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El placer de esquiar en los Alpes franceses

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La nieve en Val d’Isère parecía perfecta aquel día de 1989. Un escenario blanco e imponente, una pista que exigía más de lo que muchos podían dar y, al fondo, la silueta inconfundible de Alberto Tomba, el esquiador que nunca aceptó límites. A más de 100 km/h, con su estilo agresivo, desafiando cada curva como si la montaña fuera solo un obstáculo en su camino a la victoria, todo parecía seguir el guion habitual. Hasta que no lo hizo. Un error mínimo, un desequilibrio, y el impacto fue brutal. La caída fue de las que hacen contener la respiración al público y dejan helados a los comentaristas.

Cuando los médicos llegaron, Tomba estaba inmóvil en la nieve, el dolor evidente, la incertidumbre total. Fractura en el cuello. Temporada acabada. O al menos, eso dijeron. Pero Tomba no era de los que aceptaban finales escritos por otros. Apenas unos meses después, cuando muchos aún hablaban de su accidente en tiempo pasado, él ya estaba de vuelta en la montaña. Su regreso no fue discreto ni pausado. Era Tomba, después de todo. Y así, con la misma fiereza que lo había hecho temible en las pistas, volvió a ganar, a dominar, a demostrar que el esquí no era solo velocidad o técnica, sino carácter. Val d’Isère lo vio caer, pero también fue testigo de su regreso, porque en los Alpes franceses, la historia del esquí no se escribe sin drama ni sin héroes.

Antes de que la aristocracia británica pusiera sus ojos en estas montañas, antes de que la nieve se convirtiera en un negocio y Tomba descendiera a toda velocidad, los habitantes de Saboya y el Delfinado no esquiaban por placer o competición. No había elegancia en aquellos descensos: se deslizaban sobre tablas toscas, con la única intención de no hundirse, de cruzar la nieve sin desaparecer en ella. Pero a finales del siglo XIX, cuando los ingleses llegaron con su ansia de exotismo y deporte, todo cambió. Lo que alguna vez fue una necesidad brutal, un truco rudimentario para burlar el invierno, se convirtió en una fantasía. La montaña dejó de ser un enemigo y se volvió un espectáculo, una puesta en escena para quienes podían permitirse el lujo de desafiarla sin riesgo real. En Megève, los Rothschild decidieron que los Alpes franceses bien podían ser el patio de recreo de la aristocracia, una alternativa a la frialdad suiza, y así nació una estación donde el esquí era apenas un pretexto. Aquí, el verdadero deporte era la ostentación, el arte de deslizarse con gracia entre copas de champán y pieles caras, de demostrar que el frío es menos frío cuando se lleva bien abrigado el dinero.

Hoy, todo es más vasto, más veloz, más optimizado. En Les Trois Vallées, se esquía como se conduce una autopista infinita, kilómetros y kilómetros de descenso sin la menor repetición, una industria del placer controlado donde la velocidad es calculada al milímetro. En Chamonix, los fanáticos de la muerte anticipada se lanzan por la Vallée Blanche, 20 kilómetros de hielo donde cada giro es un pacto precario con la física, una demostración de que la montaña se deja domesticar hasta que decide lo contrario. Y en Val d’Isère, el fantasma de Jean-Claude Killy sigue presente en la agresividad de quienes bajan con su misma mezcla de precisión y arrogancia. El esquí ya no es cuestión de supervivencia. Ni siquiera de deporte. Es un pulso contra el abismo, una danza con la gravedad en la que, por pura fortuna, casi siempre gana el hombre.

Las mejores ofertas de esquí en Alpes Franceses permiten que esta experiencia, que alguna vez fue un privilegio de las élites, esté al alcance de quienes buscan algo más que un simple viaje de invierno. Hay algo en el esquí que es adictivo, algo que engancha incluso a aquellos que llegan a la montaña con miedo y se marchan con una nueva obsesión. No es solo la velocidad, ni la técnica, ni siquiera la belleza del paisaje. Es el hecho de que, durante unos segundos, el mundo se reduce a una pendiente, a una línea que se traza con el cuerpo y se borra con el siguiente descenso.

Para quienes no se conforman con una sola cumbre y quieren exprimir hasta el último descenso, las ofertas y destinos de esquí son el mapa del tesoro. En Esquiades.com ofrecen una variedad de posibilidades que van desde resorts de lujo hasta pequeñas estaciones con el encanto de lo auténtico. Ya sea en los imponentes dominios de Les Arcs y La Plagne o en los rincones menos concurridos de Serre Chevalier, hay una forma de esquiar para cada tipo de esquiador. Porque, al final, lo que importa no es el nombre de la estación ni la cantidad de pistas que tiene, sino ese instante en que la montaña y el esquiador se encuentran en un pacto silencioso de velocidad y equilibrio.

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