
Diego Armando Maradona murió por primera vez cuando todavía era un niño. O, al menos, estuvo cerca. Corría detrás de una pelota por Villa Fiorito cuando cayó dentro de un pozo ciego y comenzó a hundirse. Su tío Cirilo consiguió agarrarlo y sacarlo de allí. De no haber aparecido aquella mano, la historia habría terminado antes incluso de comenzar. No fue la última vez que alguien tuvo que sacar a Maradona de un agujero. Entre aquel niño criado al sur del Gran Buenos Aires y el hombre que murió el 25 de noviembre de 2020 hubo unas cuantas muertes más. Algunas fueron únicamente futbolísticas. Otras estuvieron peligrosamente cerca de dejar de serlo.
La pelota, curiosamente, era lo que le daba paz. Desde niño aprovechaba cualquier objeto que se pareciera mínimamente a un balón, ya fuera una naranja, un bollo de papel o unos trapos, para llevarlo pegado a la zurda mientras hacía algún recado. Aquello no cambió demasiado con los años. Tampoco su capacidad para volver. Regresó de la decepción de quedarse fuera del Mundial de Argentina 1978 cuando César Luis Menotti decidió que todavía no estaba preparado, volvió después de que Andoni Goikoetxea le destrozara el tobillo izquierdo en el Camp Nou y sobrevivió a una etapa en Barcelona que terminó con una final de Copa ante el Athletic convertida en batalla campal. Después llegó Nápoles, ganó dos Scudetti, llevó a Argentina al título mundial en México y perdió cuatro años después otra final frente a Alemania. Hasta que el 17 de marzo de 1991 apareció uno de esos agujeros de los que no resulta tan sencillo salir.
El Nápoles acababa de derrotar al Bari cuando un control antidopaje detectó cocaína en el organismo del argentino. La sanción de quince meses puso fin de facto a una relación con el conjunto italiano que llevaba tiempo deteriorándose y Maradona regresó a Argentina. Semanas después era detenido en un apartamento de Buenos Aires por posesión de cocaína. Él mismo recordaba aquella etapa en Yo soy el Diego, su autobiografía, como uno de los momentos más duros de su vida. Encerrado en una celda después de su detención, Marcos Franchi, su por aquel entonces representante, fue a visitarlo y le aseguró que todavía jugaría el Mundial de Estados Unidos. Maradona pensó que estaba loco, aunque reconocería después que en algún lugar de su cabeza empezó a considerar que quizá no fuese imposible. Faltaban más de tres años para Estados Unidos 94. Mucho antes había que volver a ser futbolista.
Y ahí apareció Sevilla.
La capital andaluza vivía en 1992 uno de esos momentos en los que una ciudad parece convencida de estar entrando en una nueva época. La Exposición Universal había convertido la Isla de la Cartuja en escaparate mundial, el AVE acababa de unir Madrid y Sevilla y millones de visitantes recorrían unos pabellones construidos para enseñar cómo sería el futuro. Mientras la ciudad presentaba al mundo una versión nueva de sí misma, Maradona intentaba hacer algo parecido. Había cumplido la sanción y necesitaba un equipo. Aparecieron distintas posibilidades. Olympique de Marsella era una de ellas. Boca Juniors, como casi siempre, otra. Incluso se llegó a hablar del Real Madrid. La opción del Sevilla surgió porque Carlos Salvador Bilardo acababa de aterrizar en el banquillo del Sánchez-Pizjuán y había hecho llegar un mensaje a su entorno: podía ser un buen sitio para empezar otra vez.
Bilardo sabía perfectamente qué suponía convivir con Maradona. Ambos habían alcanzado juntos el punto más alto de sus carreras en México 1986 y cuatro años después volvieron a disputar una final mundialista. Ahora el técnico argentino estaba empeñado en recuperarlo. Para Luis Cuervas, presidente del Sevilla, la operación suponía moverse en unas dimensiones económicas y mediáticas poco habituales para el club. También para los futbolistas. Davor Šuker, entonces un delantero croata de 24 años que afrontaba su segunda temporada en España, recordaba en El Correo de Andalucía que había crecido viendo a Maradona en los Mundiales y que cuando empezaron los rumores repetía que hasta no verlo dentro del vestuario no se creería nada. Finalmente apareció. «Era tocarlo, mirarlo, jugar con él, comer con él…», rememoraría años después. Los nuevos compañeros de Maradona habían crecido viéndolo por televisión. Ahora lo tenían sentado a su lado.
