Ciclismo

Lance Armstrong: «Mis rivales no van por ahí pidiendo mi cabeza, un 0% pide que me linchen, a mí no me pillaron dopado»

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Lance Armstrong (Foto: Habits & Hustle)
Lance Armstrong (Foto: Habits & Hustle)

Una reciente entrevista de Lance Armstrong ha servido para que ponga de manifiesto una vez más todas las miserias del ciclismo de su época. Para empezar, porque ha presumido de que nunca le cogieron con el carrito de los helados: «Técnicamente no me atraparon, pero esa es otra discusión distinta. Mi punto es que, bueno, yo fui expuesto, ciertamente expuesto, pero no me pillaron».

Admite al menos que fue atrapado por los testimonios de otros ciclistas, aunque él no quiera mencionarlo de esa manera: «obviamente nos hacían pruebas todos los días. Así que ser atrapado significaría que dabas positivo. Y eso nunca ocurrió. Fue mucho más complicado. Fue más un proceso legal que un éxito del sistema antidopaje. En realidad, fue un éxito del sistema legal y no del sistema antidopaje».

Para, finalmente, elogiar la omertá del pelotón y presumir de que sigue funcionando: «las únicas personas que importan son las que estaban en la carrera. Eso es todo. En mi opinión, eso es lo único que me importa. Ahora bien, si el 90 % de ellos hubieran estado gritando y clamando ‘ahorquen a ese tipo’, eso habría sido duro. Pero la realidad es que el 0 % de ellos ha dicho eso. Así que ellos son los únicos que importaban, ¿no? Las personas que estaban en la guerra, en las batallas, en las trincheras, en las peleas, cara a cara: eso es lo único que importa».

Lance Armstrong (Foto: Cordon Press)
Lance Armstrong (Foto: Cordon Press)

Dentro de los ya tópicos y lugares comunes sobre este corredor, también volvió a sacar pecho de su resiliencia. Diagnosticado de cáncer con solo 25 años, asegura que jamás se le pasó por la cabeza tirar la toalla: «Estaba equipado para no rendirme. Así que no me rendí cuando me diagnosticaron, luché por mi vida y la recuperé. Luego luché por ganar el Tour y también lo conseguí». Esa mentalidad, sostiene, le permitió sobreponerse no solo a la enfermedad, sino también a la caída en desgracia tras el dopaje. «Hubo un periodo largo, de cinco años más o menos, en el que tuve que ser paciente, observar y reinventarme. Pero estaba preparado para resistir. No iba a quedarme en la tumba», dice ahora permitiéndose cierto tono desafiante.

Algo más interesante es cuando comenta cómo son las caídas a las que se enfrentan los ciclistas. El ejemplo que puso era muy gráfico: «¿Quieres saber qué se siente al caerse en el Tour? Ponte la ropa de ciclismo, pídele a tu mujer o a tu marido que conduzca a 30 millas por hora y tírate del coche. Eso es lo que se siente». Armstrong reconoce que tuvo suerte, pues nunca padeció lesiones gravísimas, aunque sí sufrió numerosas caídas: «Me pasó muchas veces, y a todos. Es parte del oficio: raspones, clavículas rotas, huesos partidos. Nadie quiere vivirlo, pero ocurre todo el tiempo».

La parte del dinero, de la que siempre presume, también es conocida, pero en esta ocasión la comenta desde la perspectiva del doping. El problema, revela sin vergüenza ninguna, le costó mucho dinero. Habla de «decenas y decenas de millones», más de 100 millones de dólares si se suman las devoluciones a aseguradoras y los contratos perdidos. «Fue una muerte por mil cortes», recuerda, aunque matiza que no fue un golpe único de un día para otro, lo que le permitió recomponerse económicamente.

