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¿Qué pasa ahora con Jon Rahm?

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Jon Rahm, en el hoyo 18 de la última vuelta del LIV Golf Indianapolis, el 23 de agosto de 2026. (Foto: Brian Spurlock/Icon SMI vía ZUMA Press)

El domingo 23 de agosto, en un campo de Westfield, a las afueras de Indianápolis, Jon Rahm firmó una última vuelta de 63 golpes que no le sirvió para ganar el torneo, porque un chaval de veintidós años llamado Michael La Sasso, campeón universitario en 2025 y el jugador más joven de la liga, le aguantó el pulso hasta el último hoyo, pero sí para cerrar la temporada como campeón individual del LIV Golf por tercer año consecutivo y como capitán del equipo que, por segundo año seguido, se llevaba el título colectivo. Después, ante los micrófonos, el vizcaíno dijo que se iba a casa a ayudar a su mujer, embarazada del cuarto hijo, que nace en octubre, a ejercer de padre unos días antes de volver a la faena en el Open de Irlanda y, «sobre todo», a cortarse el pelo, «porque lo necesito con urgencia». Nadie le preguntó por el barbero y él tampoco respondió a lo que todos querían saber, que es si el LIV que acababa de arrasar existirá dentro de seis meses y si él seguirá dentro cuando toque decidirlo.

Para entender por qué el golfista español más importante desde Severiano Ballesteros está en esa encrucijada hace falta tener a mano el mapa del golf profesional, que funciona por ligas como el fútbol funciona por federaciones. Está el PGA Tour, el circuito americano, que es donde se juega la mayor parte del dinero y donde se mide la mayor parte de la fama, y está el antiguo European Tour, rebautizado como DP World Tour en 2022 en honor a su patrocinador emiratí, que hace tiempo dejó de ser estrictamente europeo y organiza torneos en Asia, Australia, Sudáfrica y Oriente Medio, es decir, en todo lo que no es América. Ambos circuitos firmaron en 2020 una alianza estratégica que se amplió en 2022 y que dio al PGA Tour una participación en la productora audiovisual del circuito europeo, con opción de ampliarla hasta el cuarenta por ciento, además de un pasillo directo de los diez mejores europeos hacia la tarjeta americana. Llamarlo compra, como se hace a veces en las tertulias, es exagerar, y describirlo como una dependencia comercial que deja bastante claro quién manda en el golf mundial es quedarse muy cerca de la verdad.

En ese tablero, tan ordenado desde hacía décadas, entró en 2021 el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudí, el mismo que estaba comprando equipos de fútbol, carreras de Fórmula 1 y veladas de boxeo, y contrató a Greg Norman, el Tiburón Blanco, campeón de dos Open Británicos y celebridad de los ochenta y los noventa, para que fundara una liga nueva. El LIV Golf —el nombre, en números romanos, alude a los cincuenta y cuatro hoyos de sus torneos de tres días— se presentó en junio de 2022 en las afueras de Londres con la intención declarada de modernizar un deporte que consideraba lento, viejo y aburrido. Sus innovaciones eran conocidas en el golf amateur y heréticas en el profesional, como la salida simultánea de todos los jugadores desde hoyos distintos, lo que reduce una jornada de doce horas a unas cuatro o cinco, la ausencia de corte, la música sonando en el campo y, sobre todo, la competición por equipos de cuatro jugadores con nombre, escudo, uniforme y merchandising propios, al modo de las franquicias americanas. Rahm capitanea el Legion XIII, con el inglés Tyrrell Hatton, el norirlandés Tom McKibbin y el estadounidense Caleb Surratt, y Sergio García es el capitán de los Fireballs, donde juegan los otros españoles de la liga, David Puig, Josele Ballester y Luis Masaveu. Para el establishment americano aquello fue una puñalada, y la respuesta del PGA Tour fue suspender a todo el que se marchara, mientras una parte del público y de la prensa señalaba, con razón, que la liga era una operación de blanqueo de imagen para una monarquía que no destaca precisamente por los derechos humanos.