Él, sin embargo, llegaba sin sentirse ya Maradona e incluso a los periodistas que hablaban del regreso del número uno les pidió que no exagerasen. Después de quince meses sin competir se definía como «el futbolista número diez mil». Mientras las negociaciones con el Nápoles continuaban, entrenaba por su cuenta. Durante una de esas sesiones una televisión italiana lo grabó corriendo por un campo de golf y Maradona aprovechó la cámara para mandar un mensaje a Italia: que vieran que era un hombre vivo, que no estaba muerto.
Las conversaciones terminaron convertidas en una pequeña guerra en la que incluso tuvo que intervenir la FIFA. Maradona ya estaba en Sevilla sin ser todavía jugador sevillista y bautizó aquellos días como «la dulce espera». El 22 de septiembre de 1992 comía con Claudia Villafañe en el hotel Andalusí Park cuando Marcos Franchi se acercó a la mesa.
— Pibe, sos libre.
Franchi acabó llorando sobre una silla y él tampoco pudo contenerse. Por fin iba a volver a jugar. El acuerdo quedó cerrado por unos 7,5 millones de dólares. Seis días después apareció por primera vez con la camiseta blanca en un amistoso frente al Bayern de Múnich. En el Sánchez-Pizjuán sonaba Mi enfermedad, de Fabiana Cantilo, cuando saltó al césped. El Sevilla ganó 3-1 y Diego disfrutó de algo tan elemental como volver a combinar con Šuker, esperar las llegadas de Simeone y escuchar a Bilardo desde el banquillo. Tras el partido dejó una frase que parecía escrita para aquel momento: «Aquí estoy, resucité».
Quedaba regresar oficialmente. Y Maradona quiso hacerlo en uno de los pocos lugares donde la memoria no podía darle tregua: San Mamés. El 24 de septiembre de 1983 Andoni Goikoetxea había entrado por detrás al argentino durante un Barcelona-Athletic disputado en el Camp Nou. El tobillo izquierdo quedó destrozado y Maradona permaneció varios meses fuera de los terrenos de juego. Volvió, pero el conjunto vasco volvió a cruzarse en su camino apenas unos meses después. El 5 de mayo de 1984 Barcelona y Athletic disputaron la final de Copa en el Santiago Bernabéu. Endika marcó el único gol y el pitido final dio paso a una pelea multitudinaria con el argentino entre sus principales protagonistas. Fue su último partido con la camiseta azulgrana.
Ocho años más tarde consultó el calendario y encontró al Athletic. Tal y como recordaría años después, aquello no fue casual. Le había molestado especialmente que Jupp Heynckes afirmara que no quería jugar en escenarios como San Mamés y decidió que precisamente allí comenzaría su regreso. La víspera, mientras el Sevilla permanecía concentrado en Bilbao, le comunicaron desde recepción que alguien preguntaba por él.
— ¿Quién?
— Don Andoni Goikoetxea.
Maradona bajó a encontrarse con el hombre que unos años antes había estado a punto de cambiar su carrera. Hablaron de fútbol, de sus hijas y de cómo había cambiado la vida durante todo aquel tiempo. De la entrada, nada. Al día siguiente San Mamés recuperó todos los fantasmas. Desde la grada aparecieron cánticos recordando a Goikoetxea y alguna pancarta evocó el gol de Endika en aquella final de 1984. Sobre el césped fue Lakabeg quien lanzó una dura entrada sobre Maradona. Diego se levantó. El Athletic terminó imponiéndose por 2-1 con un gol de Ziganda en los últimos minutos. Maradona había regresado oficialmente al fútbol español contra el mismo club ante el que había disputado su último encuentro antes de marcharse a Italia.
