
Elizaveta Tuktamysheva fue campeona del mundo y de Europa de patinaje artístico, y aun así necesitó casi toda una carrera para averiguar qué se sentía al salir al hielo sin miedo. Lo cuenta en una larga conversación con la periodista rusa Irina Shikhman para el programa А поговорить?, en la que repasa la violencia de los entrenamientos, los problemas alimentarios y el uso de laxantes para controlar el peso, el acoso de un desconocido, la obsesión por la perfección y el aislamiento internacional que terminó empujándola fuera de la competición.
La entrevista comienza en una pista de hielo de Israel, donde la patinadora, acostumbrada a ejecutar algunos de los saltos más exigentes de su disciplina, se enfrenta a una experiencia que no había probado nunca, la de calzarse unos patines de hockey. Al llegar a una pista de hielo en Israel, la periodista observa a una madre que grita en ruso a su hija pequeña; le reprocha que no se esfuerce lo suficiente pese a aspirar a ganar el oro. Tuktamysheva reconoce la escena como bastante más frecuente de lo que imaginamos. Algunos padres, explica, descargan sobre sus hijos las ambiciones que ellos mismos nunca pudieron satisfacer, sin reparar en que las probabilidades de que un niño llegue a campeón olímpico son diminutas y en que las secuelas psicológicas, en cambio, pueden acompañarlo el resto de su vida. «Un niño debe saber que sus padres lo quieren simplemente porque existe, no porque haya patinado bien o ganado una competición», sostiene.
Ese mundo lo conoce desde dentro, porque empezó a competir siendo muy pequeña y a los nueve años ya viajaba a San Petersburgo con su entrenador, un cambio que partió en dos su infancia y que la convirtió, según sus propias palabras, de niña despreocupada en «un robot que simplemente ejecutaba lo que le ordenaban». Recuerda el miedo que la atenazaba cada vez que pisaba el hielo, aunque hoy ya no sea capaz de precisar a qué temía exactamente, y recuerda también que su entrenador encarnaba una autoridad que no admitía réplica, de modo que aprendió a no expresar lo que sentía, a no contradecir una sola instrucción y a responder que todo iba bien incluso cuando no era cierto. Cuando Shikhman le pregunta si los entrenadores gritaban o pegaban a los niños, la respuesta llega sin rodeos —«me gritaban, pero no me pegaban»— aunque explica que los castigos físicos sí han existido en las escuelas de patinaje rusas y, hasta hace relativamente poco, levantar la mano contra un menor podía pasar por una práctica aceptable.
Pese a todo, Tuktamysheva cuenta que amaba patinar. Este deporte le permitió salir temporalmente de Glázov, su pequeña ciudad natal, viajar a Italia, a España y a Andorra, hacer amigos de otros países y descubrir que existía un mundo mucho más grande que el de su niñez. Cuenta que desde los cinco o seis años, los patinadores se acostumbran a que sean otros quienes fijen su valor mediante una puntuación, y esa dependencia, según Tuktamysheva, acaba filtrándose en la vida cotidiana hasta el punto de que una crítica desfavorable puede sentirse como un fracaso personal completo. Ella misma admite que todavía tiene que pelear contra ese mecanismo, después de años recibiendo comentarios sobre su estatura, su peso, sus dedos o su aspecto, y que fue la terapia lo que le permitió comprender que no tenía ninguna obligación de gustar a todo el mundo.
La presión sobre el cuerpo se vuelve asfixiante en la pubertad, cuando una patinadora crece, gana peso y ve cambiar sus proporciones, y los saltos que antes salían con naturalidad se convierten de pronto en un problema técnico que obliga a reconstruir la coordinación mientras el calendario de competiciones sigue exigiendo resultados. Tuktamysheva reconoce que llegó a tomar laxantes para adelgazar, unos productos que había conocido a través de otras patinadoras y que la metieron en una dinámica absurda en la que perdía líquidos y no grasa, se hinchaba después y volvía a recurrir a las pastillas para corregirlo. «Es un círculo vicioso. Necesitas tomarlas para parecer normal, pero al mismo tiempo te están destruyendo». Su reproche más duro va dirigido a la ausencia de nutricionistas y profesionales de la salud capaces de acompañar a las adolescentes en esa transformación, porque a su juicio son demasiadas las deportistas que tienen que resolver a solas problemas para los que nadie las ha preparado. Su recuperación empezó el día en que decidió dejar de pesarse y permitirse comer con normalidad. Notó mejorías durante las primeras semanas y cuenta que necesitó un verano entero para recuperar una relación más sana con su propio cuerpo.
