Fútbol Gaélico

El fútbol gaélico, o ese juego tan raro de los irlandeses

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Un jugador del US Liffre Gaelic, un equipo bretón de fútbol gaélico, 2018. Fotografía: Damien Meyer / Getty.

Este texto es un adelanto de la trimestral Jot Down nº 45 «Irlanda»

Treinta tíos tirando a fortachones. Que corretean de un lado a otro sobre un campo esmeralda. Hay una pelota, hay porterías con formas anómalas, hay árbitros, hay entradas que estremecen tus huesos, hay choques que repiquetean en caderas, hay dientes volando y algo de sangre. 

Hay ochenta mil irlandeses cantando, riendo, disfrutando y abrazándose en las gradas. Hay banderas de pueblos, condados y una nación. Hay himnos que se repiten cada poco rato. 

Bueno, y golpes… Es que son muchos golpes, oigan. Y nosotros tiramos a simple.

Sean ustedes bienvenidos al maravilloso fútbol gaélico. 

Ese juego tan raro de los irlandeses

Vale… fútbol gaélico. O caid. O peil ghaelach. En fin, mejor fútbol gaélico. Cómo les explicamos a ustedes lo que es eso del fútbol gaélico. Porque vas a la Wikipedia, génesis de todo el conocimiento actual, y allí lo despachan con un «reglas similares a las del fútbol australiano, aunque no iguales». No tengo claro si pillar el fútbol australiano como modelo reglamentario es lo más correcto, eh. Y no tengo tampoco claro qué significa «reglas similares, aunque no iguales», oigan.

Tampoco nos vale lo de mezcla entre fútbol y rugby, porque el fútbol, ok, lo conocemos apriorísticamente, pero tiene esto del rugby entrañas como para volverte tarumba, que te tiras veinte años viendo rugby y aún hay cosas como para mirar al suelo cuando escuchas silbatos, no vaya a ser que te pregunte alguien.

Así que… descripción. Juego de pelota (de pelota de verdad, pelota de cuero, dura, contundente, inmisericorde, pelota que vuelve a casa por caminos embarrados, que bebe cerveza en el pub y ha comprendido el Finnegans Wake), campo rectangular (más grandote que el Bernabéu, las cosas ya saben que se miden en bernabéus), quince jugadores por equipo, se puede avanzar a patadas y pasándose el balón con las manitas, así, hop, golpe de puño o golpe de pulgar, como si sacase al vóley el niño gordo de la clase, que no se desenvolvía demasiado bien.

Prohibido dar más de cuatro pasos con la bola sin botarla o pasar, prohibido tirar a portería con la mano. Vale, partidos de sesenta minutos (setenta si se enfrentan contaes, porque en los derbis se goza mogollón), gana quien más puntos anote. Quien más puntos anote en la portería, solo que la portería es una portería, ok, pero también tiene palos paralelos que trepan más allá de los postes, y es mezcla entre fútbol y rugby (ya ven, al final caí en el tópico), y si hay gol vale tres, pero, si el balón se marcha por encima del travesaño (como en aquel penalti que usted tanto recuerda), pues te suman un punto, así que perfecto para punterones, tuercebotas y brutos con ganas de chutar muy fuerte…

Versión corta, escueta y positivista.

¿En la práctica? Pues pandemónium divertidísimo de golpes, placajes y no saber muy bien qué estás viendo, pero, oye, cómo mola eso que estás viendo. Digamos que el fútbol gaélico tiene un punto de salvajismo bastante acusado. No pidan aún las sales, no saquen conclusiones en caliente… todos los juegos de la antigüedad (todos los juegos que se han conservado más o menos como eran en origen) son así, porque nuestros bisabuelos metían el pie fuerte y no sufrían demasiado perdiendo molares. Y esto es antiguo de narices. Rituales religiosos celtas, divertimentos estivales en la Edad Media, una prohibición de 1527 allá por Galway que proscribe todos los juegos que no fueran anglos, porque ya empezaba el asunto a olernos muy celta… 

Antecedentes hay por toda Europa, dijimos, y básicamente consistían en enfrentar a dos barrios (o pueblos, o condados, o valles) en secular diversión consistente en llevar una pelota hasta la plaza (o iglesia, o casa del lord) del vecindario al que te enfrentas. Campos larguísimos, docenas de jugadores y menos reglamentación que un patio de colegio. O sea, que peligroso, potencialmente mortífero. Se ha atenuado hoy en el fútbol gaélico, pero sigue siendo solaz para personalidades bragadas…

Porque, eso, permitimos agarres por debajo de la cintura, permitimos golpes con saña, permitimos detener avances peligrosos con entradas aún más peligrosas. No llega a lo del calcio storico, pero tiene su punto. Cuentan que por eso lo prohibieron los ingleses, tan amigos de regulación, de normas, de reglamentaciones. Cuentan que lo veían demasiado salvaje (ellos, que inventaron el rugby). Fue excusita, porque lo realmente chungo para la Union Jack era su trasfondo. Su trasfondo cultural, identitario, político.

