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Gilbert Arenas: ícaro sobrevolando el parqué

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Gilbert Arenas (Foto: Cordon Press)
Gilbert Arenas (Foto: Cordon Press)

La vida de Gilbert Arenas puede tener mil adjetivos y cualquiera menos corriente valdría para calificarla. En ella ha habido sucesos extraordinarios, notables excesos y una total falta de ortodoxia. Se podría decir que lo más normal en ella fue su extraordinaria calidad como jugador de baloncesto.

Era una tarde como cualquier otra. Nada parecía distinto: el pequeño Gilbert jugaba en los columpios del parque de Sherman Oaks mientras su padre lo vigilaba en la distancia. Así había sido desde que recibió una llamada para que se hiciera cargo de él. El niño apenas tenía dos años y sólo unos meses de convivencia con su padre, después de que la relación con su madre se deteriorase y se separasen. Ella quiso criarlo junto a su familia e intentó cuidarlo como lo haría cualquier madre, pero su propia inestabilidad la llevó a desistir. Fue entonces cuando, tras una llamada de auxilio, el bebé quedó bajo la custodia paterna. Sin un recuerdo físico de su madre, para Gilbert su padre era todo su mundo. Lo eran todo el uno para el otro, por más que el carácter extrovertido y la hiperactividad del hijo contrastaran con la balsa de aceite que resultaba ser su padre.

En el desamparo emocional y con una pequeña gran responsabilidad en sus brazos, Gilbert Arenas sénior supo que sólo podía ser más fuerte que la cruda realidad. Abandonó Tampa, donde su abuelo (un emigrante cubano) trató de hacer fortuna, para buscar la suya propia cambiando de costa. Preparó un par de maletas y las metió en su Mazda RX-7 rumbo a Los Ángeles. En la ciudad de los sueños quería emprender el suyo de ser actor, el problema es que su anclaje a la realidad era un niño de seis años con necesidades primarias y, tras algunas decepciones, padre e hijo se vieron en el desamparo de estar solos en la calle.

Durante las primeras noches, el coche, convertido en improvisado hogar, se estacionaba en algún parque o escondido detrás de una tienda Thrifty, donde las sombras de la noche lo volvían invisible a los ojos ajenos. Para burlar la curiosidad malintencionada, el vehículo era tapado por cubos de basura y cartones, un camuflaje de andar por casa que ocultaba la frágil estampa de un padre y su hijo durmiendo en tan precarias condiciones. Un trampantojo destinado tanto a mantener alejados a los extraños como a suavizar la realidad en la mirada de padre e hijo. Por fortuna, la infancia guarda en sí misma una especie de alegría innata y Gilbert tenía interiorizada la felicidad. Era un niño muy risueño que aprovechaba la luz del día para jugar en el parque con esa extraña sensación de libertad no impuesta.

Durante aquellos días, su padre interpretó el mejor papel de su vida: hacerle creer a Gilbert que la vida era una comedia, aun cuando ambos habitaban en una situación dramática. Convirtieron las calles en un improvisado escenario de piadosos engaños, un patio de recreo donde reinterpretar la felicidad. Ambos disfrazaron de juegos la realidad y, si el padre entretenía al hijo con juegos infinitos, éste le regalaba sonrisas que alimentaban un alma lacerada por desengaños emocionales y laborales. Pero nada de eso tenía importancia. Para Gilbert, su padre era un héroe: aquel con quien jugar siempre que el cansancio daba una tregua, el vigilante de la noche y el guardián que lo protegía mientras jugaba en el parque. Ese mismo en el que había encontrado una señora mayor con la que conversar.

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Gilbert Arenas (Foto: Cordon Press)

Por un instante, la mujer y su padre cruzaron miradas sobre él, como si compartieran un secreto. Él respondió con su habitual sonrisa sin darle mayor importancia, pero al volver del parque quiso saber más y preguntó a su padre quién era la mujer con la que había hablado. «Un ángel», contestó él con la serenidad de quien dice una verdad imposible.

