
El Santiago Bernabéu es una fiesta. España acaba de ganar su primera Copa de las Naciones Europeas (lo que hoy sería la Eurocopa) y los jugadores celebran el título sobre el césped, rodeados de aficionados y reporteros. Marcelino, el héroe de la final contra la Unión Soviética, acaba de marcar el 2-1 en el minuto 84: Chus Pereda, tras deshacerse de Viktor Anichkin, ha enviado desde la derecha el centro que el delantero gallego ha rematado de cabeza para batir a Lev Yashin, que trataba de explicarse bajo los palos cómo el balón había podido entrar por ahí.
Cuatro años antes, España ni siquiera había llegado a jugar contra la Unión Soviética. El régimen de Franco, incapaz de aceptar que la selección se enfrentara al equipo de un país comunista, impidió que disputara los cuartos de final del torneo de 1960, lo que obligó a España a retirarse de la competición. El 21 de junio de 1964, sin embargo, las circunstancias eran otras. La dictadura, consciente de la repercusión internacional del torneo que se celebraba en casa, permitió que la selección se midiera por fin a los soviéticos. La victoria serviría para alimentar la propaganda franquista, que encontró en el fútbol una oportunidad de exhibir ante Europa los supuestos logros del régimen. «Es el espaldarazo que reconoce nuestros valores deportivos ante cien millones de europeos que han contemplado el encuentro en televisión», diría el No-Do.
El capitán Ferran Olivella, junto al seleccionador José Villalonga, recibe el trofeo Henri Delaunay de manos de Gustav Wiederkehr, presidente de la UEFA, mientras los jugadores soviéticos se dirigen al vestuario cabizbajos y los aficionados nacionales saltan al verde, en concreto un tipo con gafas de sol, camisa blanca, vaqueros y mocasines blancos que es interceptado por un miembro de la organización. Olivella declaraba ante la prensa que la «victoria se la ofrecemos en primer lugar al Generalísimo Franco, que ha venido esta tarde a honrarnos con su presencia y animar a los jugadores, quienes han hecho lo imposible por ofrecer al Caudillo y a España este sensacional triunfo». Villalonga, mientras tanto, «sale en hombros como los buenos toreros». Lo mismo sucede con Olivella después, que era aupado por el joven que unos segundos antes no había podido superar la barrera de seguridad y de fotógrafos.
El tipo en cuestión no lo sabe, pero aparecerá en la fotografía de Teodoro Naranjo que ocupará la portada del diario ABC del 23 de junio. Ferran Olivella tampoco sabía que iba sobre los hombros de Antonio El Pechu, un comunista dedicado al contrabando.
Antonio «quería mucho»
«¿Qué quieres saber de él?», pregunta el hijo de El Pechu, que comienza a narrar desde el principio, cuando nace su padre, en 1945. Antonio, que así se llamaba el protagonista de la siguiente historia, era madrileño y vivió casi siempre en Usera. «La casa que le compró más tarde a mi abuela ya estaba reformada, pero antes era una chabola. En esa zona también había pasadizos. Hay gente que tiene tres pisos porque lo de abajo estaba hueco. Estaban los túneles de la guerra y el colegio de monjas se comunicaba con el de los curas», continúa el entrevistado para hablar del «túnel de la muerte», donde entre octubre y noviembre de 1937 fueron asesinadas decenas de personas.
Advierte que prefiere mantenerse en el anonimato y que todavía hay demasiadas cosas que no sabe de su padre. O que no sabe del todo, porque lo que le han contado de El Pechu venía de su abuela paterna, de su hermanastro o de su madre biológica, Rafaela, la cual, según el hijo, puede haber distorsionado sus recuerdos debido al dolor que ha sufrido. «Se casaron en 1972 y yo nací en el 76, pero mi madre se divorció de él creo que en el 82 o en el 83. Ella decía siempre que quiso mucho a mi padre, pero que él «quería mucho». La madre de mi hermanastro, que es con la que yo me llevo bien, fue su amante cuando ella tenía entonces 18 o 19 años. Pero tengo relación con ella porque también nos ha cuidado», cuenta.