La conversación aborda también un episodio reciente de acoso que arranca en enero de 2025, cuando un hombre empezó a esperarla junto a su coche a la salida de los espectáculos y, tras ver rechazadas sus invitaciones, averiguó dónde vivía, se presentó en su domicilio, dejó flores y llegó a hacerse con las direcciones de su madre y de su hermana. Tuktamysheva empezó entonces a salir acompañada y a comprobar de manera obsesiva que había cerrado la puerta de casa, y lo que más la indignaba era la desprotección frente a alguien que, sin haber ejercido todavía violencia física, había conseguido robarle la tranquilidad. «¿Por qué tengo que cambiar mi vida si el origen del problema no soy yo?», se pregunta. Un fiscal del distrito de Petrogrado se puso en contacto con ella para ofrecerle ayuda. Aunque la situación se ha tranquilizado, Tuktamysheva confía en que las gestiones emprendidas sirvan para poner fin al acoso.
Aquella experiencia enlaza con otra de sus preocupaciones, la violencia doméstica, a la que dedicó un número en un espectáculo televisivo en el que denunciaba el control y el maltrato dentro de la pareja. La cadena lo anunció como una representación de las «relaciones tóxicas», una etiqueta que a ella le parece insuficiente, porque distingue con claridad entre una relación conflictiva y otra en la que una persona ejerce un control sistemático sobre la otra, y porque sabe que la violencia puede manifestarse mediante la vigilancia de las llamadas, las amistades, la ropa y los movimientos, sin necesidad de llegar a la agresión física. Tras la emisión recibió mensajes de mujeres que habían vivido situaciones parecidas y que encontraron en su actuación una forma de verse reconocidas.
El aislamiento internacional de los deportistas rusos ocupa otro de los tramos centrales de la charla. Tuktamysheva defiende que los atletas puedan competir bajo bandera neutral y comprende a quienes cambian de nacionalidad para seguir adelante, convencida de que privar a un deportista de las grandes competiciones equivale a arrebatarle una parte esencial de su oficio. Admite que la falta de pruebas internacionales fue determinante en su retirada, porque seguía en buenas condiciones físicas y, sin embargo, había perdido la motivación, ya que los campeonatos nacionales, por importantes que fueran, no podían sustituir la experiencia de medirse con los mejores del mundo. Deja abierta, eso sí, la puerta a un regreso si las circunstancias cambian.
Paradójicamente, uno de los momentos más felices de su carrera llegó cuando ya contemplaba abandonar la competición. Durante unos patinajes de control ante el público en el estadio Megasport, una presentación de los programas preparados para la temporada, salió al hielo sin la sensación de tener que demostrar nada, y pudo concentrarse en la música, en los movimientos y en el simple placer de patinar. «Sentí una libertad extraordinaria. Pensé: ¿cómo se puede conseguir algo así durante una competición?». Aquella tarde le permitió recuperar algo que llevaba décadas olvidado: que su identidad no dependía de las puntuaciones, de las medallas ni de los comentarios ajenos.
Recuerda entonces una conversación entre un monje y una mujer angustiada por la opinión de los demás, en la que él le propone imaginar una montaña por la que, cuanto más ascienda, más lejos quedarán quienes intentan herirla desde abajo, hasta que sus palabras dejen de alcanzarla. Tuktamysheva encontró en esa imagen la explicación de lo que llevaba años buscando sin nombrarlo, que no consistía en sentirse superior a nadie sino en levantar una fortaleza interior a la que nadie pudiera entrar sin su consentimiento: una montaña propia, lo bastante alta como para que las voces de los jueces, de los entrenadores y de los espectadores dejaran por fin de oírse.