¿Arcaísmo? Pues claro que sí

Porque, a todo esto…, el siglo XIX. La Gran Hambruna, patatas pudriéndose, gente que muere, los ingleses silbando «Rule, Britannia! Rule the waves» mientras miran a otro lao. Y aumenta el sentimiento nacionalista en Erin, porque matar de hambre a tus hijos termina creando descontentos, vaya. 

Así que… una miaja de identidad, algo de historia y mucho empeño por diferenciarnos de los de enfrente. O sea, juegos gaélicos. Origen celta, como los cigarrillos. Y una Gaelic Athletic Association que se funda en 1884 (tempranísimo, oigan), y bajo cuya adscripción tenemos cosas como este fútbol gaélico, el hurling (locurón parecido a la cachurra cántabra, que mezcla palos, verde, pelotas y más palos, estos en sentido metafórico), el camogie (hurling femenino) y el handball (como irse al frontón a echar unas partidas, Patxi).

Así que esa Gaelic Athletic Association se convierte en elemento unificador, identitario y perfectamente reconocible por Irlanda, lo que no es decir poco. Miren un ejemplo: hasta 1971, quienes competían en deportes no célticos tenían prohibido entrar en esta asociación. Vamos, que muy irish. Muy de zonas rurales también, porque es donde arraigan más fácilmente todos estos asuntos. 

Actualmente la Gaelic Athletic Association cuenta con más de ochocientos mil miembros. Y cientos de clubes. Y mucha difusión. Y un aire a Sociedad de Amigos del País que promueve deportes, vale, pero también música tradicional, actividades folklóricas, narrativa, exposiciones, charlas. El celtismo en su máximo esplendor. No extraña que aquí, por la península, el caid tenga manifestaciones sobre todo en Galicia, por aquello del hermanamiento verdinuboso… 

Claro que también hay polémicas. Echen vistazo a fechas y similares, piensen con contextos históricos, piensen en Troubles. Si señalamos toda la trascendencia que tienen los deportes gaélicos para vehicular sentimientos contrarios a su Muy Graciosa Majestad, pues… Lo más gordo sucedió en 1920. Un Domingo Sangriento, al que luego se suman otros. Y eso, 21 de noviembre, partido de caid en Croke Park, gradas que no entra un alfiler, tensión palpable.

Esa misma mañana, la patrulla de Michael Collins ha matado a trece miembros de la patrulla de El Cairo, espías ingleses que se infiltraban y dinamitaban organizaciones proirlandesas. Así que el ejército británico entró a las bravas en Croke Park, y abrió fuego, y hubo un total de catorce bajas, y otros sesenta y cinco heridos. Cuentan que todo fue por azar… una moneda al aire decidió que la venganza iba a ser en el fútbol gaélico y no por la calle Sackville (actual calle O’Connell). Tras esto, la Gaelic Athletic Association incorporó su norma 21 al reglamento general: ningún miembro de las fuerzas de seguridad británicas puede participar de estos deportes…

(En 2011 se quebró la norma 21 con un partido que enfrentaba al equipo de la Garda irlandesa con el conjunto de la Policía norirlandesa. Fue en Croke Park, y marcaba un nuevo inicio, si quieren frases gruesas. Ah, ganaron los de la Garda).

Dos apuntes adicionales sobre Croke Park, porque tiene historia como para siete novelas de Flann O’Brien. En una de sus tribunas, la hill 16, arrojaron los escombros que había por la capital tras la revuelta de Pascua, año 1916. Vamos, que liminar con Irlanda misma. Y allí solo se jugaron deportes gaélicos… hasta 2007. El rugby, que pidió permiso, porque tenían Lansdowne Road en obras. Costó romper tradiciones, no crean, pero finalmente todos salieron contentos, porque fue en el Torneo de las Seis Naciones, y fue contra Inglaterra, y los verdes ganaron 43-13, y nunca antes habían metido semejante paliza al quince de la Rosa, y quedó el asunto la mar de simbólico…

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Una pugna por la pelota entre Evan Lyons, de Sligo GAA, y James Gallagher, de London GAA, en Sligo, Irlanda, 2022. Fotografía: Ray McManus / Getty.