Los primeros meses resultaron mejores de lo esperado. Marcó ante Zaragoza, Rayo Vallecano y Celta. El gol al Rayo, de penalti, tenía además cierta ironía en el rival: el Pelusa, símbolo de Boca, marcaba ante un equipo vestido prácticamente como River Plate y en el que apenas unos años antes había jugado su hermano Hugo. Cuando este fue presentado en Vallecas en 1988 y recibió por primera vez la camiseta franjirroja no pudo evitar la sorpresa: «Che, pero si esta es la camiseta del River Plate».
Una de las mejores actuaciones de Diego con el Sevilla llegó el 19 de diciembre de 1992 frente al Real Madrid. El conjunto hispalense llevaba tres jornadas sin ganar y enfrente aparecía el equipo de Benito Floro, también envuelto en dudas. El partido terminó 2-0, con goles de Šuker y Marcos, y derivó en una batalla que acabó con cuatro expulsados, tres de ellos madridistas. Antes de que la bronca terminara comiéndose al fútbol hubo tiempo para ver algunos de los mejores minutos de Maradona durante su paso por España. El País habló al día siguiente de un «recital de 50 minutos de Maradona».
Juan Carlos Unzué recordaría años después una historia curiosa sobre la preparación de Diego para aquel encuentro. Maradona pasó unos días en el Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada intentando ponerse a punto y regresó al vestuario visiblemente más delgado.
— ¿Cuánto has perdido?
— Ocho kilos.
Según relató Unzué, durante aquella estancia se había alimentado prácticamente de un tipo de carne cruda. Frente al Madrid, en cualquier caso, Maradona volvió a reconocerse. El 10 se sintió capaz de disputar balones, tirarse al suelo, recuperar, esprintar y ganar duelos. Algún periódico se apresuró a anunciar el regreso del Maradona de México. Fernando Signorini, preparador físico y uno de los hombres que mejor conocían su cuerpo, apareció con el diario en la mano.
— ¿Así que anduviste de paseo por México estos días?
Hasta Diego admitiría después que aquello era demasiado.
Pero seguía existiendo algo difícil de explicar cuando había una pelota cerca. Durante el calentamiento de un partido alguien lanzó desde la grada una pequeña bola de papel de aluminio. Maradona la recogió y comenzó a darle toques como si aquello fuese un balón. Se había criado golpeando naranjas y bollos de papel con la zurda. Tres décadas después seguía haciendo lo mismo delante de miles de personas.
También se convirtió rápidamente en una referencia dentro del vestuario. Unzué recordaría en La Sexta cómo los jugadores terminaban reuniéndose en su habitación para hacerle preguntas. Maradona respondía a todo, desde cuestiones futbolísticas hasta asuntos personales, y tampoco evitaba hablar de sus propios errores. Según el guardameta, insistía especialmente en que los más jóvenes no repitieran algunos de los caminos que él había recorrido.
Diego Pablo Simeone recibió unas cuantas lecciones más prácticas. El Cholo era un centrocampista acostumbrado a pisar el área rival y Maradona no terminaba de entender que abandonara tanto su posición.
— Cholo, vos no podés jugar adelante de mí. Tenés que jugar detrás por si yo la pierdo.
Simeone siguió apareciendo arriba. En otra ocasión, tal y como recordaría años después, recibió la pelota a unos treinta metros de la portería y decidió probar suerte.
—Cholo, ¿hiciste alguna vez un gol desde ahí?
—No.
—¿Y para qué mierda pateás desde ahí entonces?
Monchi, por entonces uno de los porteros del Sevilla, conocería otra cara del argentino. Años después contó en una entrevista con nosotros cómo se hicieron amigos durante los paseos matinales. Un día ambos caminaban juntos por Barcelona y Maradona reparó en el reloj que llevaba el gaditano. Monchi tuvo que confesar que aquel supuesto Rolex era falso y que lo había comprado en Ibiza por cinco mil pesetas. La conversación parecía destinada al olvido. No para Diego. Cuando su etapa sevillista estaba prácticamente terminada lo invitó a casa junto a algunos compañeros y le entregó un Cartier.
—Toma, para que no tengas que volver a llevar relojes falsos.
Monchi todavía lo conserva. También resumiría después el paso de Maradona por Sevilla con una frase difícil de mejorar: el veinte por ciento de Diego era el doscientos por ciento del resto.
