Historia

Así colapsó el deporte de la URSS y de la RDA con la caída del comunismo

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Ejercicio de gimnasia colectiva de las Juventudes Comunistas de la URSS en el Moscú de los años 30 (Foto: Cordon Press)
Ejercicio de gimnasia colectiva de las Juventudes Comunistas de la URSS en el Moscú de los años 30 (Foto: Cordon Press)

Están las redes descojonadas de risa con estas palabras de José Miguel Villarroya a Siro López. Lo cierto es que de alguna manera la deriva del Real Madrid sí que puede equipararse a la de la orgullosa URSS, pero no hace falta buscar símiles deportivos, porque el deporte del comunismo también se fue el garete cuando colapsó el sistema.

Para estos regímenes el deporte era un asunto de Estado. Lo ha sido muchas otras veces, en otros lugares y lo sigue siendo. La pregunta, de hecho, es dónde no lo es. La propia España se fue a la RDA a aprender el know how. En la Unión Soviética y en la República Democrática Alemana, ganar medallas olímpicas era vital para los intereses nacionales. Y la caída del Muro de Berlín en 1989 y la disolución de la URSS en 1991 dinamitaron una manera de entender el deporte que, con todas sus contradicciones y malas artes, había producido resultados extraordinarios.

El sistema soviético de deporte fue uno de los más elaborados que haya producido el siglo XX. Desde los primeros años de la Revolución, el Partido concibió la actividad física como una herramienta de cohesión social y control ideológico. El deporte era accesible a través de todas las divisiones demográficas, funcionaba para unir a las nacionalidades que cohabitaban el mismo estado y servía como instrumento para demostrar la superioridad del socialismo sobre el capitalismo.

Valeri Zikov, Lev Yashin, Viktor Serebrianikov (Foto: Cordon Press)
Valeri Zikov, Lev Yashin, Viktor Serebrianikov (Foto: Cordon Press)

Las confrontaciones entre la URSS y los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos eran, en la Guerra Fría, la metáfora geopolítica. Se invertían millones en propaganda, pero nada podía superar a la imagen de un sujeto en calzoncillos con el escudo nacional superando en la meta al rival de la potencia enemiga. Cosas de la televisión, el arma más destructiva del siglo XX junto a la bomba atómica.

El Estado financiaba directamente a los deportistas, que técnicamente eran amateurs pero en la práctica recibían salarios encubiertos, alojamiento, atención médica y entrenamiento de alto nivel. Las escuelas de deporte identificaban a los niños con talento desde edades tempranas y los incorporaban a un sistema de formación especializada que cruzaba todo el país.

La presión sobre los atletas era enorme y el dopaje, una práctica sistemática. El fracaso deportivo podía tener consecuencias profesionales serias. La Stasi, la policía secreta de la RDA, llegó a mantener archivos sobre deportistas y entrenadores con el objetivo de detectar cualquier disidencia.

De hecho, los alemanes orientales fueron los que más a pecho se lo tomaron. Con una población de apenas dieciséis millones de personas, la RDA acumuló un palmarés olímpico que rivalizaba con el de las grandes potencias mundiales. En los Juegos de Moscú de 1980, la delegación de la RDA obtuvo 47 medallas de oro, solo por detrás de la Unión Soviética. El secreto era el programa Staatliches Komitee für Körperkultur und Sport, conocido como Staatsplan 14.25, una estrategia que combinaba detección precoz de talentos, el entrenamiento sistemático y, por supuesto, administración de esteroides anabolizantes, entre otros productos. En muchos casos, sin consentimiento de los deportistas y desde edades muy tempranas. De esta manera, las nadadoras de la RDA, con sus cuerpos transformados por la testosterona artificial, ganaban competición tras competición mientras sus rivales occidentales se preguntaban qué estaban haciendo diferente.

