Opinión

De «Míchel, maricón» a la campaña de Borja Iglesias contra la homofobia: no estamos tan bien

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Borja Iglesias (Foto: Cordon Press)

En el libro No estamos tan bien, Rubén Serrano, periodista especializado en realidad LGTBI, escribe: «La presión que el patriarcado pone sobre nuestros cuerpos, vidas y expresiones es tan grande que optamos por la autocensura para poder vivir en paz». Pienso en ello cada vez que alguien se pregunta, muy sorprendido, cómo es posible que en España no haya ni un solo jugador que públicamente afirme que es homosexual. No hace mucho le pregunté a un futbolista campeón del mundo con la selección y con una larga trayectoria profesional si había conocido o coincidido con algún gay durante su carrera por diversos clubes y países. No le pedía nombres, ni detalles, ni si había sido en un equipo o en otro, solo si sabía. Su respuesta fue que nunca, jamás, se topó con uno. Y mi sospecha es que algo así es posible porque el fútbol sigue siendo uno de los reductos de la masculinidad por antonomasia.

Es bastante probable que el futbolista célebre en cuestión no conociera a ninguno porque sus compañeros gais se han ido quedando por el camino, porque les han ido expulsando de una estructura en la que expresiones como «nenaza» -cuando no «maricón»- son habituales, en las que se perciben como bromas o comentarios sin importancia las burlas -cuando no el acoso- al diferente. Ni siquiera está bien visto mostrar emociones a no ser que suene el himno o se haya ganado o perdido un título; entonces sí, está autorizado. Lo demás es un signo de debilidad, un síntoma de que el sistema falla. No resulta difícil imaginarse a un niño, un adolescente, un joven, que va subiendo de categorías mientras a su alrededor se fomenta al macho y se persigue al raro. Si llegan al fútbol profesional tampoco cuesta demasiado imaginar la presión que han soportado durante años para que nadie les identifique como homosexuales. Probablemente se hayan pasado la vida disimulando para poder vivir en paz y practicar y ejercer el deporte que les gusta y para el que estaban capacitados.

Ahora, últimamente, se les pide -cuando no se les exige- que salgan del armario para que sirvan de ejemplo y como referente. Y vuelvo otra vez a Rubén Serrano: «Salimos del armario porque nos encierran en él. No hemos entrado voluntariamente. El sistema cisheterosexual en el que vivimos nos empuja a vivir entre cuatro paredes de madera. Cualquier persona que no tenga esta orientación sexual o que sienta que su sexo asignado al nacer no concuerda con su identidad de género es automáticamente diferente, queda catalogada y definida en términos de otredad y se relega a un armario. Una vez contenidos ahí dentro, estamos silenciados y pasados desapercibidos, pero, en el momento en el que nuestra disidencia se hace evidente, aparecen la mofa, el menosprecio y la violencia para volver a silenciarnos. Del armario no tendríamos que salir porque en el armario no nos tendrían que meter».

De estadios enteros coreando el «Míchel, Míchel, Míchel, maricón» a la aplaudida campaña de Borja Iglesias en redes contra la homofobia han pasado casi 30 años. Y sí, hemos evolucionado, pero no hay más que echar un vistazo a lo que está sucediendo en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas con la llegada de la ultraderecha a las instituciones en las que incluso persiguen símbolos como las banderas LGTBI para darse cuenta de que no estamos, ni mucho menos, tan bien. Así que menos interpelar a colectivos minoritarios pidiéndoles valentía y más crear un entorno, una sociedad, en la que se sientan seguros y no se vean abocados a esconderse, disimular y estar silenciados o a exponerse por encima de sus posibilidades con el consiguiente perjuicio para sus carreras profesionales, su integridad física y/ o su salud mental. Si no hay un solo futbolista en este país que haya salido del armario es porque entre todos le hemos metido dentro.

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