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Ni Superliga ni Champions ¡nostalgia de la Copa de Europa!

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Aficionados portugueses en el Benfica - PSV de 1988 (Foto: Cordon Press)
Aficionados portugueses en el Benfica – PSV de 1988 (Foto: Cordon Press)

Pueden decir misa. Si hay más partidos de Champions League es porque quieren hacer caja. No hay ningún elemento lúdico que lo justifique, se trata de exprimir la vaca del fútbol hasta que no quede ni una gota. Si las nuevas generaciones tienen el cerebro frito con la ingente cantidad de partidos de fútbol que se juegan a la semana, les da igual. La filosofía de la FIFA, la UEFA y las ligas es “queremos todo aquí y ahora”.

Por eso es imposible que los viejos del lugar olviden los años de la Copa de Europa. Un torneo que no permitía a nadie pinchar dos partidos seguidos, porque si no estaba fuera. Hay un libro de Steven Scragg, The Undisputed Champions of Europe (Pitch Publishing Ltd, 2022), que refleja hoy perfectamente toda esa nostalgia. La vieja Copa de Europa tenía algo que hoy parece casi subversivo, justicia elemental. Ganabas tu liga, entrabas. No había salvoconductos para millonarios, ni repescas de lujo, ni cabezas de serie pensadas para proteger a los sospechosos habituales. Si un equipo andaba flojo, en cada cruce lo que tenía a los lados eran barrancos como los de la película Sirat.

Era, en el fondo, una forma de socialismo futbolístico. El campeón de Bélgica o de Rumanía se presentaba en el mismo bombo que el campeón de España o de Italia y, antes del pitido inicial, todos podían imaginar que el milagro era posible. Con la Champions League, ese suelo común empezó a resquebrajarse hasta desaparecer. El fútbol dejó al pueblo de lado y se centró en los intereses de la aristocracia. Lo de la unidad del fútbol que iba a romper la Superliga no es algo que no haya estado ya sucediendo durante todos estos años.

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La gran mutación se vendió como modernización, pero en realidad fue una sofisticada operación de maquillaje. La Champions resultó ser una Superliga con otro nombre, más amable en la superficie, igual de excluyente en el fondo. Se limaron las aristas, se barnizó el decorado y se sustituyó el viejo hechizo por un lujo repetitivo, impecable y cansino.

Con ese cambio se perdió también una parte esencial del misterio. Antes, las grandes figuras europeas eran casi criaturas mitológicas, uno no las veía cada tres días, sino en ocasiones contadas, y por eso sus apariciones tenían algo de ceremonia. Hoy las estrellas están sometidas a sobreexposición permanente. Messi, Cristiano y los que han venido después chupan cámara hasta la saciedad. Y el asombro, a fuerza de repetirse, se desgasta. Cuando los grandes clubes se cruzan una y otra vez, como el agotador Manchester City – Real Madrid, cuando todo acaba en revancha permanente, fase de grupos, cruce anticipado o algoritmo comercial, la excepcionalidad deja de existir.

La televisión fue el gran motor de esa transformación. A partir de 1992, con la explosión de los derechos audiovisuales y el modelo inaugurado por la Premier League, el dinero empezó a ordenar Europa con una falta de piedad brutal. El talento ya no circuló por el continente como antes y empezó a concentrarse. Clubes que habían desfilado con frecuencia por el campeonato, el Estrella Roja de Belgrado o el Malmö, entre otros, quedaron fuera de la nueva exigencia económica. Desde entonces, la identidad del torneo empezó a escribirse en los grandes acuerdos de patrocinios, entre marcas de cerveza, neumáticos y emisiones en prime time.

No obstante, ya en los años ochenta los clubes más poderosos agitaban las aguas para obtener más dinero, más votos, más autonomía. En Inglaterra, los llamados Cinco Grandes presionaban para construir una competición a su medida mucho antes de que la palabra “Superliga” se volviera escándalo. Nunca les bastó con ser los más ricos; querían también blindar ese privilegio. Esa inquietud insaciable, esa convicción de que el fútbol debía girar en torno a sus balances, fue preparando el terreno de todo lo que vino después.

