
Visión y determinación son virtudes que definen a los deportistas llamados a dejar huella. La fijación de unos objetivos muy marcados, que más que sueños o anhelos infantiles son la prueba de que ningún talento es espontáneo. Con 14 años, Anthony Edwards cogió un rotulador permanente y pintarrajeó las paredes de la habitación que compartía con su hermana Antoinette y su hermano Antoine. En aquel rincón del cuarto dejó dos sentencias que anunciaban sus siguientes pasos: «Futuro McDonald’s All-American» y «futuro jugador NBA».
Al verlo su abuela, en lugar de ser invadida por la ira se abrió paso la comprensión. En aquel momento, la vida del joven Ant’ atravesaba un capítulo particularmente difícil. Su madre y principal apoyo sufría de un cáncer de ovarios que avanzaba sin freno e iba consumiendo a marchas forzadas lo que le quedaba de vida. Su padre, Roger Caruth, hacía tiempo que había abandonado a su suerte al núcleo familiar, quedaron los tres hermanos y la convaleciente Yvette a cargo de la abuela materna, Shirley. De su progenitor recibiría únicamente unos genes privilegiados para el deporte y un sobrenombre, Ant-Man, como un preludio de lo que estaba por venir.
La historia de Anthony Edwards pudo, como muchas otras, no existir, no trascender, no pasar de un chico que apuntaba alto y se perdió por las circunstancias. Nativo de la durísima Oakland, en el breve lapso de ocho meses perdió primero a su madre y poco después a su abuela. Todavía con el shock encima de ver cómo su mundo se desvanecía ante sus ojos, aquel adolescente, como en visión túnel, le dijo entre dientes a su hermano mayor «voy a hacer que se sientan orgullosas».
A partir de ese momento, impulsado por la pérdida, Edwards emprendió un camino de constante ascenso hacia la más alta élite. «Superó las muertes y después empezó a destacar», recordaba su hermana en 2019. «Le pasó factura pero no consiguió romperle, le hizo más fuerte. Llevó su juego al siguiente nivel».
Su crecimiento comenzó dando forma a su juego de la mano de Justin Holland, quien se convertiría en adelante en su confidente y mano derecha. Un impulsor del juego de Edwards, que alimentaba su insaciable apetito de entrenamiento con salvajes sesiones de entrenamiento. Y cuando no estaba a su lado, esa fuerza desmedida tenía que ser gestionada por sus entrenadores del circuito AAU. Normalmente sin éxito.
No es que tratase de rellenar el vacío de la pérdida de su madre y abuela con el deporte como muchos otros, sino que encontraba una satisfacción genuina en todo aquel proceso de llevarse a sí mismo al límite.

«Llegó con mucho carisma», recordó años después Holland. «Siempre sonriendo, siempre haciendo sonreír a todos los demás. Eso fue lo primero que me llamó la atención».
El ascenso de Ant’ a nivel nacional le llevó incluso a anticipar su graduación un año con el riesgo que aquello suponía en un nivel donde el físico es el rey. Dio igual. Pasó de ser considerado uno de los 30 mejores de la class de 2020 al top 5 en la de 2019. La atención sobre aquel prospect era mayúscula. Kansas, Texas A&M, Duke, Kentucky… Pero sería Georgia, dirigida por el mismo técnico que a Dwyane Wade y Victor Oladipo, quien convenció finalmente a Edwards.
Cuando el talento da con un muro
Pocas veces suele haber consensos claros a la hora de determinar quién merece y ha de ser el número 1 del Draft de la NBA. En ocasiones hay nombres que se mantienen en lo alto por mera repetición, por miedo a cuestionar una certeza que no admite lugar a duda. En el caso de Anthony Edwards se trataba de un primer que despertaba no pocas dudas. La falta de consistencia defensiva, el hecho de no haber competido nunca por cosas importantes así como su perfil ofensivo invitaban a imaginar un escenario donde los Timberwolves optasen por otro nombre. Mientras muchos veían en aquel joven un mar de dudas, Gersson Rosas vio el potencial que aquel monstruo físico poseía.