DE LA POBREZA A LA RIQUEZA

Aquel ángel al que nunca volvió a ver, del que jamás volvió a tener noticias cambió la vida de padre e hijo con un gesto altruista nada frecuente. Interesada por la realidad de aquella anómala familia, la mujer supo de los apuros económicos del padre y de la precariedad habitacional que sufría. Conmovida por la carencia de un hogar donde refugiarse, anotó el teléfono del propietario del apartamento que quería Arenas y, tras comprobar la veracidad de los hechos escuchados en el parque, hizo una transferencia de 1.200 dólares para que la familia Arenas pudiera tener la tan ansiada estabilidad que les permitiera comenzar una nueva vida.

Gilbert sénior nunca triunfó en el mundo del espectáculo, pero la concatenación de trabajos le llevó a ser guardaespaldas de Mike Tyson, Chuck Norris o Jean-Claude Van Damme. Fue lo más cerca de estar de Hollywood, aunque sirvió para que no le faltara de nada a su hijo. «Mis compañeros me solían llamar el rico más patético que jamás habían visto. Fui muy afortunado porque de niño no necesitaba nada: tuve todas las Jordan que necesité, la camiseta que quise… por lo que, cuando llegué a la NBA no pensé: ‘no tenía esto cuando era niño, déjame que salga y derroche. No tuve esos momentos’», confesó en ThePivot Podcast… aunque la realidad demostró que sí tuvo momentos de rico caprichoso capaz de malgastar grandes cantidades de dinero en gastos superfluos.

Preservar el cariño de un hijo forma parte de la narrativa de un padre separado y un hijo consentido siempre es peligroso, por lo que el pequeño Arenas pronto comenzó a carecer de unos márgenes en los que encauzar su personalidad. Si de niño la sonrisa fue su escudo protector y capa con la que volar lejos de la realidad, de adolescente mostró una actitud burlona e histriónica. Quizá la ausencia de una figura mentora que le reprochase ciertas actitudes le hizo construir una personalidad sin los necesarios anclajes del sentido común.

El baloncesto era el reverso a este carácter y era sobre el parqué donde se veía la versión más seria y comprometida de Arenas. El juego le divertía, pero no creía ser lo suficientemente talentoso para vislumbrar un futuro en él. Jugaba con cierta inseguridad hasta que en su camino se cruzó Howard Levine, su entrenador en Grant High School. Él cambió esa autopercepción, confió en su talento y le hizo ver que, con esfuerzo, no sólo podría liderar al equipo a ganar títulos estatales, sino a conseguir una beca en una buena universidad que sirviera de antesala al profesionalismo.

Sólo con oír aquellas palabras, la cara de Gilbert Arenas cambió y redobló bríos. Levine provocó la chispa necesaria para que el baloncesto se convirtiese en una obsesión. Mientras el resto de los compañeros entrenaban tres veces a la semana, él pedía abrir el gimnasio para practicar los sábados y domingos. Nada era suficiente para colmar su apetito por el baloncesto e incluso participaba en partidos con adultos, algunos de los cuales habían jugado en ligas europeas. Frente a ellos no valía sus habilidades naturales y tenía que ser más rápido, más físico, más técnico… más listo. Durante aquellas pachangas implementó movimientos como el euro step que no se veían por entonces y que le ocasionaron algún que otro problema. «En su año junior y senior hacía cosas que los árbitros no entendían en esos días y le pitaban pasos… y yo les decía que no eran pasos», reconocía Levine en una entrevista para FuboSports.