El resultado ha sido la instalación de un techo de cristal que protege a la élite de casi cualquier accidente histórico. Los viejos grandes caídos y los modestos en estado de gracia ya no sueñan de verdad con codearse con la realeza europea, a lo sumo aspiran a una breve aparición decorativa. Ahí está la gran pérdida sentimental del fútbol moderno, en que ya no hay esperanza. Antes podía aparecer un Nottingham Forest, subir desde segunda y en dos años conquistar Europa. Hoy semejante aventura va a ser difícil de ver sin alguien que la financie a fondo perdido.

Manchester United - Real Madrid de las semifinales de 1957 (Foto: Cordon Press)
Manchester United – Real Madrid de las semifinales de 1957 (Foto: Cordon Press)

Durante décadas, la UEFA ha ido cediendo parcelas, escalón a escalón, a los clubes más poderosos, ofreciéndoles más partidos, más ingresos y nuevas fórmulas de protección. Su discurso ha sido el de salvar el fútbol, pero sus reformas han tendido a salvar sobre todo a los mismos de siempre. Los grandes son grandes y encima juegan con red. Cada ampliación del torneo, cada plaza adicional, cada privilegio por coeficiente ha empujado la competición un poco más lejos de su espíritu original. La estructura se hinchó para defenderse de una amenaza todavía mayor, sí, pero al ampliarse fue perdiendo el alma.

También hubo factores históricos que aceleraron el proceso. La caída del Telón de Acero y la ley Bosman cambiaron para siempre el mapa del poder. El talento del Este, antes retenido por fronteras políticas, comenzó a fluir hacia el Oeste sin apenas resistencia. La generación yugoslava, la generación rumana o la generación búlgara que dominaron a finales de los 80 ya no lo harían en sus clubes, sino en los grandes de siempre, adquiridos como en un buffet libre.

La liberalización de las plantillas permitió a los clubes más ricos acumular recursos humanos solo con agitar fajos de billetes. El golpe simbólico definitivo llegó cuando se aceptó que en el torneo participaran varios equipos por país. Ahí la Copa de Europa dejó de ser, en esencia, la competición de los campeones para convertirse en otra cosa. Quizá una gran cosa, quizá un gran espectáculo, pero ya otra cosa.

La intentona fracasada de la Superliga en abril de 2021 fue la consecuencia lógica de ese proceso. Este se hundió, pero ya vendrán otros a medida que no cuadren las cuentas. Porque, aunque el proyecto se desplomó en apenas setenta y dos horas por la presión de los aficionados, de los jugadores y del escándalo público, dejó claro que los grandes propietarios consideran insuficiente incluso el sistema actual. Ni siquiera les bastaba una Champions diseñada para favorecerles; querían un modelo todavía más blindado, más global, más inmune al mérito deportivo. Que el proyecto evitara incluso la palabra “europea” no era un detalle menor, revelaba hasta qué punto el negocio ya piensa por encima del continente y a espaldas de su tradición.

Eusebio en la final de 1963 contra el Milan (Foto: Cordon Press)
Eusebio en la final de 1963 contra el Milan (Foto: Cordon Press)

Por eso el fútbol moderno, se queja Scragg, no es exactamente peor en todos sus detalles, pero sí es un bien de naturaleza distinta. Ha pasado de ser una competición romántica, abierta a geografías y relatos diversos, a un circuito dominado por unas pocas ligas, unas pocas marcas y unas pocas cuentas corrientes. Todavía produce noches emocionantes, claro; todavía puede tocar el alma. Pero ya no vive del mismo combustible. Donde antes había sorpresas mágicas, hoy hay una maquinaria perfectamente engrasada. Y el problema de las maquinarias es que casi nunca dejan espacio para los milagros.

Un torneo forjado por aficionados

La Copa de Europa nació por intuición periodística. Gabriel Hanot ya había imaginado en 1934 una competición continental de clubes en las páginas de Le Miroir des sports. Su idea original era una liga transnacional en la que los mejores equipos de cada país se cruzaran antes de regresar a sus torneos domésticos. Pero la semilla estaba ahí, la convicción de que el fútbol europeo necesitaba medirse a sí mismo en un escenario común. Harían falta más de dos décadas para que aquella visión dejara de ser una ensoñación y se convirtiera en realidad.