Rahm no se fue el primer año. En 2022 dijo que jugaba por la historia y por el legado, que cuatrocientos millones de dólares no cambiarían su vida en absoluto y que el formato de tres días y sin corte no le parecía golf de verdad. Año y medio después, en diciembre de 2023, recién ganado el Masters de Augusta y siendo el número tres del mundo por detrás de Scottie Scheffler y Rory McIlroy, firmó por el LIV a cambio de una cifra que nunca se ha hecho pública y que la prensa ha situado entre los trescientos y los seiscientos millones de dólares, sólo por el hecho de ir. A eso hay que sumar lo que se gana jugando, que es donde el LIV volvió loco al mercado. Cada torneo regular repartía veinte millones de dólares en la clasificación individual, cuatro para el ganador, más otros cinco para los equipos, y a final del año el campeón de la temporada se embolsaba una prima que en los primeros años llegó a los dieciocho millones. Comparado con los torneos ordinarios del PGA Tour aquello parecía el doble o el triple, aunque la comparación sea menos aplastante con los llamados torneos de firma, que reparten también veinte millones y pagan al ganador entre tres millones y medio y cuatro. La diferencia real no estaba tanto en la bolsa de cada semana como en la garantía, en cobrar por firmar, en no tener que pasar el corte y en jugar catorce torneos en lugar de veinticinco.

La liga fue creciendo a golpe de talonario, con Dustin Johnson, Bryson DeChambeau, Brooks Koepka, Cameron Smith o Phil Mickelson, y a los americanos, que en esto son muy suyos, les costó perdonar. Los torneos de Adelaida, Valderrama o Sudáfrica funcionaron bien de público, y el propio Indianápolis marcó en 2025 el récord de asistencia de la liga en Estados Unidos, con más de sesenta mil espectadores, pero el negocio nunca cerró y el dinero saudí, que había puesto más de cinco mil millones de dólares desde 2021, seguía siendo el único que entraba. Cuando en marzo de 2026 estalló la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán y los misiles iraníes cayeron sobre el Golfo, siete jugadores del LIV se quedaron atrapados en Dubái con los aeropuertos cerrados, y fue Rahm quien fletó un avión privado para sacarlos por Omán y llevarlos a Hong Kong, donde, por cierto, ganó el torneo. A finales de abril el fondo saudí anunció en un comunicado que financiaría el LIV «sólo durante lo que queda de la temporada 2026», porque una inversión de ese tamaño «ya no es coherente con la fase actual de su estrategia», en alusión a las «dinámicas macroeconómicas» del momento. Su gobernador, Yasir Al-Rumayyan, había reconocido que la guerra obligaba a reordenar prioridades, y el fondo había decidido dirigir el ochenta por ciento de sus inversiones a proyectos dentro del país, con lo que la liga de golf cayó en el mismo cajón que el rascacielos horizontal de Neom o la estación de esquí en el desierto. Al-Rumayyan dejó la presidencia del LIV y la liga se quedó, de pronto, con un comité de directores independientes buscando «alternativas estratégicas», que es la expresión que se usa cuando lo que se busca es alguien que pague.

El encargado de encontrarlo es Scott O’Neil, un ejecutivo con pasado en la NBA y la NHL que sustituyó a Norman en enero de 2025, cuando el fondo decidió que el Tiburón ya había cumplido su función. O’Neil ha pasado el verano diciendo que hay que tomar a los saudíes «por su palabra» mientras los proveedores presentaban demandas por facturas impagadas, los jugadores esperaban los cheques del torneo de Nueva York, se cancelaba la cita de Nueva Orleans, se suprimía la gran final por equipos prevista en Michigan y se recortaba a la mitad, hasta diez millones, la bolsa de Indianápolis, que hubo de improvisarse como último torneo del año sin concierto de clausura. A mediados de agosto anunció un acuerdo preliminar con un inversor principal cuyo nombre no ha querido pronunciar, aunque todos los indicios apuntan al fondo londinense BC Partners y a su socio Ted Goldthorpe, que estuvo en Indianápolis reuniéndose con los jugadores, y ha explicado con bastante franqueza lo que viene, que él llama LIV 2.0 y que consiste en diez torneos en lugar de catorce, cinco de ellos por equipos en distintos continentes y otros cinco en Estados Unidos, situados en el calendario justo antes de los grandes, con los jugadores convertidos en accionistas en lugar de en asalariados. La palabra que repite es «disciplina comercial», que traducida al idioma de los golfistas significa que se acabaron los contratos de nueve cifras y que las bolsas serán otras. Preguntado por si contempla la quiebra, respondió que no descartaría ninguna opción, y sobre los jugadores que necesita dijo que sin «una masa crítica de los adecuados» todo esto «se vuelve muy difícil». Los adecuados son dos, y uno de ellos es Rahm.

