
Durante seis días, el Luwan Indoor Stadium de Shanghái pareció el escenario perfecto para una coronación local. El sábado por la tarde, cuando Kyren Wilson cerró su semifinal ante Zhao Xintong ganando los cuatro últimos frames para un 10-8 que nadie veía venir, el guion se rompió. Unas horas antes, Judd Trump ya había apartado a Wu Yize por 10-6. Así que el domingo, en la ciudad que se ha convertido en el corazón emocional del snooker mundial, ante un pabellón lleno de aficionados chinos, se disputó una final entre dos ingleses. Trump ganó 11-6, se llevó las 210.000 libras del primer premio y el trofeo conmemorativo fabricado para el vigésimo aniversario del torneo, el cuadragésimo quinto título profesional de su carrera y su segunda corona en Shanghái tras la de 2024.
La final no fue el festival de century breaks —una tacada de cien puntos o más sin fallar— que muchos esperaban. Las condiciones de las mesas resultaron algo más ásperas de lo habitual y varios frames se decidieron en las bolas de color, lo que le dio al duelo una textura de partida de ajedrez más que de exhibición magistral. Wilson se adjudicó el primero, Trump replicó con tres seguidos apoyado en tacadas de 73 y 62, y en el sexto llegó el momento que probablemente decidió el rumbo del día. El campeón defensor iba lanzado con una tacada de 66 y falló una roja relativamente accesible, dejando a su rival en situación de necesitar snookers. Trump limpió la mesa con 67 y se llevó el frame por un solo punto en la bola negra final. Wilson recuperó el séptimo con una tacada de 63, pero el de Bristol firmó los tres últimos de la sesión —con series de 55 y 82— para irse al descanso largo con un 7-3 que ya olía a sentencia.
Por la noche hubo resistencia. Wilson recortó con la primera centena del encuentro, un 103, y encadenó dos frames por primera vez en la tarde para colocarse a 8-5. El decimocuarto frame se convirtió entonces en una pequeña obra de teatro, con Wilson autoencerrándose sobre la marrón después de meter la verde, un snooker involuntario que su rival aprovechó a medias, un escape defectuoso y una limpieza final de los cuatro colores restantes que le dio a Trump el frame por dos puntos. De ahí en adelante el número uno del mundo administró. Ganó otro frame en la rosa remontando con 51 y aguantó el último rugido de Wilson, una limpieza total de 134 cuando ya necesitaba seis frames consecutivos para forzar la igualada. El frame final tuvo su propio momento de comedia involuntaria, con un estornudo tremendo desde la grada justo cuando Trump se disponía a tirar. El público lo celebró, él no tanto, se reajustó, cambió de tiro y se fue a la rosa para dejar la partida matemáticamente cerrada. No hubo celebración salvaje al terminar, solo el alivio de quien lleva rato queriendo cruzar la línea.
Ese alivio se entiende mejor mirando hacia atrás. La temporada pasada Trump alcanzó cinco finales y solo ganó una, el German Masters de Berlín en febrero, que rompió una sequía de catorce meses sin títulos y evitó que el año natural 2025 se le cerrara en blanco por primera vez desde 2013. Perdió la final del Abierto de Irlanda del Norte ante su amigo Jack Lisowski, y las del Champion of Champions y el Campeonato del Reino Unido ante Mark Selby. Tanto él como Wilson arrastraron además problemas técnicos que ambos describieron en su momento en términos casi idénticos, la sensación de no saber dónde apuntar en determinados tiros, que es más o menos el peor sitio en el que puede estar la cabeza de un jugador de snooker. A eso se añade un dato que explica la contención del domingo, y es que esta fue la primera vez que Trump derrota a Wilson en un partido a varias sesiones.
El camino hasta ahí había dejado momentos mejores que la propia final. Trump, que entraba directamente en octavos por su condición de cabeza de serie, despachó a Barry Hawkins por 6-4 y después hizo con John Higgins algo cercano a la crueldad estadística, un 6-0 con tres centenas consecutivas al final del partido y un agregado de puntos de 678 a 37, con el escocés sin anotar un solo punto en cinco de los seis frames. Wilson, por su parte, eliminó por segundo año seguido a Ronnie O’Sullivan, jugador récord de este torneo con cinco títulos, en un partido en el que el de Chigwell llegó a encadenar tres centenas (100, 111 y 131) para ponerse por delante antes de que el campeón respondiera con series de 89, 79 y 97. En cuartos superó por 6-5 a Mark Williams, que a su vez había remontado un 0-3 ante Chris Wakelin.