Como una esponja, Arenas fue absorbiendo movimientos en partidos en Venice Beach o en Valley College, y su desarrollo le sirvió para dar el salto a la Universidad de Arizona donde encontró a otra figura clave en su carrera: Lute Olson. El veterano y respetado entrenador de los Wildcats (apodo con el que se conoce a los equipos deportivos de la universidad) había construido una leyenda sobre su estricta personalidad y eso podía confrontar de pleno con el bromista carácter de un chico en plena efervescencia hormonal. El choque de trenes parecía garantizado, pero sucedió lo contrario: Olson vio en Arenas a un niño en el cuerpo de un adulto con un talento innato para el baloncesto. «Si no fuera por Lute, probablemente no habría llegado a la NBA; probablemente habría sido echado de la universidad. Era joven, tenía 17 años y era realmente inmaduro. Era como si tuviera 12 y fuera a la universidad. Quería hacer todo lo que era posible: jugar a paintball, hacer sonar la alarma de incendios, montar en los coches de golf de la seguridad… Lute Olson no me castigó en la pista de baloncesto por mi inmadurez fuera de las canchas», confesó Arenas en el podcast TheDraymond Green Show.

Sediento de nuevas aventuras, el jugador aterrizó en la universidad desafiando a todos quienes le auguraban escaso recorrido y cambió de número en la camiseta: abandonó el 25 con el que jugaba en honor a Penny Hardaway por el 0, el número de minutos que muchos pronosticaban que iba jugar. Lejos de aquellos presagios, y bajo el amparo de Lute Olson, Arenas emergió como un jugador disruptivo. Tuvo un primer año de adaptación y un segundo de explosión que le sirvió para soñar con ser primera ronda en el draft de 2001.

La combinación de un ego creciente y las buenas palabras que escuchó durante los workouts previos al draft distorsionaron su realidad. Lo que debía ser una noche de alegría, se transformó en un momento de frustración y la primera penitencia que soportó por su verborrea chulesca frente a la prensa especializada. No bastó con ver a Richard Jefferson (un compañero de equipo con peores estadísticas y menor importancia en Arizona) ser elegido el número 13, sino que, poco a poco, salieron seleccionados jugadores que pensaba que eran peores que él y bases para él desconocidos, como Raül López (24) o Tony Parker (28) completaron la primera ronda.

Quizá la NBA lo castigó por su inmadurez dejándolo caer hasta el puesto 3 (Golden State Warriors), pero pronto el baloncesto le dio una oportunidad para redimirse. En un equipo joven y en progresión, la presencia del veterano base Mookie Blaylock era una incoherencia que duró 35 partidos. Su traspaso, la lesión de tobillo de Larry Hughes y el cambio de entrenador motivaron que Arenas pasara de la lista de lesionados a la titularidad. Del ostracismo a jugar 30 partidos de titular promediando 24,6 minutos por partido. Anotó 10,9 puntos (quinto anotador del equipo) y repartió 3,7 asistencias (sólo superado por Hughes). En su segundo año llegó la explosión: titular los 82 partidos promediando 18,3 puntos y 6,3 asistencias.

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Gilbert Arenas (Foto: Cordon Press)

Había derribado el muro invisible y en el verano de 2003, Gilbert Arenas era tras Lamar Odom el jugador más cotizado de la agencia libre y sobre la mesa tenía ofertas de media liga (al inicio de la temporada previa Denver ya le propuso firmar por 51 millones). Arenas tenía contrato de novato (apenas medio millón de dólares), quería más y entonces entró en escena Washington Wizards, una franquicia huérfana tras la retirada de Michael Jordan y que acumulaba seis años sin alcanzar la postemporada. Washington era poco menos que un solar deportivo y los Wizards entregaron las llaves del pabellón a Gilbert Arenas ofreciéndole el contrato máximo de la mano de Abe Pollin, el veterano propietario con el que el jugador congenió rápidamente. Aun así, para que la historia se cuente como tal, tuvo que entrar en juego el factor azar… y, una vez más, el carácter burlón del base.

