
El regreso de Xabi Alonso a LaLiga no es la primera vez que se produce. Ya ocurrió lo mismo en 2009, cuando salió del Liverpool para reforzar al Real Madrid de Pellegrini. En aquel centro del campo, el proyecto de Gago no había funcionado, tampoco Guti había asumido los galones de la medular pasados los treinta años, y resolver el problema de ese puesto era urgente. El Madrid se enfrentaba a una situación parecida a la actual. Por delante, había tres estrellas, Cristiano Ronaldo, Kaká e Higuaín, que solo vivían mirando al portero rival.
En su primer año, cumplió. Se colocó delante de la defensa e hizo pasar por él toda la salida del balón. Alcanzó unos números de efectividad de pases excelentes que se registraban en las apuestas a la liga, pero su labor más importante fue la invisible. Cubría las subidas de los laterales y los huecos en los frecuentes desmanes ofensivos del Madrid. Se podrán contar los goles de Cristiano Ronaldo tirando confeti, pero la mitad no habrían sido posibles sin alguien que pusiera criterio en el juego de un equipo necesariamente tan descompensado.
Cuando Luka Modric se situó a su lado, ambos llevaron al equipo a Lisboa, donde comenzó un romance con la Champions League que hizo historia. Sin embargo, el jugador, castigado por las lesiones en el inicio de esa temporada, cedió su puesto a Toni Kroos y fichó por el Bayern de Múnich. Solo disfrutó del inicio de esa era dorada, pero esta no se puede entender sin los cimientos que sentó Mourinho. La liga y la copa que consiguió Alonso a las órdenes del portugués tuvieron un mérito especial, no fueron como cualquier otra, se lograron desafiando al que para muchos ha sido el mejor equipo de todos los tiempos, que contaba con el mejor jugador de la historia: Messi.
En cuanto a su fichaje, ya había jugado en el extranjero, no necesitaba una aventura lejos de casa para probar la experiencia. Y ya tenía 33 años, estaba claro que ese iba a ser su último gran fichaje. Hubo algo más y ese plus fue Pep Guardiola. El ex centrocampista del Barça y la selección española, que había firmado las páginas más brillantes de la historia de los azulgranas tan solo unos años antes, era un admirador confeso de Alonso. Veía en él un cerebro como el suyo, capaz de controlar todo el juego táctico del equipo, con suficiente autoridad sobre el césped para que ningún compañero dé un solo pase al azar.
Desde el inicio de su carrera, Alonso escuchó en el vestuario de la Real Sociedad las charlas de Clemente, un motivador nato y especialista del fútbol más pragmático imaginable. También de Toshack, cortado por el mismo patrón que el vasco. En Liverpool aprendió del orden y la disciplina de Rafa Benítez, fueron cinco años con un técnico que mantenía bajo control absolutamente todos los aspectos del juego. Ya en Madrid, con Mourinho estuvo en contacto con una filosofía de juego basada en el compromiso total y una intensidad absoluta. En el año en el que levantó la orejona, pudo empaparse de la gestión de estrellas de Ancelotti, entrenador con una mano izquierda prodigiosa para conducir vestuarios complejos y de élite.
Con ese bagaje, solo le faltaba una lección más para completar el cuadro del fútbol de su tiempo. Tenía que empaparse del fútbol de combinación de La Masía, un sistema que nadie ha entendido mejor que Pep Guardiola. En la selección, a las órdenes de Luis Aragonés, ya había jugado con estrategias basadas en posesiones abrumadoras y tenía entre sus compañeros a jugadores que han firmado las páginas más brillantes en la historia del Barça, pero eso no se podía comparar a ser el encargado de dar las órdenes sobre el campo y más cuando ese entrenador era Guardiola.
La síntesis de escuelas tan diferentes de fútbol ya se pudo ver cuando Xabi entrenó a la Real Sociedad B, en la que fabricó a un extraordinario futbolista, Zubimendi. El equipo practicaba una presión agresiva y asfixiante cuando no tenía la posesión, pero al mismo tiempo no daba toques hasta la hilaridad, sino que era mucho más vertical que los equipos de la Masía. Lograron ascender a Segunda División, algo que no había sucedido en sesenta años de historia.
También hizo historia en Alemania, con el Bayer Leverkusen, que consiguió ganar la liga por primera vez desde su fundación en 1904. Ahí se vieron las líneas compactas de Benítez, la lectura de las debilidades del rival de Mourinho, el liderazgo sin histrionismo de Ancelotti y, sobre todo, la creación de espacios de Guardiola. Todo con su toque personal: equipos vivos, que imprimen diferentes ritmos a los encuentros, como películas con presentación, nudo y desenlace, y que presentan varias caras y esquemas en un solo partido sin ser necesariamente distintos.
Ahora, tras las primeras trazas que mostró el Real Madrid en el Mundialito, Alonso se encuentra ante el reto de reconstruir un equipo que, en la temporada anterior, estuvo demasiado desequilibrado. No solo por la ausencia de compromiso defensivo que tanto se ha denunciado desde los medios especializados, sino por la tendencia obsesiva a basar todo el fútbol de ataque en Vinicius, que dio demasiados síntomas de sobresaturación.
Si bien la mayor incógnita es si logrará que el brasileño sea compatible con Mbappe, o que surja la química entre ambos, en el resto de líneas tiene faenas incluso mayores. Un equipo que gozó de una flexibilidad insólita con Ancelotti, ¿logrará pasar a un esquema posicional?
No obstante, en cuanto al estilo o la imagen que dé el equipo sobre el césped poco se le va a exigir. En el Real Madrid solo cuentan los resultados, en concreto, los que dan títulos, y se ha ganado la Champions en muchas ocasiones sin ser el equipo más dominador del torneo. En este punto, el Madrid de los últimos años ha mostrado una mandíbula de cristal ante sus grandes rivales. Cuando le ha tocado caer contra Manchester City, Barça, Arsenal o PSG, no ha sido con el cuchillo entre los dientes, sino en partidos en los que ha sido aplastado e incluso toreado.
Pero esta sensación tampoco es nueva. Es la misma que había en Chamartín cuando llegó como centrocampista y se hizo con el mando en plaza. El único deber que tenemos con la historia es reescribirla, decía Oscar Wilde.


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