Rafa Paz dibujaría años más tarde en Infobae un retrato parecido. Maradona llevó camisetas de Boca para sus compañeros (a Marcos Martín, hincha de River, le tocó una de su equipo), pero Paz recordaba especialmente otro episodio. Un día vio cómo Diego detenía el coche junto a un hombre que vivía en la calle. Se bajó, habló con él, le preguntó qué necesitaba y le dio comida y dinero. No era tanto una cuestión de regalos, explicaba Paz, como de preocupación por el otro. El argentino, que tanto se preocupaba por los demás, era el mismo que muchas veces se olvidaba de sí mismo.
Las cosas fueron torciéndose con el paso de los meses. Argentina volvió a llamar a su puerta y ahí Maradona no acostumbraba a negociar. Viajó para enfrentarse a Brasil y posteriormente quiso jugar también contra Dinamarca, algo que no gustó a los dirigentes sevillistas. Fue de todos modos. A partir de aquel episodio sintió que algo se había roto definitivamente con el club. La prensa de la época da cuenta de la tensión: a finales de febrero el conflicto entre Maradona y Luis Cuervas ya era abierto por los viajes del jugador con la selección argentina.
Y entonces apareció uno de los capítulos más difíciles de imaginar en cualquier otra carrera: el Sevilla contrató detectives para seguirlo. Charlie M, uno de los investigadores que recibió el encargo, explicaría años después a 20 minutos las dificultades de controlar a uno de los hombres más conocidos del planeta sin que se diera cuenta. Lo seguían en moto para comprobar, entre otras cosas, si acudía a los entrenamientos. Maradona tampoco se lo ponía fácil. Según el detective, salía de casa a toda velocidad y aprovechaba las nuevas vías levantadas alrededor de la Sevilla de la Expo para alcanzar velocidades cercanas a los 190 kilómetros por hora mientras ellos intentaban no perderlo. Charlie recordaba además el constante trasiego de personas alrededor del futbolista y llegó a definir su casa como «El Corte Inglés». Diego había pasado toda su carrera escapando de defensas. En Sevilla terminó haciéndolo también de detectives.
La relación con Bilardo se aproximaba mientras tanto al punto de ruptura. El 13 de junio de 1993, frente al Real Burgos, Maradona arrastraba problemas en una rodilla. Apenas había podido entrenarse durante la semana y en el descanso acudió al técnico para plantearle dos posibilidades.
—Carlos, no puedo más. No puedo manejar la rodilla. ¿Qué hago? ¿Me infiltro para seguir o salgo?
Según el relato de Maradona, Bilardo le pidió que continuara y recibió tres inyecciones antes de regresar al terreno de juego. Apenas unos minutos después, en el 53, Maradona miró hacia el banquillo y vio levantarse la tablilla con el número diez. Bilardo lo sustituía.
Diego explotó. Insultó al técnico, llegó al vestuario e hizo añicos cuanto encontró. Dio la vuelta a la camilla, lanzó objetos y nadie consiguió calmarlo. Después regresó a casa y pasó la noche llorando. Había algo más detrás de aquella reacción, al menos según contó después Maradona: unos días antes los dirigentes del Sevilla le habían planteado la posibilidad de convertirse en entrenador-jugador porque se planteaban despedir a Bilardo.
—¡No, ¿están locos? A mí me trajo Bilardo acá, yo vine por él. Yo puedo ser cualquier cosa, pero no un traidor, señores.
Se negó. Según su relato, incluso salió de aquella reunión y avisó inmediatamente al técnico de lo que acababa de suceder. Por eso no entendía que el mismo hombre al que había defendido ante los dirigentes lo retirara del campo después de pedirle que se infiltrase.
Hasta ahí, la historia está fundamentalmente contada por Maradona. La versión de Bilardo permite mirar el desenlace desde el otro lado. El técnico explicaría años más tarde en una entrevista con El Gráfico que ni siquiera se dio cuenta sobre el césped de que Diego lo estaba insultando. Lo descubrió aquella noche al ver las imágenes por televisión. Su recuerdo de las horas posteriores difiere en algunos detalles del de Maradona, pero coincide en lo fundamental: acabó acudiendo a su casa y los dos terminaron peleándose.
