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Luis Enrique, los «dientes, dientes» de la Pantoja y el fútbol que pone a cada uno en su sitio

La selección española depende de sí misma para pasar a octavos de final. Si gana a Japón el próximo jueves, está hecho y como primera de grupo. No pudo coger el billete ante Alemania pese a adelantarse con un gol de Morata en el 62’, al que respondió Füllkrug en el 83’ en un buen partido en general. «Nos ha faltado finura y frescura», resumió Luis Enrique. Para contextualizar, hace una semana Argentina era considerada como una de las candidatas al título mundial y después de perder ante Arabia Saudí y firmar una primera parte espantosa ante México, Messi salió al rescate. El fútbol es así y Alemania es Alemania, como diría Mariano Rajoy que encima debe cobrar una pasta gansa por cada frase de perogrullo.

España es una selección de autor. Es imposible explicarla o analizarla sin fijarse en quien la maneja. Y Luis Enrique, haga lo que haga, seguirá estando bajo sospecha. Ya sea por los jugadores que convoque, porque el pantalón sea rojo igual que la camiseta o porque decida comunicarse por redes sociales para explicar que se come cinco o seis huevos al día. Él, lejos de esconderse, se expone todavía más. Le va la marcha. «Soy así de gilipollas», asumió en la previa del choque ante Alemania. Para la España folclórica viene a ser el «dientes, dientes, que es lo que les jode» de la Pantoja, salvo por un detalle que no es menor: él no parece impostar ni forzar la sonrisa.  Hace lo que le da la gana y no parece necesitar la aprobación externa. Son lentejas; o las tomas, o las dejas.

No hace falta haber estado mínimamente cerca de un equipo de fútbol para saber de la importancia que tiene el entorno, el ambiente que se crea alrededor. En cualquier trabajo importa que el jefe vele por ti, te dé confianza y una red de seguridad y que el compañero esté contento con el curro, el sueldo y el amo. El ecosistema cerrado de un equipo, eso sí, lo eleva al cubo. Los futbolistas suelen ser desconfiados y gregarios y forman una tribu de la que después suelen depender los éxitos deportivos. Cuanto más compacto sea el clan, mejor. Y Luis Enrique, sin duda, es el chamán, el jefe, el capitán y el líder.

La selección que dirige es la tercera más joven que participa en Qatar solo por detrás de Ghana y Estados Unidos. De los veintiséis convocados, veinte no tenían experiencia previa en un Mundial. El técnico asturiano no ha formado solamente un equipo, sino a un ejército. Son soldados entregados a la causa y él se pone gustosamente a sus espaldas el peso, la atención y las críticas. Daría para un estudio sociológico lo que ha hecho abriéndose un canal de Twicht en el que se presentó con la frase «voy cuesta abajo y sin frenos» y que ha dado la vuelta como a un calcetín a la percepción que de él se tenía; de un tipo avinagrado, un cactus, al simpático, dicharachero y cercano que suelta con total naturalidad que Ferran Torres es el novio de su hija y muestra que tiene a Aspas en el Fantasy, la competición virtual de la Liga, porque no tiene nada que esconder. Ni nadie a quien temer.

El Luis Enrique sin filtros que está mostrando en sus redes se ha topado además con una oposición que seguro que se esperaba porque el periodismo deportivo es también un clan. Uno alérgico a los cambios y que no tolera revoluciones. Como mucho, ponerse corbata para salir en la tele en lugar de un jersey y, eso sí, sin ninguna mujer presente porque pa qué. Si ellos se lo guisan y ellos se lo comen.

El panorama es incierto, pero el camino entretenidísimo. Mientras cada día que pasa el seleccionador suma adeptos y suscriptores con su discurso desenfadado atento a la cita de las ocho de la tarde por pantallas, al final serán los resultados los que terminarán mandando y avalándole. Si gana, será el rey. Si pierde, un mendigo. Tiene toda la pinta de que gane o pierda, él lo habrá disfrutado y que otros parece que lo llevan sufriendo, padeciendo, desde que le nombraron seleccionador. Quizás por eso, por el buen rollo que transmite y el entusiasmo con el que está viviendo el trayecto, haya ya ganado. Pero el fútbol, al final, no es un concurso de popularidad por muchos dientes que enseñes y coloca a cada uno en su sitio.

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