Según ha contado en infinidad de entrevistas, él había reducido las opciones de fichaje a dos: Washington Wizards o Los Angeles Clippers. Su primera idea era viajar a Washington, pero sufrió unas migrañas como nunca había padecido, por lo que pidió una señal a Dios para saber si estaba tomando la decisión correcta y lanzó una moneda al aire 10 veces. Ocho de ellas cayeron del lado de los Clippers y pensó: «Vale… voy a ir en contra del destino». Retó al azar y su malestar, y decidió ir en dirección contraria a las señales que estaba recibiendo. Si aquello fue real o solo una broma más, nunca se sabrá con certeza. En cualquier caso, durante estos años ha matizado la historia asegurando que en los Clippers nunca hubiera sido el jugador que llegó a ser, ya que el equipo no tenía la atmósfera propicia para alcanzar el éxito.

TOCANDO EL SOL

A Washington llegó con la promesa de hacer olvidar la era Jordan y reconstruir al equipo, pero hizo eso y mucho más. En sus cuatro primeras temporadas fue AllStar y clasificó al equipo para playoffs en tres ocasiones. Estaba en su esplendor baloncestístico (en la temporada 2005/06 promedió 29,3 puntos y 6,1 asistencias) y rivalizaba con las principales estrellas de la liga por el título de MVP de la liga regular (en 2007 fue incluido en el segundo quinteto de la liga y fue el octavo jugador más votado para el premio MVP). Eran días de vino y rosas donde todos le querían: los fans compraban sus camisetas y su carismática personalidad hacía que las marcas rivalizaban por contar con su imagen. Protagonizó un anuncio de Adidas donde contaba su vida y la marca alemana le dio una línea de zapatillas, las Gil Zero, que estaban entre las más vendidas.

Los éxitos multiplicaron el número de personas que se le acercaron y, poco a poco, ese séquito fue anestesiando su sentido de la realidad. Sólo fue cuestión de tiempo que el personaje se separase de la persona y oscureciese el destello luminoso que su figura desprendía sobre la pista. Fue difícil enfrentarse al ejército de desconocidos, pero más aún discernir entre el abrazo desinteresado y aquel que escudriñaba el alma y la cartera para su propio interés. Tampoco ayudó Arenas con sus propios actos. Pensaba que todo era un juego de niños, sin saber que sus acciones tenían consecuencias de adulto. Fue arrestado por la policía de Miami por resistencia a la autoridad, jugó a póker online en algunos descansos de partidos y llegó a pagar 80.000 dólares anuales en el mantenimiento de un acuario con tiburones en casa. El triunfo y la fama le drogaron con falsas promesas de eternidad y él perdió el sentido de la realidad.

Mientras tanto, las exhibiciones se fueron sucediendo sobre el parqué. Fueron años de bonanza en los que se fue forjando a su alrededor una aureola de clutchplayer (el sitio web betmgm.com publicó una estadística que situaba a Arenas como el sexto jugador con más canastas ganadoras (5) de la historia de la NBA). El clímax de Agent Zero llegó el 17 de diciembre de 2006, en un partido contra Los Angeles Lakers. Frente a su ídolo Kobe Bryant y con la atenta mirada del entrenador Levine (al que siempre invitaba cuando jugaba en Los Angeles) alcanzó su tope anotador: 60 puntos. Fue un partido catedralicio, con dos jugadores superlativos batiéndose en duelo anotador. Arenas, ansioso de demostrar su valía, encontró el mejor escenario y el rival ideal para entrar en la historia. Batió la mejor marca anotadora de un jugador de los Wizards en un partido NBA (Earl Monroe anotó 56 puntos en 1968) y fue el primer jugador en anotar 60 puntos a los Lakers desde que Wilt Chamberlain lo hiciera en 1966. Precisamente, ellos dos son los únicos en sumar 60 o más puntos contra el equipo angelino.