Levantando pasiones a golpes de pulgar

Entonces… ¿curiosidad etnográfica? Oigan, pues no. O sea, que también, pero es que el fútbol gaélico arrastra multitudes. Cuentan que si el All-Ireland Senior Football Championship (fíjense en ese All-Ireland, que dice mogollón de cosas) es evento principal cada año en la isla, dicen que si los partidos finales se disputan en Croke Park, Dublín, con ochenta mil paisanos, pelirrojos y rubitos, bastante ebrios que aplauden y rugen. 

Para llegar hasta allí…, pues todos, desde ciudades grandes hasta aldeas donde solo hay pubs, duendes y vacas. Selecciones de los treinta y dos condados (insisto, miren lo de All-Ireland) que se agrupan en campeonatos provinciales: Munster, Leinster, Úlster y Connacht (aquí hay equipos de Nueva York y Londres, porque los irlandeses son muy irlandeses y mucho irlandeses, y más en la diáspora).

Eliminatoria directa, con los ganadores pasando a las finales y partidos entre quienes perdieron para seleccionar otros cuatro equipos. Al final, torneo definitorio a finales de verano hasta la gran cita. Es el tercer domingo de septiembre, fecha para apuntar si gustan ustedes de jacarandas.

Eso sí, con su miaja de tradicionalidad. Porque el fútbol gaélico es amateur, profundamente amateur, rabiosamente amateur. Vamos, que no cobras, solo trincas dietas y similares. Más aún…, que debes jugar con el equipo del pueblo, colega, que solo puedes cambiarte de zamarra si te mudas por curro o te casas con una moza del condado colindante.

Digamos que esto genera lazos, genera conexiones, genera una fortísima sensación de identidad. Genera, también, mil trapicheos para saltarse la norma, porque hay leyes porosas cual espuma de Guinness, pero tampoco vamos a ponernos cínicos a estas alturas de la peli…

Porque, además, nos asiste la historia. El primer ganador del All-Ireland fue Limerick, que venció a Louth en 1887. La liga española, para que se hagan idea (la liga de fútbol, la que sale en los telediarios durante ratos larguísimos), no debutó hasta 1927, así que vean distancias. Desde entonces… pues cada año tenemos un ganador del caid.

Sí, también durante las guerras mundiales; sí, también durante los Troubles. Kerry dominado, seguido de Dublín y Galway. Hasta diecinueve de los treinta y dos condados han trincado copa, con otros seis como subcampeones. Vamos, que extendidísimo. Vamos, que tradicional, que fiesta y celebración. La verbena de su pueblo, solo que con balones, hostias por debajo de la cintura y ochenta mil paisanos que gritan. 

No se lo pierdan, háganme caso.


Las reglas del fútbol gaélico

DURACIÓN. Los encuentros duran sesenta minutos divididos en dos mitades de treinta minutos. 

EQUIPOS. Los partidos se disputan entre dos equipos de quince jugadores cada uno. Cada equipo consta de un portero y catorce jugadores. Se permiten cinco cambios por partido. 

EL BALÓN. El balón es redondo y de cuero, parecido al de fútbol, pero algo más pesado, y se divide en gajos, como el balón de voleibol. 

PUNTUACIÓN. El objetivo del juego es introducir el balón en la portería contraria en más ocasiones que el otro equipo. La pelota debe pasar entre los palos verticales. Si lo hace por encima del travesaño, se anota un punto. Si pasa debajo, se anota un gol. Un gol equivale a tres puntos. El lanzamiento a portería debe efectuarse con los pies. 

DINÁMICA DE JUEGO. Se puede patear y manejar el balón con las manos. Hay una serie de operaciones no permitidas: cambiar de manos el balón; tomarlo del suelo con las manos; rebotarlo dos veces seguidas; forcejear por un balón que está en manos del rival; y más. Tampoco se permite dar más de tres zancadas sin soltar, pasar o rebotar el balón o hacer soloing (dejar caer el balón, patearlo hacia arriba y devolverlo a las propias manos). Para lanzarlo con las manos, el balón debe golpearse, no arrojarse. 

PLACAJES. Los placajes se acometen con los hombros o los brazos. Se considera falta empujar, derribar o tirar de la camiseta del rival. Tampoco se pueden emplear ambas manos para hacer un placaje o efectuar uno deslizándose. No está permitido tocar al portero dentro del área pequeña.

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