Un día, Rafaela se encontró con la amante de su marido caminando por la calle. Cuando llegó a su altura, la paró y le dijo: «¿Tú quieres a Antonio? ¿Vas a cuidar de mis hijos? ¿Sí? Pues que te aproveche. Te va a hacer mucho daño». Entonces, el entrevistado tenía cerca de ocho años y vivía con su abuela, que se dedicaba a la venta de flores en la calle. «Me preguntaron dónde me quería quedar cuando se divorciaron y yo contesté que con mi abuela, así que vivía en Usera de lunes a viernes y los fines de semana, en Aluche. Mi padre vivía en otra casa con esta mujer (su amante) y su hijo (mi hermanastro)», continúa. «Mi padre quería mucho a mi abuela. Ella le ha consentido y le ha perdonado todo. Pero su hermano, mi tío, era muy recto, muy de derechas, y no hacía nada más que pedirle dinero a mi padre y él se lo daba, aunque ahora lo niegue».
No era la primera vez que El Pechu tenía una aventura. Cuando conoció a Rafaela, a finales de la década de los sesenta, Antonio trabajaba en una bodega repartiendo y robó una moto para ir hasta Alicante para estar con una chica más joven que él que había conocido. O eso le parece a su hijo, que ha ido atando cabos con el tiempo. Esto le hace recordar la escena del quinto episodio de la primera temporada de Los Soprano, cuando Meadow le pregunta a Tony Soprano si trabaja para la mafia:
Meadow Soprano: ¿Tú eres de la mafia?
Tony Soprano: ¿Si soy de qué?
Meadow Soprano: Del crimen organizado o como se llame.
Tony Soprano: Eso es una parida. ¿Quién te ha dicho eso?
Meadow Soprano: Llevo viviendo en casa toda la vida. He visto aparecer a la policía con órdenes de registro y que se te llevaban.
Tony Soprano: ¿Y nunca has visto al doctor Cusamano salir de noche por una urgencia?
Meadow Soprano: ¿Sus hijos han encontrado alguna vez cincuenta mil dólares y un 45 automático mientras buscaban huevos de Pascua?
20 Claveles
Antonio El Pechu había vivido muy bien. Hizo dinero y lo que ingresaba acababa gastándolo, siempre manteniendo un cierto perfil bajo, «como una persona normal», subraya su hijo, que empezó a darse cuenta de que, sin embargo, sí había cosas que no eran normales, como descubrir que el hueco del pedestal del lavabo estaba lleno de billetes, igual que el somier de la cama, bajo el colchón. Veía, se callaba y no preguntaba, y mucho menos cogía el dinero que se había encontrado. Pero ¿de dónde salía toda esa pasta? «Mi padre decía que no le hacía daño a nadie. De hecho, la casa de la que te hablaba antes, en la que vive ahora mi hermana, se la compró mi padre a mi abuela», así como una tienda de flores en el Mercado de Usera.
Cuando le preguntaban, Antonio siempre decía que trabajaba en la empresa que tenía su hermano o en sus negocios, como el mentado puesto de flores, donde solía recibir pedidos telefónicos de «20 claveles» que preparaba en el almacén del comercio de su propia madre. Al entrevistado le parecía que «20 claveles» daban para mucho por las ingentes cantidades de dinero que estaban repartidas por toda la casa e incluso en aquel cobertizo que una noche fue asaltado, cuando alguien reventó el candado y dio una patada a la puerta de madera. «Se llevaron más de 20 millones de pesetas de la época que tenía ahí guardados».