Lo que hacía especial este cuadro, sin embargo, era la mitad china. Zhao Xintong pasó por encima de Ding Junhui en octavos y firmó en cuartos uno de esos partidos que se recuerdan durante meses, un 6-0 a Neil Robertson, número dos del mundo, con tacadas de 117, 102, 98, 85 y 60. Wu Yize eliminó a Si Jiahui y luego sobrevivió a Shaun Murphy por 6-5 en la última bola del frame decisivo, en una repetición de la final del Mundial de mayo. Durante veinticuatro horas, la final soñada —dos campeones del mundo chinos, en China, en el torneo que China considera suyo— estuvo a un partido de distancia. Se evaporó en una sola tarde.
La frustración tiene su gracia si se piensa en dónde estaba este deporte hace diez años. Zhao ganó el Crucible en 2025 y se convirtió en el primer campeón mundial asiático de la historia, y lo hizo después de cumplir una sanción de veinte meses por su implicación en el escándalo de amaños que sacudió al snooker chino, es decir, pasando de símbolo de una crisis a icono nacional en el plazo de una temporada. Un año después, Wu Yize repitió el título con veintidós años, tras derrotar a Murphy por 18-17 en la primera final del Mundial resuelta en el frame decisivo desde 2002, lo que lo convierte en el campeón más joven desde Stephen Hendry en 1990. Dos Crucible seguidos para China. En la semifinal que le abrió el camino, Mark Allen falló una negra a bola de partido en un partido que incluyó el frame más largo jamás disputado en Sheffield, cien minutos y veintiún segundos.
Detrás de esos dos títulos hay una infraestructura construida con paciencia. El punto de partida suele situarse en la irrupción de Ding Junhui a mediados de los dos mil y en el Abierto de China de 2005, que él mismo ganó en su primera edición, un momento fundacional para varias generaciones de jugadores. Li Siying, empleada de un club de billar de Pekín, se lo contaba así a la agencia EFE, atribuyendo a Ding su propia afición al juego. Desde entonces el país ha ido acumulando academias, torneos y estructura comercial. Según los datos de la consultora Qichacha citados por Infobae, en China hay más de 400.000 empresas registradas en el sector del billar, con un alza anual del 28,57 % en nuevos registros y 137.100 altas solo en 2024, mientras la firma Zhongyanpuhua calculaba que el mercado superaría el billón de yuanes. Desde 2023 el snooker está integrado en el sistema nacional de fitness, y ciudades como Pekín o Chengdu ofrecen subvenciones de hasta 500.000 yuanes a las salas privadas. Reservar una mesa premium en una gran ciudad puede requerir tres días de antelación, aunque el precio por hora se mueve entre veinte y treinta yuanes y muchos locales siguen escondidos en sótanos y trastiendas. La retransmisión sostenida de CCTV ha hecho el resto del trabajo.
El Shanghai Masters encaja bien en ese ecosistema. Nació en 2007, esta edición celebraba su vigésimo aniversario aunque técnicamente era la decimoséptima disputada —la pandemia obligó a cancelarlo entre 2020 y 2022— y desde 2018 funciona como invitacional no puntuable con un cuadro reducido de veinticuatro jugadores. Este año reunió a quince de los dieciséis mejores del ranking mundial, una cifra impensable para un torneo sin puntos que se explica por lo que Shanghái paga y por lo que Shanghái significa. Trump se une ahora a Ding y a Wilson como ganadores múltiples, todos a distancia de las cinco coronas de O’Sullivan.
Queda la paradoja. China aporta los dos últimos campeones del mundo, el jugador que probablemente ha sido el mejor de la temporada pasada, el mercado, el público y buena parte de la cantera, y el trofeo de su torneo más querido se marchó otra vez en un avión hacia Inglaterra. El circuito no se detiene, eso sí, porque el llamado tramo asiático continúa la semana que viene con el resucitado Abierto de China en Taiyuan, del 8 al 16 de agosto, esta vez con puntos en juego. Trump llega como número uno y con medio millón de libras a punto de caerse de su cómputo de ranking sin un solo torneo capaz de compensarlo. La sensación, al terminar Shanghái, es que la próxima final que China quiere jugar está mucho más cerca de lo que sugiere el marcador del domingo.