Sin embargo, entre tantos destellos también comenzaron a configurarse sombras y el portentoso desarrollo individual de Arenas encontró un lunar en playoffs. Es cierto que en 2005 rompió una racha de 23 años sin que Washington superase una primera ronda, pero la incapacidad de llevar más lejos al equipo creó la percepción de ser un proyecto agotado. Como si fuera una sucesión de fichas de dominó cayéndose para componer una figura, a las dudas colectivas le siguió la creciente preocupación por su físico. En abril de 2007, un choque con Gerald Wallace le provocó una grave lesión en el menisco de la rodilla izquierda. Por entonces, ni él ni nadie lo sabía, pero aquel golpe fue como si colisionase con el destino, que comenzaba a pasarle factura por todas sus ofensas del pasado. No volvió a jugar esa temporada y el equipo cayó en primera ronda de playoffspor tercer año consecutivo. En la siguiente campaña apenas disputó 13 partidos antes de volver a ser operado del menisco. Si la primera vez dolió, esta vez el dolor fue mayor porque sabía lo que le esperaba y el recorrido que debía volver a transitar. Curiosamente, en pleno descenso deportivo, llegó lo que muchos consideran el peor contrato de la historia de la NBA. Su afinidad con Abe Pollin pesó más que las dos operaciones de rodilla que había sufrido y Arenas renovó por seis años a cambio de 111 millones de dólares… aunque sólo disputó 132 partidos. Terminó de cobrar la totalidad del contrato en 2016, pese a que su último partido fue en 2012. Visto en perspectiva, está claro lo ruinoso del negocio, pero pudo ser peor ya que podría haber firmado por 127 millones. Sin embargo, como él mismo declaró a The Washington Post: «¿Qué puedo hacer por mi familia con 127 millones, que no pueda hacer con 111 millones?»

Con su megacontrato recién estrenado, la temporada 2008-09 fue decepcionante y sólo participó en dos encuentros. El siguiente curso parecía anunciar el retorno de la estrella que fue y, hasta el 5 de enero de 2010, Arenas jugó los 32 partidos de liga regular que disputó su equipo promediando 22,6 puntos y 7,2 asistencias. Todo volvía a tener sentido y, sin embargo, en aquellas navidades todo cambió de forma abrupta y definitiva.

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Gilbert Arenas (Foto: Cordon Press)

MAL DE ALTURAS

El vuelo que el 19 de diciembre de 2009 llevaba a casa a los Washington Wizards debía ser tranquilo. Los aviones siempre lo son, pero más aún si el equipo atraviesa una racha de una victoria en los últimos ocho partidos. Como era habitual, mientras los entrenadores repasaban partidos y algunos jugadores dormían, otros se reunían en pequeños grupos para hablar o jugar a las cartas.

En uno de ellos estaban el jugador de segundo año, JaVale McGee, el lesionado Javaris Crittenton, y el veterano Earl Boykins. A priori, se trataba de un grupo tranquilo, pero súbitamente la partida dejó de ser relajada y la conversación se tornó áspera. Crittenton estaba reprochando a McGee que no pagara el dinero que le había prestado Boykins para mantenerse apostando. No era una gran suma, era algo casi insignificante teniendo en cuenta que los jugadores solían apostar cheques con cinco cifras, pero McGee quería estirar su buen momento y pagarle tras el aterrizaje.

Las voces de uno y otro despertaron a Gilbert Arenas, sorprendido de ver cómo Crittenton, quien no llevaba ni un año en el equipo, se entrometía en un asunto entre dos compañeros. El base se sentía el líder del grupo y así se lo hizo saber, recordándole que él mismo le debía dinero por apuestas que todavía no había pagado. De repente, el foco de la discusión se trasladó a la pareja de bases.

Ver que Crittenton entraba al juego de la provocación alimentó el tono provocativo de Arenas, que definitivamente había despertado de su letargo. «Yo no soy como los tipos a los que vacilas», le espetó Crittenton. Él lo admiraba y a su llegada había sentido el cariño y la proximidad del jugador que ahora lo estaba provocando. No era la primera vez porque de sobras eran conocidas las payasadas de Gilbert Arenas en el vestuario de los Wizards. Hacía tonterías buscando la química oportuna; lo había hecho en el instituto y en la universidad, pero a veces olvidaba de que en la NBA había más dinero, más egos y menos paciencia para tener que soportarlo constantemente.