El empujón definitivo llegó gracias al hechizo de los focos. Entre 1953 y 1954, varios amistosos nocturnos de alto nivel demostraron que el fútbol bajo luz artificial tenía un encanto alucinante. Estadios como Molineux adquirieron una atmósfera nueva, y la BBC descubrió que esas noches europeas seducían a la audiencia. El fútbol empezaba a comprender que la televisión podía amplificarlo todo, que una gran rivalidad televisada podía agitar el continente.

Hubo un partido especialmente decisivo, el Wolverhampton Wanderers-Budapest Honvéd de diciembre de 1954. Los Wolves vencieron 3-2 y la prensa inglesa se lanzó a una de esas exageraciones patrióticas tan frecuentes en la época. Proclamó al equipo campeón del mundo. Para Hanot, aquello era un disparate. No porque el Wolverhampton fuera un mal equipo, sino porque ningún club podía declararse rey universal tras una sola noche, en casa, sobre un césped duro y un contexto a medida. Aquel triunfalismo británico fue lo que les picó. Si Inglaterra quería coronarse a sí misma, Europa debía inventar una forma seria de dirimir la cuestión.

Hanot respondió con una idea sencilla, si los Wolves querían ser los mejores, tendrían que demostrarlo también en Budapest, en Moscú, en Milán. Ahí encontró un cómplice perfecto en Jacques Ferran, compañero en L’Équipe, tan convencido como él de que el fútbol europeo estaba quedándose atrás respecto a Sudamérica, que ya había comprendido el valor de una competición continental con su Campeonato Sudamericano de Campeones.

Entre Hanot y Ferran se repartieron el papel de soñadores y arquitectos. Presentaron la propuesta en el congreso de la UEFA de marzo de 1955, y apenas un mes después quedó ratificada. Durante los primeros años, además, L’Équipe asumió tareas organizativas que hoy parecerían inconcebibles para un periódico. Aquello dice mucho de la naturaleza artesanal del invento, la Copa de Europa no surgió de una gran estructura burocrática, sino de unos aficionados entusiastas picados por ver quién era el mejor club del mundo.

Jimmy Johnstone, del Celtic, en la final de 1967 contra el Inter (Foto: Cordon Press)
Jimmy Johnstone, del Celtic, en la final de 1967 contra el Inter (Foto: Cordon Press)

Naturalmente, el proyecto tropezó con la vieja desconfianza británica hacia todo lo que oliera a internacionalización. Ingleses y escoceses llevaban mucho tiempo comportándose como si el fútbol fuera una propiedad nacional que solo ellos entendían de verdad. Miraban con recelo a la FIFA, a la Copa del Mundo, a la UEFA y, por extensión, a cualquier innovación nacida fuera de su perímetro. Había en esa actitud una mezcla de soberbia, tradición y miedo a perder centralidad. Mientras Europa se organizaba, buena parte del aparato británico seguía reaccionando como quien oye llover.

El caso del Chelsea fue paradigmático. Campeón inglés en 1955, el club londinense recibió presiones para no participar en la primera edición de la Copa de Europa. Y cedió. La Football Association prefirió el confort de los tontos, el aislamiento, antes que la aventura. A Stamford Bridge se le negó así una cita con la historia y, de paso, el fútbol inglés dejó ver hasta qué punto sus dirigentes confundían tradición con inmovilismo.

Escocia respondió de forma parecida. El Aberdeen rechazó su oportunidad, siguiendo la línea marcada, pero el Hibernian sí aceptó. Lo hizo incluso sin ser campeón de su liga, circunstancia que da idea de lo embrionario que era todavía el torneo. Esa decisión convirtió al club de Edimburgo en el primer representante británico serio de la nueva competición, hasta el punto de alcanzar las semifinales. Mientras las autoridades dudaban, algunos equipos comprendían ya que el futuro estaba ahí.

