Atletismo

Los orígenes de Nike: cuando el deporte sucumbió a un gofre

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Bill Bowerman
Si Barbara Bowerman no hubiera sido una gran cocinera de postres no conoceríamos el atletismo tal como es, vistoso y competitivo. En el que los corredores batallan contra el viento y los rivales, y no contra el lastre de sus zapatillas. Sin ella, por lo menos, este deporte no hubiera evolucionado tan rápido como lo hizo a partir de los años 70. Entre sus postres favoritos estaban los gofres y tenía una buena plancha para hacerlos. Su marido, que un poco más y se carga el matrimonio por desvivirse por el atletismo, se fijó un día en aquella máquina y vio la revolución en los pies de sus corredores. Barbara, en cambio, por amor y llena de paciencia, no volvió a verla nunca más.

Su marido no era otro que el legendario Bill Bowerman, quizá el mejor entrenador que ha tenido el atletismo de Estados Unidos. Además de formar a 33 atletas olímpicos, vivió obsesionado con hacer más fácil la trayectoria de sus chicos en la pista. «Dios determina lo rápido que vas a correr. Yo solo puedo ayudar con la mecánica», les decía cuando llegaban a la Universidad de Oregón, donde entrenó durante 24 años. Por entonces, las zapatillas de correr eran verdaderos muertos y se convertían en una prisión de alambre de espino para los fondistas. Así que en su tiempo libre probaba nuevos materiales y diseños para aligerar el peso de la zancada contra el suelo.

Mientras Bowerman innovaba, un exatleta suyo, Phil Knight, se dio cuenta de que las cosas le irían mejor en los negocios que sobre la pista e introdujo la comercialización de las zapatillas japonesas Onitsuka Tiger en Estados Unidos. Dio unas cuantas a Bowerman para que las vendiera a sus chicos, pero la respuesta de su mentor fue otra: le pidió ser su socio y le dijo cómo las mejoraría, cansado de que las marcas de calzado norteamericanas le dieran con la puerta en la cara cuando presentaba sus innovadoras ideas. Y funcionó. En 1964 crearon Blue Ribbon Sports, una filial de Tiger. Ambos pusieron 500 dólares en el bote e hicieron un primer pedido de 300 pares. Les fue bien. Tanto que el primer año obtuvieron 8000 dólares. A partir de ahí, comenzaron a gestar su propia empresa. En 1968, tras decenas de prototipos, se lanzó el primer diseño de Bowerman: las Onitsuka Cortez. Aún les fue mejor y las ventas ascendieron a 800.000 dólares. Y eso que Bowerman no vio la luz en la máquina de Barbara hasta un domingo de 1971.

«La mayor mejora está hecha por el hombre que trabaja de manera más inteligente», dijo Bowerman. Y eso hizo: pensar. De cara a la galería, lo que importa es ganar al cronómetro. Pero no solo se trata de volar sobre la pista. El peso y el rozamiento son fundamentales y cuanto menores sean, mejor. Los podómetros determinaron que para correr los 1609 metros de una milla se tenían que dar 880 pasos. Bowerman calculó que si quitaba 28 paupérrimos gramos a una zapatilla, los corredores levantarían 24,640 kilos menos con cada pierna. En total, se ahorrarían el esfuerzo de alzar casi 50 kilos por cada milla recorrida.

La suela con forma de gofre materializó ese cálculo. En su taller lleno de zapatillas esparció caucho líquido en los 15 centímetros de la plancha de Barbara. El resultado fue una suela en forma de rejilla, con protuberancias. Era ultraligera, amortiguaba los golpes y tenía mucha tracción. Y con ella llegó la revolución de los calzados livianos, rápidos y cómodos, así como la eclosión de algo realmente grande.

Para probar todas sus ideas revolucionarias, Bowerman optó por un atleta que estaba escribiendo una página en la historia del atletismo: Steve Prefontaine, su chico predilecto, una joya que destrozó 15 récords nacionales antes de morir precipitadamente a los 24 años. «Necesito más resistencia al aire», soltó el fondista en tono jocoso al probar el primer diseño. «Quiero un par», pidió acto seguido. Antes, había volado con unas zapatillas de cuero que solo pesaban 85 gramos cada una y que su entrenador hizo exclusivamente para él. Ese chaval, con tal solo 23 años, también fue el primer atleta patrocinado por la compañía de Oregón. Recibió 5000 dólares y, como agradecimiento, retó a Bowerman a crear un mejor calzado que aguantara dignamente una carrera de fondo.

Bowerman y Knight tenían un material y unos diseños revolucionarios, un éxito temprano y muchas ideas en mente. Todo lo necesario para acabar de triunfar. Y lo hicieron. En 1971 un estudiante les diseñó el Swoosh, el logo de su futura empresa, por 35 dólares. Las relaciones con Onitsuka Tiger se rompieron y en 1972, tras pensar mucho en el nombre que substituiría a Blue Ribbon Sports, conjugaron una nueva marca que honrara a los atletas: Niké, la diosa griega de la victoria, capaz de correr y de volar a gran velocidad. En los Juegos Olímpicos clásicos presidió las competiciones atléticas. Las Olimpiadas modernas le rinden tributo en las medallas, en las que aparece desde Amsterdam 1928 con la corona de laurel en el reverso.

Bowerman se llevó consigo los modelo que había desarrollado para Onitsuka y Nike se presentó en público con un diseño reformulado de las Cortez, hecho para los corredores norteamericanos de los Juegos Olímpicos de Múnich. El mismo año también presentaron las primeras zapatillas con la suela Waffle —gofre en inglés—, las Moon Shoe, que rememoraban las huellas que (supuestamente) dejaron Neil Amstrong y compañía en la Luna. Posteriormente llegaron las Waffle Trainer, las Oregon Waffler y otras decenas de zapatillas que rinden homenaje al estado natal de Bowerman, meca del atletismo norteamericano gracias a él, y a la famosa suela.

El resto de la historia de la multinacional ya la conocen o la pueden encontrar en infinidad de libros. Pero una plancha para hacer gofres firma los orígenes de Nike. Bowerman, alejado de los flashes que sigue atrayendo Knight, fue la principal fuente de desarrollo de la compañía. Aportó la filosofía y el conocimiento técnico del deporte. Murió la Nochebuena de 1999. Barbara falleció hace tres años. Su máquina, mucho antes. Resistió pocos gofres de caucho, los necesarios para revolucionar el calzado deportivo, como comprobó un hijo del matrimonio cuando la encontró en 2010.

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