Lance Armstrong (Foto: Cordon Press)
Lance Armstrong (Foto: Cordon Press)

La clave fue una inversión temprana como socio limitado en el fondo Lowercase, que entró en Uber cuando todavía era una startup. «Por la gracia de Dios tuve acceso a eso. Y cambió todo. Salvó a mi familia», admite. A partir de ahí, fue diversificando: Waterloo, Athletic Brewing, Honey Stinger… y más tarde con Next Ventures, su fondo de capital riesgo. Allí invierte junto a su socia en proyectos de salud y bienestar, desde el anillo inteligente Oura hasta el diagnóstico rápido de Vital Bio o la optimización corporal de Eternal.

Como experto inversor en todo tipo de productos, comenta con escepticismo las novedades en el mundo del deporte, especialmente el biohacking y los gadgets de salud. Dice que no le interesan las rutinas extremas ni vivir enganchado a un monitor: «No hay escenario en el que llevaría un medidor de glucosa todo el año. Pero sí lo haría tres semanas, dos veces al año, para aprender y refrescar hábitos».

Para Armstrong, la clave sigue siendo lo básico: estilo de vida, alimentación y, sobre todo, dormir bien. «He sido bendecido toda mi vida con un gran sueño: puedo acostarme aquí mismo y dormirme en segundos», presume. Con ese enfoque minimalista, ironiza sobre los suplementos y terapias de moda: «Puedes tomarte 170 pastillas al día, pero si no te mueves y no entrenas, no te van a servir de nada».

Porque, como ha recordado muchas veces, lo suyo se debería a una genética privilegiada: Antes de convertirse en ciclista, Armstrong fue un nadador competitivo y después un triatleta precoz: a los 15 años ya corría como profesional contra hombres de treinta. «Podía salir del agua con los líderes, bajarme de la bici con los líderes… y luego me corrían por encima en la carrera a pie». Esa experiencia le hizo ver rápido dónde estaba su auténtica fortaleza. «Me gustaba más la bici y además era mejor en ella. No hubo mucha duda», explica.

Lance Armstrong (Foto: Cordon Press)
Lance Armstrong (Foto: Cordon Press)

Su genética parecía avalar esa elección. De adolescente, en la prestigiosa Cooper Clinic de Dallas, le midieron un VO₂ máx altísimo, un dato que se cita en torno a 86. Armstrong, sin embargo, resta importancia a la cifra: «Han pasado 40 años, no me acuerdo del número exacto, pero era muy alto. De todos modos, el VO₂ es solo una variable más, no lo es todo».

No obstante, luego opina que más que de fuerza física o resistencia, le Tour es para grandes estrategas. Define la carrera francesa como un infierno controlado durante tres semanas, más de 2.000 millas y apenas dos días de descanso. «Son 200 tipos queriendo estar en el mismo sitio al mismo tiempo», resume. A ello se suman las caídas, los problemas mecánicos y las carreteras estrechas. Armstrong lo compara con una mezcla de NASCAR y ajedrez, con una carga política constante: «Cuando tienes nueve corredores intentando controlar a 200, necesitas aliados. El que es tu amigo en la etapa dos puede ser tu enemigo en la ocho».

Finalmente, ha revelado que ahora vive con una pachorra tremenda. su vida actual transcurre a otro ritmo. Se levanta temprano, alrededor de las 5:30, y disfruta de un par de horas en soledad: «Tomo café, leo noticias, newsletters… es mi garantía de estar solo». Después llega el entrenamiento, siempre en la mañana porque por la tarde la motivación se desploma. El resto del día lo dedica a sus negocios en Next Ventures o a grabar su pódcast.

Esa preferencia por la soledad se ha convertido en una necesidad: «Paso mucho tiempo rodeado de gente, así que busco momentos para estar a solas y resetearme. Incluso me encanta hacer viajes largos en coche completamente solo». Una interrupción de la entrevista por parte de su hija, que permite de forma un tanto exhibicionista, dan prueba de estas, sus últimas palabras.

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  1. Pingback: Lance Armstrong reflexiona sobre el dopaje, su carrera y su recuperación económica - Hemeroteca KillBait

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