Siempre jugando en el alambre entre la broma y la ofensa, el vestuario sabía que la clave era evitar caer en la provocación y esperar que Arenas se aburriese y cambiara de objetivo. Sin embargo, en un avión no había escapatoria y las voces alertaron a toda la tripulación, provocando que Arenas no pudiera dar un paso atrás. «Cuando vaya al estadio rociaré de gasolina tu coche y lo quemaré contigo dentro», contestó.

La incontinencia verbal subió de tono, pero lo dicho era tan surrealista que casi nadie se lo tomó en serio. Sí lo hizo Crittenton, un jugador para el que no había amenaza pequeña. Se había criado en un barrio complicado de Atlanta y por eso no dudó en contraatacar respondiendo que le dispararía en la rodilla. Aquello hirió el orgullo de un Gilbert Arenas que empezaba a sufrir una marcada debilidad en esa parte del cuerpo por mor de las lesiones. «Quiero ver cómo lo haces. Te traeré el arma», replicó.

Pasados unos segundos la discusión comenzó a disiparse y todo parecía que acabaría ahí. El ego de Gilbert Arenas había quedado intacto y verlo caminar por el aeropuerto cantando Wanna Be Startin’ Somethin (Quiero empezar algo) de Michael Jackson fue una señal de que todo aquello había sido una broma más y, sin duda, lo que debía haber sido el punto final de la historia.

DE LA POPULARIDAD A LA OSCURIDAD

Todo lo ocurrido entre el 19 y el 21 de diciembre de 2009 fue una sucesión de catastróficas decisiones impulsadas por el ego y contestadas por el miedo. El incidente del avión marcó a Gilbert Arenas, cuyo histrionismo colisionó con el orgullo de Crittenton. Pudo dejar correr el incidente y aprovechar el día de descanso que tenía el equipo para pasar página, pero él siempre se definió como alguien que nunca recula. Decidió seguir el juego y elevó la apuesta llevando al vestuario dos de las más de 400 armas que coleccionaba. No podía permitir que lo retara un jugador más joven y que el vestuario viera en él una debilidad. La duda de cómo responder a lo que él sentía como un agravio le persiguió las horas posteriores.

Aficionado al coleccionismo de armas desde que conoció al padre de una novia en la universidad, Arenas había aumentado su arsenal gracias a la facilidad con la que se pueden comprar armas en Arizona. Quiso dar otra vuelta de tuerca a la situación, eligió una Desert Eagle y una Smith&Wesson 500, y se marchó al pabellón a primera hora. En el vestuario, el lugar que durante años convirtió en patio de recreo con bromas que rozaban el mal gusto, dejó las armas en la silla de Javaris Crittentony una nota donde se leía: «Elige una». El desafío estaba lanzado, pero en su interior siempre visualizó un desenlace sin respuesta y con él recuperando su trono de macho alfa. Nunca se imaginó que, al verlas, Crittenton tiraría las armas al suelo y sacaría su propia pistola.

«Oh, no. No necesito las tuyas, tengo la mía», respondió, según recoge la biografía de Caron Butler. La actitud pueril de uno y la inestabilidad emocional de otro llevaron la discusión a una situación límite. Las risas cesaron por completo en el vestuario y algunos de los presentes se marcharon porque nadie sabía dónde podía acabar la disputa. Entre los que mantuvieron la calma estuvo Caron Butler, criado entre violencia y para el que no era la primera vez que veía gente empuñando armas. El escolta habló con Crittenton y lo persuadió de que no tenía sentido perderlo todo por una mala decisión. El silencio cubrió la escena y el momento se hizo eterno.