El principal sospechoso era el guarda del mercado, el único que sabía qué era lo que se custodiaba en la trastienda del negocio de flores de la abuela. Verle de repente tan bien vestido levantaba la liebre. Aquello no hizo sino reforzar las sospechas de Antonio, aunque no consta que llegara a demostrarse quién cometió el robo realmente.
¿Envidia? ¿Celos? Claro, la floristería iba tan bien que a lo mejor podía ser eso, ¿no? Es lo que pensaba el entrevistado, que sitúa el robo en 1987, cuando él había cumplido 11 años, edad a la que empezó a atar cabos, aunque no fue consciente de la gravedad del asunto hasta dos años más tarde, momento en el que dio con un ejemplar de El País del 16 de diciembre de 1978.
Banda internacional
«Espectacular atraco de quince millones en el Mercado Central de Pescados de la Puerta de Toledo». Según publicaba El País, alrededor de las nueve de la mañana del 15 de diciembre de 1978, «nueve enmascarados, que hablaban entre sí en árabe, se llevaron quince millones de pesetas». El suceso, tal y como contaba el citado diario, tuvo «trazas de película policiaca»:
Los nueve atracadores, todos ellos enmascarados con pasamontañas y armados con metralletas, pistolas y escopetas, entraron en el mercado a través de la calle de Arganzuela, en el Rastro, por la parte trasera y a través de una serie de pasadizos y túneles que habitualmente son utilizados por los camiones que vienen a cargar pescado.
Las oficinas del banco tienen dos pisos. El superior, que da a nivel de la calle, y el inferior, dentro del mercado, donde se hacen efectivas las compras de pescado que ascienden a cantidades importantes.
El atraco se perpetró en muy pocos minutos. Los nueve enmascarados entraron en el local y obligaron a los presentes a arrojarse al suelo. En total, cuarenta pescaderos y doce empleados. Estos últimos atendían las catorce ventanillas de cobros. Los atracadores, según testigos presenciales, hablaban entre ellos en un idioma parecido al árabe. Uno de los encapuchados fue recogiendo ventanilla por ventanilla toda la recaudación del día. Coincidió que a esa hora, en la planta superior de la oficina bancaria, se celebraba una asamblea del personal, por lo que el número de empleados que atendía la oficina de cobros era mínimo. Los atracadores utilizaron en su huida el mismo camino de pasadizos y túneles por el que habían entrado y huyeron tranquilamente en varios coches. Según todos los indicios, los atracadores tenían muy estudiado el golpe.
El 28 de marzo del año siguiente, el mismo periódico publicaba que la banda internacional, que había logrado en los últimos tres meses apoderarse de un botín de unos treinta millones de pesetas, fue desarticulada por la Brigada Central de Policía Judicial:
Los detenidos son Maxime Eleonore Lacomte, considerado como cerebro del grupo y en cuyo domicilio se encontraron tres metralletas, cuatro revólveres y una pistola, así como munición abundante y una granada; Dany Michel Nagueleine, Roger Lucien Dupuis y Jean Claude Pietrolongo, todos ellos conocidos, según informa la policía, como delincuentes en Francia. Los otros dos detenidos son Mohamed Said Charaf, nacionalizado español y de origen sirio, y Antonio Romero Navarro, español que, como el anterior, parece implicado en las actividades de esta banda.
Además de las armas decomisadas se recuperaron cuatro millones y medio de pesetas y tres vehículos. El dinero ocupado parece proceder de los asaltos, presuntamente realizados por los cuatro primeros detenidos en la sucursal del Banco Hispano Americano del Mercado Central de Pescados, en donde fueron sustraídos trece millones; en la Habilitación de Clases Pasivas del Magisterio, sita en la calle Coloreros, 2, en donde se apoderaron de nueve millones de pesetas, y en otra oficina del mismo departamento, situada en la travesía del Arenal, 2, de donde fueron sustraídos ocho millones de pesetas. Los dos últimos atracos se produjeron el mismo día y con un intervalo de quince minutos.