Final de la Eurocopa de 1988 (Foto: Cordon Press)
Final de la Eurocopa de 1988 (Foto: Cordon Press)

Pero, al margen de la medicina ilegal e inhumana, lo que estaban haciendo diferente también era invertir más y de forma más racional. El sistema soviético y el de sus países satélite no se limitaba al deporte de élite, existía una estructura impresionante de deporte popular, con clubes en fábricas, escuelas, sindicatos y organizaciones juveniles.

El objetivo declarado era la salud colectiva y la formación del ciudadano socialista; el objetivo no declarado era también el control social y la canalización de energías hacia actividades que el régimen pudiera supervisar. En Polonia, en Hungría, en la URSS, el deporte de masas era una forma de vida que el Estado organizaba, pagaba y gestionaba.

Hasta que llegó el fin. La transición al capitalismo que siguió al colapso del bloque soviético fue particularmente devastadora. Los nuevos gobiernos se enfrentaron a dos objetivos muy difíciles de realizar simultáneamente: democratizar el sistema político y liberalizar la economía. El resultado fue una década de los noventa marcada por la caída del PIB, el aumento de la mortalidad, la expansión de la pobreza y el surgimiento de una clase oligárquica enriquecida en el proceso de privatización acelerada de las empresas públicas, que no eran otros que los cuadros del Partido Comunista. En ese contexto, el deporte era lo de menos.

Esos generosos presupuestos públicos que habían sostenido el deporte socialista se desplomaron. Las instalaciones deportivas quedaron sin mantenimiento, dando miedo. Los clubs que dependían de fábricas o de organismos estatales desaparecieron cuando esas fábricas cerraron o cuando esos organismos dejaron de existir. Los entrenadores perdieron sus empleos o emigraron. Los deportistas que antes recibían un salario encubierto del Estado tuvieron que buscar en el mercado lo que el mercado, en aquel momento, apenas podía ofrecer. De niños mimados del sistema pasaron casi a la indigencia. En Rusia, el porcentaje de ciudadanos que practicaban deporte en clubes y grupos organizados se hundió estrepitosamente durante la primera mitad de los noventa. El número de instalaciones deportivas también cayó de forma significativa.

Copa de la UEFA de 1986 (Foto: Cordon Press)
Copa de la UEFA de 1986 (Foto: Cordon Press)

A partir de los 90, quien podía pagarlo, lo practicaba. Quien no podía, dejaba de hacerlo. La democratización del deporte que el socialismo había promovido, con todas sus manipulaciones ideológicas, se perdió en el proceso de transición. Lo que llegó en su lugar fue un mercado deportivo en el que las reglas del consumo reemplazaron a las ideológicas.

En la RDA, la reunificación alemana de 1990 supuso la absorción de un sistema deportivo por otro radicalmente diferente. El modelo occidental de deporte federado, con financiación privada y estructura de mercado, reemplazó al modelo estatal. Muchos entrenadores de la RDA, que habían dedicado su vida a un sistema que de repente era ilegal, quedaron sin lugar en el nuevo orden. Los deportistas que habían sido formados dentro del programa de dopaje estatal se encontraron en una situación de risa, habían ganado medallas para un régimen que ya no existía y cuyo método de entrenamiento era, en el nuevo marco legal, un delito. Algunos de ellos sufrirían consecuencias médicas graves años después, como problemas hormonales, hepáticos, óseos, derivados de décadas de administración de sustancias que sus cuerpos no estaban equipados para procesar.

Y luego estuvo la moral, la identidad perdida. El deporte era el lenguaje común de pueblos muy distintos bajo una misma bandera. Cuando esa bandera desapareció, el deporte quedó sin el sostén ideológico que lo había animado. Los nuevos estados que emergieron del colapso de la URSS tuvieron que construir una identidad nacional nueva, y el deporte fue uno de los instrumentos disponibles, pero ya no había Estado que lo financiara con la misma generosidad ni con la misma convicción. Empezaba una dura travesía en el desierto.