Ahí está la encrucijada. El vizcaíno tiene contrato al menos hasta 2027 —en mayo dijo que le quedaban «varios años» y que quienes lo redactaron «hicieron un trabajo bastante bueno»— y una parte sustancial del dinero pactado, según varias informaciones, todavía está por cobrar de una entidad que ya no tiene quien la pague. El PGA Tour, que gobierna ahora Brian Rolapp, exdirectivo de la NFL, abrió en enero de este año una puerta de vuelta con nombre de departamento de recursos humanos, el Programa de Miembros Retornados, por el que Koepka regresó a cambio de donar cinco millones de dólares a obras benéficas, renunciar durante cinco años a las acciones del circuito, perder la prima de la FedEx Cup y ganarse el sitio en los torneos de firma sin invitaciones. Rahm, DeChambeau y Smith rechazaron la oferta el 14 de enero, cuando el dinero saudí aún fluía, y Rahm lo hizo con una frase que ahora se relee de otra manera, «no tengo previsto ir a ninguna parte». El 18 de agosto una cuenta especializada difundió que ya había aceptado condiciones para volver en 2027, con veinticinco millones de donación en lugar de cinco, y poco después Eamon Lynch, de Golf Channel, contó que había hablado con varias fuentes del circuito y que «no hay ninguna conversación con Jon Rahm», que todo aquello era ingeniería de salida de su entorno para dar a entender que tiene alternativas. Alternativas las tiene, desde luego, porque a los americanos les interesa un jugador que estuvo más de cincuenta semanas como número uno del mundo, que estudió en Arizona State, conoció allí a su mujer, Kelley Cahill, vive en Scottsdale y ha criado a sus hijos en el desierto de Arizona, y al que el público estadounidense, que no suele encariñarse con extranjeros, trata como a uno de los suyos. Rolapp tiene la sartén por el mango y ninguna prisa, y cada mes que pasa la liga que retiene a Rahm vale menos.

El asunto deportivo es más sencillo de lo que parece porque los cuatro grandes no pertenecen a ningún circuito. El Masters lo organiza el club de Augusta, el PGA Championship la asociación de profesionales americanos, el US Open la federación de aquel país y el Open Británico el Royal and Ancient de Saint Andrews, y cada uno decide a quién invita. Quien ha ganado en Augusta puede volver mientras el cuerpo aguante, y este mismo abril José María Olazábal, a sus sesenta años y en su trigésimo séptima participación, llegó a liderar la clasificación durante nueve hoyos del jueves ante el estupor general. Rahm, con la chaqueta verde de 2023 y el US Open de 2021, tiene garantizado Augusta de por vida y el resto de los grandes durante varios años, así que la cuestión nunca fue si podría seguir jugándolos, sino con qué ritmo competitivo llegaría a ellos, y ahí pesa que en tres temporadas en el LIV haya ganado tres títulos individuales de la liga y ningún grande. Con el circuito europeo el conflicto ya lo resolvió en mayo, cuando pagó cerca de tres millones de dólares en multas acumuladas desde 2024 a cambio de permisos para seguir jugando el LIV y del compromiso de aparecer en varios torneos del DP World Tour, empezando por el Open de Irlanda de septiembre en Doonbeg, junto a McIlroy y Shane Lowry, lo que le devuelve la elegibilidad para la Ryder Cup de 2027 en Adare Manor. Esa paz tiene fecha de caducidad, porque el circuito europeo ha avisado de que a partir de 2027 volverá a multar y suspender a quien juegue torneos rivales sin permiso, y O’Neil ya se ha quejado de que agentes y jugadores reciben llamadas para que no cuenten con Europa en sus calendarios.

Lo que queda es un problema de lealtades, que es el que Rahm no ha querido contestar. Cuando fichó se llevó consigo a un equipo, a Hatton, a McKibbin, a Surratt, que están en el LIV porque él los convenció, y detrás de ellos hay cincuenta y tantos jugadores, entre ellos cuatro españoles, cuya cotización depende de que las dos estrellas de la liga, él y DeChambeau, sigan dentro. Si Rahm se va, el inversor que O’Neil dice tener no tendrá gran cosa que comprar, y si se queda lo hará por una liga de diez torneos con bolsas más modestas y sin la promesa que lo trajo, que era ganar mucho más dinero que en casa. Él mismo lo resumió en Indianápolis con una frase que sirve de escudo y de confesión al mismo tiempo, que desde que llegaron ha habido mucho ruido alrededor de todos ellos y que «al final del día, cuando pisas el campo, es sólo golf, así que los problemas y las teorías desaparecen y compites». El campo cerró el domingo. Las teorías siguen abiertas, y lo del corte de pelo es, de momento, la única decisión que ha anunciado.

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