—Nos agarramos a trompadas.
Bilardo aseguró además que Claudia Villafañe y Marcos Franchi tuvieron que separarlos y que pasó aquellos días sin dormir. La prensa de la época permite completar la escena. Dos días después del partido, El País describía al entrenador como afectado por los insultos de Maradona. Bilardo comparó el disgusto con el que puede darle un hijo y explicaba que le dolía especialmente porque llevaba diez años luchando a su lado. También aseguró que desconocía que el Sevilla hubiera contratado un detective para vigilar la vida privada del futbolista.
En su autobiografía, Maradona ofrece una imagen más cinematográfica de la pelea. Recuerda estar viendo la final de Roland Garros todavía con lágrimas en los ojos cuando apareció Bilardo. Comenzaron a discutir, el entrenador lo empujó y Diego respondió con un puñetazo que lo mandó al suelo. Asegura que estuvo a punto de golpearlo otra vez, pero se detuvo al verlo llorar. Días después volvieron a encontrarse y se pidieron disculpas. La relación sobrevivió, aunque ya no fue la misma. Diego despacharía después todo aquello con seis palabras: «Así se terminó lo mío con el Sevilla. Mal».
Bilardo había sido el hombre que abrió la puerta de Sevilla para que Maradona regresara al fútbol y terminó siendo también el protagonista de su último partido con la camiseta blanca. La aventura había durado apenas unos meses. Hubo goles, asistencias, noches en las que el Sánchez-Pizjuán creyó volver a ver al futbolista que había dominado el mundo y otras en las que resultó evidente que aquel tiempo no iba a regresar. El Sevilla terminó séptimo y se quedó sin clasificación europea. No hubo un título ni una clasificación que convirtiera aquella temporada en histórica desde el punto de vista deportivo. Tampoco hacía demasiada falta para recordarla.
Quizá la mejor explicación de aquel Maradona ni siquiera haya que buscarla en un partido. Manolo Jiménez contó a El Mundo que, mientras ambos se recuperaban de distintos problemas físicos, coincidían frecuentemente en sesiones de rehabilitación. Un día encontró a Diego en las duchas lamentándose, aparentemente llorando, y le preguntó qué le ocurría. Maradona no habló de la rodilla, de Bilardo ni de sus problemas con el Sevilla. Le confesó que preferiría ser menos admirado y menos famoso si con ello pudiera encontrarse bien y vivir sin tantas necesidades ni tantas historias alrededor.
Para Šuker había resultado increíble terminar compartiendo mesa y vestuario con el futbolista que veía en los Mundiales. Otros compañeros acudían a su habitación simplemente para escucharlo. Los estadios se llenaban porque él estaba allí. Todo el mundo quería acercarse un poco a Maradona y Diego empezaba a conocer demasiado bien lo difícil que resultaba alejarse de él.
Apenas unos meses después apareció en Newell’s Old Boys. Al recordar años después su llegada a Rosario volvería a utilizar la misma palabra para explicar cómo se sentía: otra resurrección. Regresó a la selección argentina, logró clasificarse para el Mundial de Estados Unidos y marcó frente a Grecia uno de esos goles celebrados como si todo lo anterior hubiese quedado atrás. Duró poco. Un nuevo positivo acabó con su participación en el torneo. Después todavía habría Boca, más regresos, más caídas y nuevas manos intentando tirar de él.
Sevilla fue una de ellas. Durante unos meses permitió a Maradona volver a ponerse unas botas, sentirse futbolista y comprobar que la pelota seguía reconociéndolo. Era un hombre de treinta y un años intentando recuperar aquello que durante toda su vida había resultado más sencillo que cualquier otra cosa: jugar a la pelota.
Había vuelto a salir del pozo.
Como tantas otras veces.

Diego Armando Maradona en el Sevilla Fútbol dio una de cal y otra de arena .
Los 2 entrenadores que tuvo Maradona en España fueron los 2 seleccionadores con los que Argentina ganó sus dos primeras copas del mundo
Cesar Luis Menotti en el Barça y
Carlos Salvador Bilardo en el Sevilla.