Sólo Crittenton sabe qué pasó por su cabeza, pero, persona muy creyente, encontró la pausa y la serenidad necesarias para volver a la calma. Arenas, durante ese lapso, asumió que el juego había ido demasiado lejos y ambos firmaron el armisticio prometiendo que nada de lo ocurrido saldría de aquellas cuatro paredes. A nadie le interesaba devaluar a la franquicia, manchar el nombre del equipo ni comprometer la carrera de dos jugadores. Sin embargo, en la NBA ningún secreto dura demasiado, hay tantos intereses que el fuego amigo calienta las noticias del día a día y el incidente llegó a las manos del periodista Peter Vecsey. Como si de una burla del destino se tratase, la franquicia que cambió su nombre de Bullets a Wizards para desvincularse de la violencia acabó envuelta en un altercado con pistolas.

Tras comprobarse la veracidad de los hechos, ambos jugadores fueron declarados culpables por la justicia y sancionados por la NBA. Arenas entendió la sanción del equipo (Abe Pollin había fallecido, nadie le podía proteger y, con su conducta, había abierto las puertas para que actuase la franquicia), pero no asumió ni el castigo de la liga, ni el juicio moral de la sociedad. «Tú puedes hacer 100 cosas bien, cometes un fallo y borras todo tu legado. Todo mi legado fue eliminado por una mala decisión, por una mala sentencia. Eso es lo que no me sentó bien», explicó a Draymond Green en su podcast.

Arenas analizó la jurisprudencia creada en casos previos y dio por hecho que un incidente con armas en la NBA podía acarrear entre tres y siete partidos de sanción. Sin embargo, la liga decidió suspender a ambos jugadores por el resto de la liga (50 partidos). Seguramente, en la condena también pesó el hecho de que el jugador comprara armas en Arizona y las llevara en el avión privado del equipo sin declararlas durante años. La NBA quiso castigar su comportamiento díscolo sin prever que ese veredicto sería, al mismo tiempo, su condena social y epitafio profesional.

La consecuencia del incidente fue más grave para Javaris Crittenton, quien, carente de respaldo deportivo, dejó de tener oportunidades en la NBA y acabó en prisión tras asesinar a Julia Jones en 2015. La mujer fue víctima de la más cruel desgracia, un daño colateral producido cuando Crittenton quiso saldar cuentas con un ladrón que días previos le había robado en Atlanta. Por el asesinato, fue condenado a 23 años, aunque salió en libertad en 2023.

Sin llegar al extremo vivido por su compañero, Gilbert Arenas también sufrió la repercusión deportiva y social que el incidente generó. En él nunca hubo posterior justificación y todos sus alegatos dejan entrever que fue una broma descontextualizada, llevada demasiado lejos. Lo que sí le duele es el efecto que las bromas tuvieron en Crittenton y cómo aquella discusión pesó en su carrera. «Él no se lo merecía. ¿Yo me lo merecía?, sí», reconoció en el documental de Netflix ShootingStar. «Creo que las decisiones que tomamos ese día arruinaron su vida», añadió. El éxito lo abrasó y el séquito que lo rodeaba con vacuas adulaciones desapareció. Su huella fue borrada de la franquicia y las marcas comerciales le dieron la espalda. Tocó reemprender el camino en silencio y, cuando regresó, quiso que todo fuera distinto. No quería que quedara rastro alguno de la persona que cometió el error y cambió el dorsal 0 por el 9. «No quiero el legado de Zero, que esa camiseta lo lleve», dijo en una entrevista a Real Ones.