El País no atribuía a todos los detenidos el mismo grado de participación. Los cuatro primeros aparecían como presuntos autores materiales de los atracos. Respecto a Charaf y Antonio Romero Navarro, la noticia se limitaba a señalar que parecían implicados en las actividades de la banda. Una distinción relevante: el hecho de haber sido detenido e investigado no demuestra por sí mismo que Antonio cometiera los robos ni que fuera condenado por ellos.
Sin embargo, su hijo confirma que su padre, por lo que pudo conocer después, sí estuvo detenido, pero como no hubo pruebas, solo estuvo seis meses. «Y esos seis meses, cuando cumplió, se los tuvieron que devolver. Si tenía que cumplir dos años y ocho meses, pues al final eran dos años y dos meses, porque mi padre tenía seis meses ahí que le debían. Yo no sabía eso, que cuando cumplías y salías absuelto, entonces la pena te la tenían que devolver».
Policía ni en broma
Antonio había sido, entre otras muchas cosas, delantero del Club Deportivo Moscardó (y del Mercado de Usera en el interclubes de mercados de Madrid). Y también comunista. De hecho, la final entre España y la URSS en el Bernabéu le ofrecía algo que no podía hacer con facilidad en la España franquista: cantar el himno soviético. Lo curioso es que dejó de serlo cuando llegó la democracia y Adolfo Suárez legalizó el Partido Comunista el 9 de abril de 1977.
También era socio del Real Madrid pero luego lo dejó. El fútbol estaba alrededor de la familia de una manera natural. Una mujer muy cercana a su padre, vinculada a un conocido defensa merengue, conseguía entradas para partidos importantes, incluidas finales de Copa de Europa. Recuerda el entrevistado que le acompañaba desde que tenía seis o siete años. «Salíamos en el descanso para comerme una hamburguesa en un burger que había al lado del estadio y luego volvía a entrar».
La única orden que recibía de su padre cuando llegaban al campo era que se quedara quieto en su localidad, pero el chaval, un día, no se pudo aguantar las ganas de ir al cuarto de baño y su padre le perdió de vista. «Fue en un partido del Real Madrid contra el Athletic de Bilbao en el 84. Él fue a hacer unas cosas y me pidió que no me moviera, pero me estaba haciendo pis. Al final le llamaron por la megafonía del estadio». En su defensa, el entrevistado asegura que su padre nunca le puso la mano encima, ni siquiera cuando en el mundial del 82 compró una réplica en escayola de la Copa del Mundo que el crío estampó contra el suelo tras una rabieta.
Era tan «bueno» con su hijo que hasta llegó a decirle que si quería droga él se la podía conseguir. Fue a raíz de encontrar en el pantalón de su padre una papelina. «Pero yo en mi vida he tomado drogas, quizá porque nunca me llamó la atención».
Las drogas, en concreto la cocaína, eran una constante en casa y en el almacén de la floristería de su abuela. Allí, El Pechu pesaba «perico» en una báscula. En efecto, era narcotraficante, y gracias a este «negocio» logró contactos con la jet set española de la época: desde María Jiménez hasta la periodista Marisa Medina. «También hay fotos con María Jiménez haciendo una paella en un cortijo de un amigo de mi padre que era narcotraficante también. Y Carmina Ordóñez, cuando murió, dejó a deberles un millón de pesetas. Y Los Marismeños venían a mi casa por el «tema»».
Su hijo cree que «tenía algo» con Marisa Medina, sobre todo porque la Policía Nacional irrumpió en una timba en la que estaban los dos. Antonio tiró todo lo que tenía en los bolsillos y le propinó un puñetazo a uno de los agentes para defenderse. Los policías le dieron una paliza y después le pasaron el marrón: «Que sepas que ahora tú te vas a comer todo esto en Carabanchel». Tampoco era la primera vez, pues los problemas de El Pechu con la autoridad venían de lejos. Un ejemplo está en lo sucedido años antes, cuando un agente aporreó el banco en el que estaba sentado el hombre viendo a una chica: «Del susto, mi padre se dio un golpe y se lanzó a por el policía, propinándole una paliza», recuerda su hijo.
