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Tenistas de dos metros: fiarlo todo al servicio hasta el aburrimiento final

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John Isner en el U.S. Open de 2011 (Foto: Cordon Press)

El 24 de junio del año 2010 se celebró el partido de tenis más largo de la historia. A un lado de la red Nicolas Mahut, clásico tenista de la escuela francesa, simple y educado hasta rozar lo aburrido. De los que no discute con los jueces. Al otro John Isner, un gigantón de dos metros ocho, movimientos torpes y gesto robótico. Fueron más de once horas de cañonazos que se prolongaron durante tres días. Aunque resulte paradójico, se jugó poco al tenis. El marcador final fue un auténtico disparate: 6-4, 3-6, 6-7, 7-6 y 70-68. Sucedió en la pista 18 del complejo londinense All England Lawn Tennis Club, donde se disputa Wimbledon.

Isner es un tipo inconfundible sobre la pista y no solo por sus más de dos metros de longitud. Es el más ilustre de una estirpe de tenistas que encontraron su espacio en el circuito de un modo, digamos, poco ortodoxo: fiar todas las opciones de triunfo al servicio y despreciar el resto de facetas del juego. En realidad, más que desprecio, es inoperancia. Porque estos gigantes con raqueta, tallados bajo un mismo patrón, con aversión hacia el polvo de ladrillo, no son atletas talentosos. Tampoco ágiles. Ni rápidos. Ni de tacto fino. Tan solo poseen una temible envergadura que, unido a un servicio portentoso en superficies rápidas, les permite darse alegrías en torneos de menor enjundia y batir a rivales de cierto prestigio de cuando en cuando. Que tampoco está mal.

John Isner y Nicolas Mahut posan junto a su marcador en Wimbledon (Foto: Cordon Press)

Ocho años después de aquel interminable encuentro sobre la hierba, Isner alcanzó su mejor resultado en un Grand Slam: semifinales. De nuevo sobre el verde de Wimbledon, con todo el respetable ataviado de blanco como mandan los sectarios cánones del torneo, el tenista de Carolina del Norte protagonizó otra jornada memorable. Fueron más de siete horas en pista contra el sudafricano Kevin Anderson, tenista de su misma casta, con dos metros tres de lozanía. Gigante contra gigante. Lo que sucedió, se podía sospechar.

Esa misma noche algún individuo con mucho poder y poca paciencia decidió que aquello no podía ser. Demasiada tortura para el distinguido público británico. Así, de manera caprichosa y con el evidente propósito de no parecerse al resto de los Grandes del circuito, solo faltaba, Wimbledon redactó su propia normativa. Qué paradoja, unos antisistema legislando. Y así resolvieron que, en caso de empate a 6 juegos en el quinto set, el duelo se prolongaría hasta el hipotético 12-12, pero no más. Si se alcanzara ese escenario, un tiebreak convencional sería el modo de cerrar el partido.

Kevin Anderson en el Miami Open de 2021 (Foto: Cordon Press)

Por cierto, tras vencer a Isner, Anderson perdió aquella final de Wimbledon contra Djokovic. Aun así, fue el mejor año de su vida, con dos títulos ATP (Nueva York y Viena) y alcanzando la quinta posición del ranking mundial. Desde entonces, vive atormentado por un rosario de lesiones que le obligó a abandonar la raqueta en marzo de 2022. Demasiados dolores físicos y también mentales. Pero gracias a una invitación al torneo de Newport el pasado mes de julio, el gigante de Johannesburgo ha vuelto a saltar a la pista para darse una última oportunidad.

La vida de Kevin Anderson guarda sorprendentes paralelismos con la de Milos Raonic, otro tipo que, más allá de los fanáticos del tenis o las fronteras de Canadá, nadie reconocería si lo encontrase en un ascensor. Otro gigante esculpido de abajo a arriba, de brazos larguiruchos y una generosa colección de limitaciones. Tampoco es extraño. Arrastrar de un lado a otro casi 100 kilos desde su metro noventa y seis no debe ser fácil. Por eso su juego es de los más anodinos que se han visto en el circuito.

Y es que Raonic, como si le cobrasen alquiler por la pista, no pierde el tiempo. Es enemigo del intercambio largo. El punto, cuanto más corto, mejor. Más opciones hay de llevárselo. Si el rally -término que se emplea para denominar al número de golpes que se da a la pelota hasta finalizar un punto- se alarga en exceso, el canadiense huye hacia adelante. Error no forzado o winner. Pero rápido pone fin al suplicio de tener que desplazarse por la pista.