«Eres el pick #1 por una razón», le dijo entre sonrisas y aplausos el ejecutivo de los Wolves a un emocionado Edwards en la noche del Draft. «Pero eso conlleva una responsabilidad. Tienes mucho trabajo por delante pero creemos firmemente en ti».
Un potencial en forma de talento que se golpeó con todas sus fuerzas contra un muro de realidad.
Los primeros pasos de Edwards en la NBA no vinieron precisamente a reforzar su condición de diamante en bruto. Más bien a cuestionar la decisión de Minnesota, primando a un jugador peligrosamente unidimensional en lugar de otros talentos como Haliburton, Ball o Maxey.
Mediada la primera campaña del joven, sus porcentajes de acierto de cara al aro se colocaban entre los peores de todos los tiempos entre los novatos. Su 38,5% de efectividad únicamente era superado por fatídicos nombres como Dajuan Wagner, Adam Morrison, Dion Waiters y Brandon Jennings. Las dudas iban en aumento y la disfuncionalidad de la franquicia de Minnesota no ayudaba. Un polémico cambio de entrenador, el impacto del COVID-19 y la deriva competitiva del equipo invitaban a ver un nuevo capítulo en la desdichada historia de los Timberwolves.
Entre la oscuridad Edwards terminó dando con la tecla, resultando no solo más consistente, sino determinante y maduro en su toma de decisiones. Las razones de aquello fueron múltiples, pero hay una con un verdadero peso en el proceso madurativo de Ant’: Ricky Rubio.
«Cuando eres joven, cada partido y cada situación parece que es el fin del mundo, cuando a veces las cosas no funcionan. Pero su carácter es especial», afirmó el español en una de las múltiples ruedas de prensa durante su segunda etapa por la franquicia. «Lo dije desde el primer día. Tenemos una joya aquí. Tenemos algo que va a ser realmente bueno en esta liga. No todo el mundo lo va a tomar de la misma manera. Esa es una de las cosas que me gustan de Anthony, que puedo ser duro con él porque sé que puede tomar muchas cosas sobre sus hombros. Tiene mucha confianza».
Sin la influencia del base español sobre Edwards resultaría muy complicado comprender su rápida explosión y evolución. Rubio ejerció de veterano y líder sobre él, siguiendo la táctica del palo y la zanahoria y sin perder de vista el talento que tenía delante. Solo así se explica que, años después, al ser preguntado en medio de un entrenamiento del Team USA por este no dudase un instante a la hora de reconocer su importancia.

«Él es mi hombre. Fue un gran veterano para mí. Siempre me dijo que diese un paso adelante, dentro y fuera de la cancha. Así que aprecio realmente a Ricky. Fue todo lo que necesitaba. Deseo que ojalá lo siguiésemos teniendo [en los Wolves]», explicó el escolta ante la pregunta de quien escribe. «No es el típico veterano que te grita, te lleva a un lado y te habla directamente. Lo hace del modo correcto».
Quienes han trabajado con Ant’ coinciden en que es alguien especial. Un perfil muy concreto de persona con la capacidad de aprender algo y dominarlo a una velocidad mayúscula. Alguien a quien dar una indicación, explicar un detalle o un matiz y que no sea preciso repetirlo de nuevo.
La historia de la NBA demuestra que más importante que un buen inicio de curso para un debutante es un cierre en lo alto, como un aperitivo de lo que está por venir, una prueba tangible de que la progresión es ascendente y el techo está por descubrir.
Anthony Edwards promedió 8,2 puntos más de media en la segunda mitad de su campaña rookie que el segundo novato más productivo en ataque. Su determinación por corregir los errores que le marcaron al comienzo había dado sus frutos y lo que vendría en las dos campañas siguientes sería la confirmación de todo lo que se esperaba de aquel diamante en bruto.
Derribando la puerta
—¿Eso es todo lo que tienes? —Steve Kerr era como una moka en el punto de ebullición. —¿Es eso todo lo que tienes? —repitió nuevamente el seleccionador estadounidense.
—Tío, estoy trabajando todo lo duro que puedo —Edwards no daba crédito a las exigencias de Kerr. —¿Qué quieres que haga? Estoy sudando a mares.