Como cantaba Joaquín Sabina en La del pirata cojo, El Pechu secundaba lo de «policía ni en broma». Tal y como recuerda el entrevistado, su padre le contaba que los «maderos» no servían para nada porque se enteraban de todo a través de los «chivatazos». También le decía que eran los más «puteros y cocainómanos». Y encima contaban con impunidad. «Decía que no había dado con un policía bueno en su vida, que eran corruptos y que no hacía falta buscarles, sino que ellos te buscaban a ti para ofrecerse». No obstante, Antonio nunca había negociado con la policía. Había hecho millones, pero jamás a través de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Un nombre en el BOE
Reconoce el hijo de El Pechu que su padre ganaba tanto dinero «porque no es lo mismo mover manzanas que mover cocaína». Y le compensaba. El 18 de junio de 1979, el Boletín Oficial del Estado publicó una notificación del Tribunal de Contrabando relativa al expediente 114/1978, instruido por aprehensión y descubrimiento de drogas. La mercancía intervenida se valoraba en 952.000 pesetas. Entre las diez personas inculpadas que aparecían en el documento figuraba Antonio Romero Navarro.
La notificación convocaba a los interesados a una sesión del tribunal prevista para el 4 de julio. No era todavía la publicación del fallo, sino un anuncio dentro del procedimiento sancionador. La resolución llegó a las páginas del BOE el 29 de septiembre de aquel año.
El texto oficial declaraba cometidas dos infracciones de contrabando relacionadas con la importación y tenencia ilícita de estupefacientes. La primera correspondía a sustancias cuyo valor se fijaba en 800.000 pesetas; la segunda, a una aprehensión valorada en 152.000 pesetas. Para esta última, el tribunal atribuyó la condición de autor a Francisco Orero Lázaro y la de encubridores a otras personas, entre ellas Antonio Romero Navarro.
La sanción económica impuesta a Romero ascendía a 29.187 pesetas, calculada sobre una base de 6.250. El fallo contemplaba la posibilidad de interponer un recurso de alzada ante el Tribunal Económico-Administrativo Central en el plazo de quince días.
No consta, en la documentación localizada, si Antonio Romero recurrió el fallo o cuál fue el resultado definitivo de un eventual recurso. Su hijo, desde luego, confirma que alguna remesa estuvo en su casa durante cierto tiempo y que se ocultaba en un Hyundai Coupé. Según recuerda, el coche tenía un hueco en los altavoces en el que cabían 13 kilos entre ambos lados. «Mi padre compraba ese coche porque si te pillaban y tú habías manipulado el coche, la pena era mayor. Recuerdo estar fuera de la puerta de mi casa y a mi padre metiendo la droga en esos huecos a plena luz del día». El vehículo estuvo mucho tiempo escondido, por lo que tenía restos de barro y humedad. Antonio El Pechu lo adecentó y repartió la cocaína para esconderla también en la caseta de un vecino al que dio una cantidad de dinero sustanciosa por los servicios prestados.
KaliKate
A finales de la década de los noventa, El Pechu era una «vieja gloria» respetada en el barrio. Su hijo dice que ya no era lo que era antes, pero que una vez le robaron un radiocasete y fue a unos billares y pegó a cuatro: «Me lo contaron mis amigos. Mi padre cogió a los cuatro y les dio una paliza. Y a un quinto le dijo que si quería pillar él también y el tío salió corriendo. Mi padre era chiquitín, pero pegaba unas hostias…».