No todos en las islas vivían anclados en el pasado. Hombres de fútbol como Stan Cullis o Matt Busby vieron enseguida lo que se avecinaba. Entendieron que el porvenir del juego pasaba por la televisión, por la exposición internacional y por la necesidad de medirse con los mejores del continente. Busby, sobre todo, captó que el Manchester United solo podría ser verdaderamente grande si salía del marco doméstico y se atrevía a competir en otro escenario. Frente a la burocracia temerosa de perder el control de su chiringuito, estos entrenadores representaban la curiosidad, la ambición y una modernidad menos cínica que la que vendría después.

Giacinto Facchetti, Elenio Herrera, Mario Corso, Copa de Europa de 1964 (Foto: Cordon Press)
Giacinto Facchetti, Elenio Herrera, Mario Corso, Copa de Europa de 1964 (Foto: Cordon Press)

La Copa de Europa echó a andar en 1955/56 con dieciséis equipos, aunque solo siete eran campeones nacionales vigentes. Era un torneo todavía imperfecto, algo improvisado, lleno de costuras visibles. Y quizá por eso mismo resultaba tan atractivo. Solo era gente que quería ver qué ocurría si los campeones se cruzaban de verdad. El éxito fue inmediato. Lo bastante rotundo como para que, ya en la segunda edición, nadie quisiera quedarse fuera.

Las grandes dinastías

La Copa de Europa empezó bajo el signo de un imperio. El Real Madrid ganó las cinco primeras ediciones y fijó el tono del torneo. Todo comenzó en 1956, con aquella final ante el Stade de Reims en París, un 4-3 lleno de sobresaltos en el que los blancos remontaron después de verse por detrás, en la que luego sería su costumbre: la remontada. El Madrid no participó en la Copa de Europa; la colonizó, como aquel que quería asaltar los cielos.

La culminación de esa hegemonía llegó en Hampden Park, en 1960, en la que sigue siendo una de las noches fundacionales del mito europeo. El 7-3 al Eintracht Frankfurt. Una exhibición desmedida, casi teatral, de lo que el fútbol podía llegar a ser cuando el talento se alineaba. El fútbol europeo era otra cosa. Di Stéfano y Puskás se repartieron los siete goles como dos toreros al alimón.

Cuando el Madrid aflojó por fin la mano, el relevo lo tomó el Benfica de Béla Guttmann, que parecía destinado a prolongar la lógica de las grandes casas reinantes. Los lisboetas conquistaron el trofeo en 1961 y 1962, primero cortando la racha madridista y luego reafirmando que aquello no era una sorpresa pasajera. Había potencia, había ambición y había una mezcla muy particular de rigor táctico y electricidad ofensiva. Con José Águas primero y Eusébio después, el Benfica daba la impresión de ser la siguiente gran monarquía del continente.

Pero su historia quedó envenenada por una de esas historias tan propias de este deporte, la maldición de Béla Guttmann. Tras ganar la segunda Copa de Europa, el técnico pidió una mejora salarial, la directiva se la negó y él abandonó el club pronunciando una condena que con los años se volvió mito: el Benfica no volvería a ganar un título europeo en cien años. Desde 1962, las derrotas en finales europeas se fueron apilando como si la profecía necesitara seguir alimentándose. Más allá de la verdad literal de la maldición, lo importante es que explica algo esencial del viejo fútbol, necesitaba relatos, fantasmas, supersticiones. No le bastaban las estadísticas.

Cesare Maldini, en la Copa de Europa de 1963 (Foto: Cordon Press)
Cesare Maldini, en la Copa de Europa de 1963 (Foto: Cordon Press)

La decadencia del Benfica coincidió con un cambio de época. El fútbol europeo empezó a alejarse del entusiasmo ofensivo que había marcado la primera fase del torneo y se fue inclinando hacia fórmulas más cautas, más calculadas, más sofisticadas en defensa. Milán se convirtió entonces en el centro gravitacional del continente. La ciudad reunió durante los sesenta dos proyectos distintos y complementarios, el del AC Milan y el del Inter, favorecidos ambos por una Serie A que atraía talento, dinero y prestigio como ninguna otra liga del momento.