—No has trabajado lo suficientemente duro. Si hubiéramos tenido el pick 1 no te hubiéramos elegido —las palabras de Kerr buscaban exprimir al máximo a quien debía ser la punta de lanza en la Copa del Mundo de 2023.
Y lo consiguió. Aunque el resultado no fuese el esperado para el combinado estadounidense. Máximo anotador (18,9 puntos) del Team USA con tan solo 22 años y en su primera experiencia internacional.
En Edwards pueden encontrarse características o patrones comunes de estrellas del pasado. La determinación, la visión túnel, el aura que desprende, la competitividad, la exaltación del yo… Solo un puñado de nombres han conseguido aunar la parte mental, la física y la técnica de la misma manera que Ant’ apunta a ser capaz de hacer. Y entre todo eso se abre paso un evidente disfrute por el juego, uno que toma la forma de una interminable sonrisa cuando los tiros le entran.
Un gozo reconocible también en forma de trash-talk, el más puro y real que puede encontrarse, el pique entre estrellas de la más alta cuna y que con Edwards se hizo patente en el duelo ante Kevin Durant en los Playoffs de 2024.
«No me puedes defender. ¿Qué cojones te he dicho?». De los labios del jugador de los Timberwolves pudo leerse claramente estas desafiantes palabras directamente dirigidas a su emparejamiento. Un Durant al que en la acción previa había hecho trabajar duramente sin éxito, convergiendo aquella acción en un triple tras bote perfectamente punteado por la estrella de los Suns.
Sin embargo, en la mirada y los gestos de Edwards no se apreciaba odio, ni siquiera el resentimiento o la furia típicas de una acción tan propia del trash talk. En su lugar había una sonrisa, la misma que Kevin Durant le devolvía mientras ambos intercambiaban los roles en el partido. El alero de Phoenix resumió a la perfección aquel choque que las cámaras capturaron: «Es solo baloncesto».
«Su inteligencia emocional es extraordinaria», recordaba Tysor Anderson, ex entrenador de Edwards en Atlanta. «Me llamó mucho más la atención su capacidad atlética».

Para llegar a este punto de control absoluto del entorno, el ambiente, el físico, la mente y, lo más importante, el juego, Edwards pasó por sesiones de trabajo espartanas. Entrenamientos en donde poner al límite a su cuerpo, pero también seguir la senda ascendente que siempre se espera de un talento generacional. Una rutina de trabajo que incluye cientos de tiros al día complementado con horas en el gimnasio supervisadas por el trainer de los Timberwolves, Javert Gillett.
Un plan detallado e individualizado con el objetivo de ayudar a Ant’ no solo a poder absorber mejor los contactos contra rivales de mayor tamaño, sino a preservar su explosividad y agilidad naturales. Un trabajo más propio de un jugador de NFL que de NBA y que le ha convertido en uno de los referentes de la competición pese a su juventud.
«Tiene una visión un poco distinta al resto de la liga», dijo su entrenador, Chris Finch en una entrevista. «Creo firmemente que dirá: No voy a ser parte de tu súper equipo. Quiero que la gente venga aquí, juegue conmigo y ganaremos aquí juntos».
A los jugadores jóvenes todo se les perdona. La insolencia, la impulsividad o la unidimensionalidad en su juego incluso. A estrellas emergentes como esta se les da cancha antes de ser colocados en el punto de mira y experimentar la presión por no haber alcanzado el siguiente nivel.
Anthony Edwards ha quemado etapas a una rapidez impresionante, más en el contexto deportivo en el que se encontraba, impulsando a unos Timberwolves que han igualado la cima que a Kevin Garnett le costó nueve temporadas en la NBA.
«El baloncesto es mi principal foco. Lo necesito en mi vida. Me encanta y es lo que hago. El baloncesto es mi corazón».
Unas palabras enunciadas en el proceso previo al Draft de 2020 y que anticipaban lo que estaba por venir.
Ahora vendrá lo más complicado para Ant’. Un escenario en el que, además, deberá rendir muy por encima del nivel previo, más tras decir adiós a Karl-Anthony Towns fruto del deseo de recortar gastos de la organización.
Y ahora es su momento.