Fue en esa misma época cuando adquirió el bar de copas KaliKate, aunque estaba a nombre de su hijo, el cual regentaba el local. Los fines de semana iban sus amigos y funcionaba bien, sobre todo las máquinas tragaperras que llegaban a estropearse por la acumulación del dinero de los premios. «Yo creía que estaba mal la máquina y vino el chico de la tragaperras, el recaudador, para revisarla y resulta que estaba llena de monedas. Me miró y le dije: «Ya sabes cómo va esto»». También aparecía dinero «por arte de magia» cuando esa noche, por lo que fuera, la caja había sido escasa.
En el KaliKate entraba toda la «fauna» del mundo. El hijo de El Pechu recuerda que se juntaban mafiosos, policías o kosovares. De hecho, habla de uno al que mataron por Usera. Testigos de la zona reconocen en la actualidad que el pub «era un poquito salvaje por no decir otra cosa más obscena o malsonante». Ya en su momento, los vecinos de la calle de Salasierra denunciaron que llevaban tiempo presentando reclamaciones ante la Policía Municipal, la Junta de Distrito y el Ayuntamiento debido a los ruidos y la música hasta las siete u ocho de la mañana durante los fines de semana. Pero entonces no se había registrado ninguna pelea en el bar.
Sin embargo, en abril de 1999 saltó la noticia de un asesinato en las inmediaciones del KaliKate. Francisco Javier Barroso relataba en El País que «un joven de unos 25 años murió apuñalado en la calle de Manuel Noya, en Usera, a la salida de un bar de copas».
Los hechos ocurrieron sobre las seis de la mañana, en el pub KaliKate, en la confluencia de las calles de Salasierra y de San Trifón. Por motivos que la policía desconocía anoche, el joven fue atacado. Una de las cuchilladas le alcanzó una arteria próxima al corazón, lo que le hizo perder gran cantidad de sangre en poco tiempo, según el servicio de ambulancias Samur. La otra cuchillada, de menor importancia, le afectó al vientre. El joven logró salir del pub y andar unos cincuenta metros, hasta llegar a la calle de Manuel Noya. En su trayecto dejó un reguero de sangre por toda la acera.
Cayó junto a un coche que estaba subido a la acera. Allí permaneció una media hora, hasta que unos vecinos que le vieron avisaron a la policía. Cuando llegaron los facultativos del Samur, había muerto. El fallecido no llevaba documentación, lo que impidió su identificación. Según la policía, la víctima era de origen colombiano.
La policía cortó la calle y registró el interior del pub por la mañana. Anoche no se había producido ninguna detención por el caso y continuaban las pesquisas para averiguar el móvil y dar con el autor del homicidio, según informó la Jefatura Superior de Policía. El Juzgado número 16, que instruye las diligencias, precintó ayer las dos puertas del local. Vecinos de la zona señalaron que el pub llevaba abierto unos cinco años. Hasta hace quince días lo regentaba el hijo de un carnicero del barrio. Después, el dueño del local lo alquiló a otra persona. Esta semana se acometieron reformas en su interior. Los obreros taparon las ventanas con planchas de hierro, según explicaron varios vecinos.
«Cuando sucedió esto todavía no era nuestro. Después es cuando lo cogió mi padre», defiende el hijo de Antonio, que reconoce varios casos más de muertos en el lugar. El mismo entrevistado fue testigo directo de una pelea que pudo haber tenido consecuencias fatales para él. Era un miércoles 2 de febrero y hacía «mucho frío» (calcula que dos grados bajo cero): «La pelea fue entre uno de Orcasitas y otro de San Fermín, y por meterme para separarlos me apuñalaron. Fue superficial, me entró por un costado, pero tengo buenas «chichas». Me lo curó una amiga enfermera. Yo no quería ir al hospital para no implicar al bar».
Al menos hasta el 6 de marzo de 2004, el nombre KaliKate seguía figurando en un repertorio de establecimientos de Usera, casi cinco años después del apuñalamiento del colombiano. A día de hoy no existe. En su lugar hay un local reformado sin un letrero o luminoso que indique exactamente cuál es la actividad principal que se desarrolla ahí dentro.