El Milan fue el primero en golpear. En 1963 derrotó al Benfica en Wembley y se convirtió en el primer club no ibérico que levantaba la Copa de Europa. Había en aquel equipo algo menos fogoso que en el Real Madrid, pero no menos refinado. Con Cesare Maldini, Gianni Rivera y la dirección de Nereo Rocco, el Milan mostró ya cierto magisterio. Todas las líneas bien coordinadas, usar la cabeza, no arriesgar nada y sobre todo control del juego.

Al año siguiente, el cetro pasó a la otra mitad de San Siro. La Grande Inter de Helenio Herrera irrumpió como una forma nueva de autoridad. En su primera gran campaña europea, el equipo neroazzurro alcanzó la final de Viena y derrotó al Real Madrid, que comparecía aún con ecos de su antigua grandeza. Fue un choque casi simbólico entre dos épocas, la del esplendor ofensivo que había inaugurado la competición y la de una modernidad más pragmática, más táctica, más consciente de los mecanismos del poder. Esa lucha entre dinámicas, formas de entender el juego, sigue presente en un ciclo sin fin.

El Inter repetiría título en 1965 y se consolidaría como el modelo dominante del momento. Venció al Benfica en Milán y elevó a doctrina una idea del juego basada en el orden extremo, el marcaje asfixiante y la precisión constante. El equipo de Herrera era temible porque ya no había poesía ninguna, solo eficacia militar. El fútbol europeo entraba con él en una edad más cínica, acaso más adulta, donde la belleza ya no era incompatible con la estrategia. Importaba la eficacia, punto.

Aquella etapa milanesa no se explica sin nombres legendarios. Luis Suárez como cerebro, Facchetti ampliando la noción del lateral, Giuliano Sarti aportando seguridad, Mazzola encarnando la nueva estrella. El Inter convirtió la disciplina en una estética y el pragmatismo en una forma de superioridad. Su dominio fue menos exuberante que el del Madrid, pero dejó una huella igual de profunda, enseñó que Europa podía ser conquistada también desde la paciencia, la estrategia y el detalle.

Las primeras once temporadas de la Copa de Europa quedaron así bajo un monopolio mediterráneo que pasó del idealismo torrencial del Real Madrid al rigor táctico de los clubes milaneses, con la brillante interrupción del Benfica entre medias. Aquel tramo fundacional del torneo fue la construcción de un manual de fútbol. Pero cuando parecía que el sur había fijado para siempre las reglas del continente, el norte empezó a mover las placas tectónicas del fútbol.

El ascenso del norte de Europa

El monopolio mediterráneo se quebró en 1967, y lo hizo de forma rotunda. El Celtic de Glasgow, un equipo levantado desde la periferia obrera y sostenido por una identidad casi tribal, derribó el orden establecido y desplazó el eje del fútbol europeo hacia el norte. A partir de entonces Escocia, Inglaterra y los Países Bajos dejaron de ser comparsas para convertirse en protagonistas con instinto asesino. La Copa de Europa dejaba de pertenecer al sur católico y empezaba a hablar con otros acentos. Si se habían visto equipos que hacían del ataque una obra de arte enfrentados a creyentes en el orden y el equilibrio, ahora con esta nueva hornada llega un fútbol propio de bandoleros, de asaltadores de caminos, fútbol de guerrillas.

Ronnie Simpson en un Celtic - Liverpool de 1966 (Foto: Cordon Press)
Ronnie Simpson en un Celtic – Liverpool de 1966 (Foto: Cordon Press)

La victoria del Celtic en Lisboa sigue siendo uno de los episodios más hermosos del deporte europeo. Aquellos hombres, los célebres Leones de Lisboa, tenían un arraigo que hoy no se ve ni en el Athletic, todos habían nacido a menos de cincuenta y tantos kilómetros de Celtic Park. Jock Stein había transformado un club aletargado en una máquina de ataque, feroz y con estilo l al mismo tiempo. Antes de conquistar Europa, aquel Celtic ya había arrasado a nivel doméstico, pero en Lisboa se hizo inmortal.