Su regreso al inicio de la temporada 2010/11 fue esperanzador y tuvo dos partidos de 30 o más puntos. Sin embargo, al igual que él llegó para hacer olvidar la Era Jordan, por entonces había comenzado la Era Wallen Washington. Los Wizards habían seleccionado con el número uno a John Wall para liderar la reconstrucción y no tenía sentido mantener a Arenas en el equipo. La franquicia consiguió mandar al jugador y su contrato a Orlando. Arenas volvía a su Florida natal, aunque apenas unos meses después pasó a Memphis Grizzlies, con quien jugó su último partido en la NBA el 13 de mayo de 2012. Durante el siguiente verano tuvo la oportunidad de entrenar en Los Ángeles con Lakers y Clippers, pero los primeros quisieron mandarlo a la D-League de inicio para testar su salud y jugar en los segundos no le auguraba muchos minutos teniendo en cuenta que en el exterior ya contaban con J.J. Redick, Jamal Crawford y Chris Paul. Disfrutó de una exótica experiencia en los ShanghaiSharks, e incluso la puerta de la NBA estuvo a punto de volver a abrirse cuando su amigo, DeMarcus Cousins, le consiguió una entrevista con Sacramento Kings. Sin embargo, durante un partido de la Drew League (liga no profesional que se disputa en verano) volvió a caer lesionado. El menisco de la rodilla, quién sino, dictó sentencia.

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Gilbert Arenas (Foto: Cordon Press)

RECUPERAR EL RUMBO

Como la lluvia borra las huellas del caminante, el silencio difuminó el ruido que rodeó al personaje y recuperó a la persona tras su retirada. Y no fue algo sencillo. Nunca lo es cuando a una estrella del deporte se le apaga el foco mediático. Ahí, en la oscuridad del silencio y la soledad de lo artificial, no pocos deportistas se han hundido. Por suerte, y quizá por ese carácter extrovertido que a veces le trajo problemas, Arenas encontró la luz haciendo lo que mejor sabe hacer: hablar y dar espectáculo.

Fue de los primeros jugadores NBA en tener un blog y en explotar el mundo del podcast y YouTube con su productora. Hoy es un habitual en los medios de comunicación y toda una generación de jóvenes (y no tan jóvenes) lo sigue sin importar lo que sucedió hace más de una década. Del jugador que un día fue sólo queda la parte dulce, la amargura se guarda en las hemerotecas. Ha seguido el camino de la provocación de otros jugadores que se pasaron a los medios de comunicación como Charles Barkley o Shaquille O’Neal y, de vez en cuando, patina con sus declaraciones. Sin embargo, esta nueva vida pública no está exenta de riesgos puesto que, actualmente, Arenas enfrenta una acusación federal por organizar partidas ilegales de póker de alto riesgo en su mansión de California. Pasarán meses hasta conocer cómo se resuelve el asunto, pero está claro que su carácter sigue empeñado en poner en jaque todo lo bueno que construyó sobre las pistas.

En lo personal, ha intentado reconducir su vida a partir de sus errores. Quiere extraer lo mejor que le enseñó los años de penuria junto a su padre y lo peor que los excesos le llevaron a cometer durante su primer matrimonio. «Da miedo, pero, como padre, lo que puedo hacer ahora es asimilar todo lo que pasó y decir: ‘Caí en ese pozo, hice todo aquello y aprendí para que vosotros seáis mejores’», se sinceraba en el documental ShootingStars. Esa sabiduría intenta aplicarla con sus hijos, en especial con Alijah Arenas, una promesa del baloncesto que juega en la University of Southern California que honra el legado deportivo de su padre luciendo el número 0 en la camiseta.

Hay jugadores que encarnan la contradicción como si fuera parte de su ADN y Gilbert Arenas es uno de ellos. Capaz de brillar con luz propia y, al mismo tiempo, de proyectar sombras que lo persiguen fuera de la cancha. En un mundo tan artificial como el deporte profesional, muchos lo hacen y mudan de piel como cambian de camisa. A veces son dioses idolatrados por legiones de seguidores; otras, se transforman en figuras oscuras con actitudes y discursos que encienden a quienes antes les vitoreaban. Tan superfluo y relativo resulta el mundo de la NBA que estos extremos pueden cohabitar y hacer que una misma persona encarne a la vez el rol de ángel y demonio. Gilbert Arenas vivió esta realidad, algunas veces por méritos propios, y otras porque la prensa le etiquetó según sus intereses. Al final, sólo él sabe qué parte de la persona queda tras el personaje que creó…

Un comentario

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