Rosemarie Ackermann (Foto: Cordon Press)
Rosemarie Ackermann (Foto: Cordon Press)

La transición no fue un proceso lineal ni homogéneo. En algunos países, el Estado mantuvo un nivel significativo de intervención en el deporte de élite, aunque ya no en el deporte de masas. Rusia, bajo el mandato de Vladimir Putin, reconstruyó gradualmente un modelo de inversión pública en el deporte que tenía ecos evidentes del sistema soviético. Así llegaron los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi en 2014 y el Mundial de Fútbol de 201. Megaproyectos de infraestructura y propaganda que recordaban a los grandes eventos deportivos de la era soviética. El antiguo programa GTO (Listo para el Trabajo y la Defensa), creado en tiempos de Stalin para medir la preparación física de la población, fue rescatado por Putin como símbolo de disciplina nacional. Hoy, obtener una insignia de oro del programa se supone que puede dar ventajas para acceder a la universidad.

Aunque el contexto era diferente, ahora el objetivo no era demostrar la superioridad del socialismo, sino consolidar el poder de un líder y proyectar una imagen de potencia renovada. Lo que sí que tuvo en común con los años socialistas fue un programa de dopaje. Y luego, la realidad. De nada sirvió la propaganda asociada al deporte si el régimen de Putin es una dictadura criminal y ha actuado como tal. Ahora el colapso es a cámara lenta y, literalmente, el pueblo se desangra.

En la Alemania reunificada, el deporte de la antigua RDA se integró de forma desigual en el sistema occidental. Algunos deportes en los que la RDA había destacado, como el atletismo o la natación, sufrieron una caída dramática de resultados que en parte se explicaba por la eliminación del dopaje sistemático y en parte por la pérdida de la estructura de formación. Otros, como el ciclismo o los deportes de equipo, encontraron un acomodo más natural en el nuevo marco. El modelo alemán occidental de deporte, con sus ligas profesionales, sus clubes privados y su cultura del voluntariado federativo, absorbió con dificultad a los atletas del Este que no encajaban en sus estructuras.

El deporte postsoviético y el de muchas autocracias surgidas tras el colapso comunista mantuvieron, además, algunos rasgos delirantes del viejo culto al Estado, lo que pasa es que si antaño eran ejemplos de autoritarismo ideológico e intransigencia, en esta época pasaron a ser un genuino LOL. Por ejemplo, en Turkmenistán, el presidente Gurbanguly Berdimuhamedow, en 2013, durante una carrera ecuestre organizada para glorificar su figura, se cayó del caballo justo al cruzar la meta, algo impensable en un sistema donde el líder debía ganar siempre. Agentes de seguridad registraron teléfonos y cámaras de los asistentes para borrar cualquier prueba del accidente.

Meinhard Nehmer, Bogdan Musiol, Bernhard Germeshausen y Hans Jürgen Gerhardt (Foto: Cordon Press)
Meinhard Nehmer, Bogdan Musiol, Bernhard Germeshausen y Hans Jürgen Gerhardt (Foto: Cordon Press)

En Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, convirtió el hockey sobre hielo en otro show que venía a reflejar quién manda en el país. El presidente juega partidos de exhibición televisados y llegó a decir públicamente a sus jugadores que debían salir a la pista a “romperle las costillas a alguien”, porque el hockey, según él, no es una competición, sino una guerra.

En Azerbaiyán, durante la inauguración de los Juegos Europeos de 2015, circuló incluso el rumor de que el régimen había exigido a Lady Gaga una vestimenta mucho más sobria y formal de lo habitual para adaptarse a la imagen conservadora que el gobierno deseaba proyectar internacionalmente. Muchos han dicho que el nacionalismo es el último estadio del nacionalismo y ya se sabe que suele suponer esto en la inmensa mayoría de los casos: tradicionalismo y patriarcado. Por supuesto, eso se ha pretendido mostrar a través del deporte. Algo muy alejado de la vanguardia revolucionaria que quería popularizar el deporte porque suponía salud para unos trabajadores alienados en las fábricas.

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