El hijo de nadie
El que tuvo, retuvo. Y Antonio Romero seguía siendo El Pechu (con todas las consecuencias) incluso llegando a la senectud. No se había retirado por completo, al menos en lo que a sus «artes amatorias» se refiere.
A estas alturas de la película ya vivía solo. Un día, su hijo se presentó en su casa con un amigo y un fontanero para arreglar una avería. Pasado el umbral de la vivienda, El Pechu se presentó semidesnudo y sorprendido. «Volved más tarde, por favor», pidió amablemente a los tres mientras por detrás, en el salón, cruzaba la estancia una «señorita». «Pasó una negra descomunal en pelotas corriendo», recuerda su hijo. «Mi amigo me preguntó si lo que había visto era una tía desnuda». Sí. Lo era. De hecho, se trataba de una prostituta que estuvo viviendo con El Pechu.
Y si no era una, eran dos. Y como solían ser ciertamente frecuentes las visitas de sus hijos sin avisar, para evitar volver a ser sorprendido echaba la llave de la puerta para que nadie pudiera entrar y verle en cueros. Una mañana de 2018, su hija se personó en el domicilio para pedirle dinero para pagar la matrícula de la Universidad, pero Antonio no abría, cosa que en apariencia era normal, aunque no esta vez, por lo que llamó al móvil de su hermano, que al llegar a la casa comprobó que, en efecto, nadie respondía. Sabía que su padre había pasado la noche con dos mujeres, hecho que tampoco le preocupó demasiado por ser ya una costumbre.
Después de golpear la puerta varias veces, su hijo decidió que lo mejor era acceder a la vivienda saltando la tapia del vecino. La puerta trasera de aquella casa baja no estaba atrancada. De hecho, no hizo falta ni abrirla con llave. Con empujarla bastaba. «Me encontré todo desordenado, pero no encontrábamos a nuestro padre». El cerebro de su hijo no lo asimilaba. Finalmente, acabaron encontrando a El Pechu inconsciente en la habitación de su hermana. Estaba amordazado y con las muñecas embridadas. Además, se había meado encima.
Aunque le habían robado todo el dinero que tenía y lo que había en la hucha de su hija, no dieron parte a la policía de inmediato, pero sí llamaron a una ambulancia que no tardó en llegar al domicilio. La teoría que manejaban era que Antonio había creído que iba a ligar con las dos mujeres que habían pasado el día con él. Por la noche, según esa hipótesis, irrumpieron en la vivienda los respectivos novios de ambas, que le propinaron una «paliza salvaje» y aprovecharon para llevarse todo el dinero que guardaba en la casa.
¿La agresión tan violenta que sufrió El Pechu fue motivada por algo más? «No lo sabemos», responde el hijo. «Igual mi padre se puso bravo o no supo darles la combinación de la caja fuerte». Los agentes que investigaron el caso apuntaron después a una posible venganza o un ajuste de cuentas. El caso se cerró sin más y Antonio permaneció 13 días en coma hasta que despertó. No se acordaba de lo que le había pasado ni de otras muchas cosas. «Nunca volvió a ser mi padre. Tenía un 93 % de discapacidad y acabó muriendo en una residencia en 2018. Luego, con los años, he pensado que lo mejor que le podía haber pasado es que se hubiera muerto allí, cuando le dieron la paliza, porque la policía hubiese hecho más», lamenta el entrevistado.
Antonio El Pechu no dejó ninguna herencia a sus hijos. Según cuentan, nunca se preocupó de poner en orden los papeles. Su hijo, al menos, conserva en la cartera la fotografía de Teodoro Naranjo que ABC llevó a su portada el 23 de junio de 1964: en ella, su padre carga sobre los hombros a Ferran Olivella la noche en que España ganó su primera Eurocopa, en el Santiago Bernabéu.
