe, LeBron, Curry y Shaq. Esos cinco cambiaron el juego. Cada uno a su manera. Jordan por la perfección, Kobe por la ética de trabajo, LeBron por la longevidad y la inteligencia, Curry por reinventar el tiro, y Shaq porque dominaba el baloncesto como un adulto jugando con niños».
Habla con especial cariño de Kobe Bryant, con quien se enfrentó y al que admiró durante años: «Kobe era mi hermano. Competíamos como locos, pero había respeto. Él me empujaba a ser mejor. Sabía que si jugábamos esa noche, tenía que darlo todo o él me iba a destruir. Lo echo mucho de menos». Unas palabras que pronuncia visiblemente emocionado.
De LeBron James, destaca su capacidad para sostener la excelencia a lo largo del tiempo: «Lo que hace LeBron con casi 40 años es increíble. Nadie en la historia ha mantenido ese nivel tanto tiempo. Es un fenómeno físico, pero también mental. Sabe exactamente cuándo acelerar, cuándo liderar, cuándo dejar que otros brillen».

Su admiración por esos nombres no implica nostalgia, sino gratitud: «Me tocó jugar en la mejor época posible. Vi lo que era la grandeza y aprendí de ella. Yo tuve mi propio estilo, pero todos venimos de alguien. Sin Jordan, no existiríamos ni Kobe, ni yo, ni nadie».
Con solo 1,83
Iverson medía apenas 1,83 metros, pero jugaba como si midiera dos metros más. «Nunca tuve miedo de nadie. Nunca. Ni una sola vez», asegura. En una liga dominada por gigantes, su valor era su motivación. «Sabía que cada noche me enfrentaba a tipos más altos, más fuertes o con más medios. Pero también sabía que ninguno iba a jugar con más corazón que yo».
Cuando le preguntan quién fue el rival que más le incomodó, la respuesta sorprende. No menciona a Gary Payton ni a Jason Kidd, sino a Marcus Banks, un base defensivo que apenas dejó huella estadística en la NBA. «Ese tipo era un perro», dice Iverson partiéndose de risa: «No se cansaba nunca, me perseguía a toda la pista, todo el partido. Me hizo trabajar cada segundo. No muchos podían hacerlo».
Pese a esa confesión, Iverson sostiene que no hubo un defensor que realmente lo intimidara: «Podían pararme una jugada, dos, tal vez un cuarto. Pero yo sabía que tarde o temprano iba a encontrar la forma. Siempre la encontraba. Tenía esa confianza, esa sensación de que, si el balón estaba en mis manos, algo iba a pasar».
Esa confianza era casi una obsesión. Iverson jugaba con un nivel de intensidad que pocos podían igualar. «No importaba si me dolía el cuerpo, si estaba cansado, si tenía una lesión. Si podía caminar, jugaba». Esa mentalidad lo llevó a ser, durante años, el jugador más pequeño y más temido de la NBA. «Cada vez que salía a la cancha, era una guerra. No contra el rival, sino contra mí mismo. Quería demostrar que el tamaño no importa, que el corazón puede con todo. Eso era lo que me movía: competir, siempre competir».
Polémica por la monitorización de carga
Por último, sobre un tema ineludible hoy, el control de la carga para planificar los descansos y recuperación de los jugadores y que no se lesionen con tanta frecuencia, Iverson tiene la opinión de las viejas glorias. Ya en tiempos decía: «Si me vas a dar descanso, que sea en el entrenamiento».
No soportaba la idea de quedarse fuera. «Amaba jugar. Ese era mi lugar, mi escape, mi terapia. Si no podía estar en la cancha, sentía que me faltaba algo. Da igual si estaba lesionado o con fiebre: si podía caminar, jugaba», pero esa mentalidad lo llevó a disputar minutos imposibles, con tobillos vendados, golpes en las costillas o heridas que a otros les habrían supuesto semanas de baja: «Nunca quise que mis compañeros pensaran que no podían contar conmigo. Yo quería que supieran que, pasara lo que pasara, iba a estar ahí. Esa era mi manera de liderar: jugando, no hablando». Sin embargo: «Mi cuerpo pagó el precio, sí, pero no cambiaría nada. El dolor se va. El orgullo de haber estado ahí siempre, no».
En una época en que las estrellas ya empezaban a dosificarse, Iverson veía cada partido como una oportunidad única: «No sabías quién te estaba viendo. Podía haber un niño en la grada que había ahorrado para esa entrada, y no iba a fallarle. No iba a ser el tipo que descansó ese día».