Milos Raonic en el National Bank Open de Toronto en 2023 (Foto: Cordon Press)

Si no fuera por la existencia de Ivo Karlovic, el bueno de Milos ostentaría el honor de ser el tenista más previsible y aburrido del circuito. Pero hasta para eso la competencia en la ATP es feroz. Más allá de los rostros reconocibles, el circuito masculino esconde una fauna que bien merecería un estudio antropológico. Y en ese supuesto, una de las piezas a explorar con más detenimiento sería la de Karlovic. Sus dos metros once de altura, más propios de un pívot de los Cavaliers que de un tenista, marcaron el «techo» del circuito durante años.

Nacido en Zagreb a finales de los setenta, Ivo fue uno de los niños de la Guerra de Croacia. Su adolescencia transcurrió entre refugios mientras aviones militares sobrevolaban las calles de la capital. Solo cuando el conflicto civil daba sus últimos coletazos, se escapaba al caer la noche en busca de alguna pista de tenis libre. Antes, el régimen comunista del país permitía a los niños disfrutar gratuitamente de los clubes deportivos. Pero Ivo Karlovic ya no tenía con quien jugar, pues la guerra le había robado la posibilidad de relacionarse abiertamente con otros chicos de su edad. Así que jugaba solo. Un saque. Y otro. Y otro más. Horas y horas sacando y, enfrente, nadie que devolviera el servicio. Si al menos hubiese tenido un «dragón» como el de Agassi, capaz de escupir pelotas de manera infinita…

La economía de la familia Karlovic tampoco era la más boyante tras aquellos años de guerra. Y sin saber hacer otra cosa que lanzar con violencia la pelota por encima de la red, decidió que la única escapatoria era el tenis. Ivo llegó al top 100 a la edad de 24 años y vivió de su pasión hasta los 40, convirtiéndose en el tenista en activo más longevo del circuito.

Ivo Karlovic en Roland Garros 2020 (Foto: Cordon Press)

Su vida podía haber dado un giro trágico en abril de 2013, cuando una mañana cualquiera se levantó sin sensibilidad en el brazo derecho. No era el típico hormigueo de una mala postura en la cama. Al cabo de unas horas le costaba hablar y perdió la memoria hasta el punto de no recordar ni los nombres de su familia. Encefalitis. Una patología que causa inflamación en el cerebro y fuertes dolores de cabeza. Una enfermedad de gigante.

El currículum de Ivo Karlovic es tan singular como su propia vida. Nadie le recordará por los 8 títulos ATP logrados, sino por las cifras que adornan sus numerosos récords al servicio. Fue el primer tenista de la historia en alcanzar el listón de los 13 000 aces. También posee el mejor promedio de saques directos por partido con 19,1. Y el que más juegos de servicio gana: 9 de cada 10. Hasta el 24 de junio de 2010 Karlovic también ostentaba el récord de aces en un solo partido. 78. Pero un francés simple y educado hasta rozar lo aburrido, y un gigantón de movimientos torpes y gesto robótico se lo quitaron a la par en un encuentro celebrado en la pista 18 de Wimbledon.

En una ocasión, jugando Karlovic el torneo de Bogotá, su rival de aquella tarde, Dudi Sela, de 1,75 de estatura, se encaramó a lo alto de una silla para poder saludarle al finalizar el partido. Cómico y brillante a partes iguales. Una anécdota, sin más.

La 143ª edición del Abierto de los Estados Unidos fue el último torneo del genuino John Isner. Su despedida. O como dicen ahora los modernos, recuperando el simbólico eslogan de Phil Jackson, entrenador de los Chicago Bulls, el último baile. Colgó la raqueta como el tipo que sumó más saques directos en la historia del tenis. Más de 14 000 ejecuciones limpias sin opción de devolución al resto. Y también como el gigante culpable de que Wimbledon limitase el tanteador del quinto set. Un americano forzando a los británicos a cambiar su tradición. Qué fantasía.

Un comentario

  1. El señor que ha escrito este lamentable artículo, aparte de maleducado, no tiene ni pajolera idea de tenis. Se creerá que por escribir de forma agresiva y despreciar a unos tíos cuya carrera ya la querrían el 99% de los tenistas, resulta un periodista guay y atrevido. Gran error. Por favor que vuelva Guillermo Ortiz.

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