Apuestas deportivas

Cartografía mínima de la apuesta como acto social

Es noticia
Ankkurit
Partido de pesäpallo

Hay algo casi infantil en la apuesta. Una especie de encantamiento pueril que transforma el azar en identidad, y la esperanza en liturgia. Uno no apuesta por el dinero. O no solo. Apuesta para estar en el mundo. Para participar. Para que la tarde del domingo, frente a la televisión o en un campo donde llueve en diagonal, se convierta en un drama privado con consecuencias ridículas. Visitar nuestras casas de apuestas favoritas, en el fondo, es una forma de pertenecer.

En Irlanda, por ejemplo, ese deseo de pertenencia adquirió proporciones épicas en 1975, cuando un hombre llamado Barney Curley engañó al sistema entero. Organizó el famoso golpe de Yellow Sam, una operación milimétrica en la que aisló el hipódromo de Bellewstown del resto del país, saboteando el único teléfono que conectaba con el exterior. Mientras tanto, envió a decenas de emisarios a casas de apuestas para colocar dinero en un caballo mediocre. Yellow Sam ganó, contra todo pronóstico, y Curley se embolsó más de 300.000 libras irlandesas. Dijo que lo hizo por justicia poética: contra el sistema, por los suyos, por la emoción. Esa es la naturaleza de la apuesta como acto social: no se trata de ganar, sino de desafiar juntos al mundo.

En Japón, la apuesta tiene algo de ritual zen, incluso cuando se trata de carreras de bicicleta. El keirin nació en 1948 con un objetivo claro: recaudar dinero mediante las apuestas para la reconstrucción del país. Hoy, en velódromos como el de Tachikawa, los jubilados acuden con libretas llenas de anotaciones, siguen estadísticas con devoción y fuman con la resignación del perdedor sabio. No es raro encontrar allí a antiguos trabajadores de Toshiba o Hitachi, convertidos en estrategas del pedal. En un país que desconfía del azar, el keirin ofrece una estructura para domesticarlo.

En Finlandia, patria del pesäpallo —ese primo lejano del béisbol con reglas ininteligibles para el resto del planeta—, también se apostó fuerte. Pero no por emoción, sino por codicia. En 1998, estalló uno de los mayores escándalos deportivos del país cuando se descubrió que ocho equipos de la liga profesional habían amañado cinco partidos para manipular las apuestas. El método era sencillo: pactar empates, que ofrecían cuotas elevadas. La sorpresa no fue tanto que se hiciera, sino que lo hicieran con tal torpeza. Jugadores y entrenadores acabaron procesados, y el pesäpallo, durante un tiempo, fue más sinónimo de fraude que de tradición.

En Senegal se apuesta por la lucha, pero no al estilo del pressing catch, sino en la lutte sénégalaise, deporte nacional y espectáculo antropológico. En 2012, se celebró en Dakar un combate entre los dos grandes ídolos del momento: Yekini y Balla Gaye 2. La expectación fue tal que las apuestas informales alcanzaron cifras astronómicas en barrios como Pikine o Guédiawaye. Los marabouts —los líderes espirituales— desempeñaron un papel clave: se contrataban para bendecir al luchador elegido, y sus servicios se pagaban como inversiones. Que ganara uno u otro importaba menos que el hecho de estar allí, participar en la tensión colectiva, sudar al ritmo de los tambores. El dinero era secundario. Lo que se apostaba, en realidad, era la pertenencia a una comunidad.

En Filipinas, el sabong —las peleas de gallos— no solo es legal, sino parte esencial de la vida social. En abril de 2022, el Gobierno intervino tras la desaparición de 34 personas relacionadas con apuestas ilegales en peleas clandestinas. El escándalo puso al descubierto una red que movía millones de pesos diarios y funcionaba como una subcultura autónoma. El sabong legal, transmitido incluso por televisión, continuó con normalidad. En muchos barrios de Manila o Davao, apostar en el sabong no es solo un pasatiempo: es un marcador de estatus, de fidelidad familiar, casi un testimonio de virilidad.

En Australia, las apuestas han alcanzado un nivel de institucionalización que roza lo distópico. En ciudades como Melbourne o Sydney, basta con entrar a un bar para encontrar pantallas con apuestas en tiempo real. En 2020, durante el confinamiento por la pandemia, los australianos no dejaron de apostar: se volcaron en deportes virtuales y carreras de caballos simuladas. Fue entonces cuando se viralizó la historia de un joven que, sin saberlo, había ganado 20.000 dólares apostando a una carrera ficticia mientras cenaba. Lo celebró solo, frente a la pantalla de su portátil, como un astronauta eufórico en mitad del vacío.

En Chile, donde el rodeo sigue siendo una tradición rural fuerte, las apuestas también circulan, aunque fuera del radar oficial. En las medialunas, donde se compite, se intercambian promesas, botellas de vino y quinielas informales. En 2019, en la Fiesta del Huaso de Olmué, se registró una de las mayores concentraciones de apuestas espontáneas: una carrera paralela entre caballos mestizos que no formaba parte del programa oficial, pero que atrajo más dinero que la competencia oficial. El evento fue tolerado con una sonrisa por los organizadores. Allí, como en muchas otras partes, el acto de apostar es una forma de afirmarse: estar, mirar, jugar, aunque sea en los márgenes.

Y en Inglaterra, claro, donde se puede apostar por casi cualquier cosa: el primer goleador, los córners, el número de tarjetas, el nombre del próximo Papa o la fecha del Apocalipsis. En 2010, un hombre apostó 100 libras a que el mundo acabaría antes de 2012, según el calendario maya. La casa aceptó la apuesta. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió: «Porque si gano, no me hará falta cobrarlo».

Apostar es, en el fondo, una excusa para estar juntos ante la incertidumbre. Un pacto tácito con el caos. Una forma de mirar al futuro y decir: «yo también estoy aquí, y me la juego». Puede que el caballo no gane, que el gallo pierda un ojo o que el zurdo no marque. Pero durante ese instante en que todo puede pasar, somos comunidad. Y eso, en estos tiempos de algoritmos y certezas enlatadas, vale más que la cuota más alta.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*