La final de 1967 enfrentó al Celtic con el Inter de Helenio Herrera, es decir, la fe contra el pragmatismo blindado. El gol temprano de los italianos parecía anunciar otra lección de catenaccio, otro triunfo del orden sobre el impulso. Sin embargo, el equipo escocés jugó con una fe casi contagiosa. Atacó sin descanso, empujó al Inter hacia atrás, desarmó su sistema con insistencia y terminó remontando con los goles de Tommy Gemmell y Stevie Chalmers.

Un año después, el Manchester United cerró su propia herida histórica al conquistar la Copa de Europa diez años después de la tragedia de Múnich. Ningún título continental ha tenido quizá una carga emocional tan evidente. Matt Busby, superviviente del desastre, reconstruyó el club alrededor de Bobby Charlton, Denis Law y George Best, esa Santísima Trinidad que devolvió al United a la condición de mito. Cuando los red devils levantaron la copa, habían cumplido una promesa con los que no estaban ahí. Nunca ha ocurrido nada igual.

Después del paréntesis británico, el norte siguió avanzando, esta vez desde los Países Bajos. El Ajax ya había insinuado su talento llegando a la final en 1969, pero fue el Feyenoord quien abrió la puerta definitivamente en 1970. El club de Róterdam, bajo Ernst Happel, mostró una madurez competitiva impresionante. Había en su juego velocidad mental, disciplina y una comprensión del espacio precursora del mejor fútbol del siglo XXI. El fútbol neerlandés estaba a punto de inventar la cuarta dimensión.

La final de 1970 ante el Celtic estaba llena de morbo. Los escoceses, aún con el aura de Lisboa, se toparon con un Feyenoord capaz de gobernar los ritmos y someter el partido a un control de los ritmos de juego. Ove Kindvall marcó en la prórroga y entregó a los Países Bajos su primera Copa de Europa. Una nueva pedagogía futbolística estaba preparada para imponerse.

Ese anuncio tomó forma definitiva con el Ajax y el llamado Fútbol Total. Rinus Michels concibió un sistema en el que la ocupación del espacio, el intercambio de posiciones y la técnica colectiva importaban tanto como el talento individual. Johan Cruyff fue el rostro de aquella revolución, pero detrás había una estructura entera pensada para hacer del movimiento una forma de pensamiento. En 1971, el Ajax ganó su primera Copa de Europa ante el Panathinaikos y empezó una dinastía que sería mucho más que una racha de resultados, sería una escuela bien conocida en España.

Johan Cruyff (Foto: Cordon Press)
Johan Cruyff (Foto: Cordon Press)

Con Ștefan Kovács, sucesor de Michels, el Ajax aflojó la rigidez y ganó todavía más libertad creativa. Entre 1971 y 1973 encadenó tres Copas de Europa seguidas, y en ese periodo ofreció algunas de las expresiones más puras del juego de posición antes de que el concepto se volviera dogma contemporáneo. En la final de 1972, ante el Inter, Cruyff pareció jugar en otro plano de conciencia: marcó dos goles y convirtió la vieja lógica defensiva italiana en un artefacto de otra época. El norte no solo mandaba ya en Europa: estaba redefiniendo el fútbol.

Dominio germano e inglés

Tras la era del Ajax, el cetro europeo viajó a Alemania. ¿Qué tal equipos que atacaban bien, defendían bien, tenían orden y también talento? Es decir, todo a la vez. El club bávaro ni siquiera había sido invitado al nacimiento de la Bundesliga en 1963, pero en apenas una década se transformó en la gran potencia del continente. Entre 1974 y 1976 ganó tres Copas de Europa consecutivas sostenido por una columna vertebral de leyenda: Sepp Maier, Franz Beckenbauer y Gerd Müller. Eran como maquinaria industrial para infligir dolor a los rivales.

La primera de esas coronas llegó en 1974 ya dando muestras del talento alemán para sufrir hasta el final. Fue frente al Atlético de Madrid, el Bayern estuvo a segundos de perder la final hasta que Schwarzenbeck, en el último minuto de la prórroga, forzó el empate. El desempate posterior, hoy una reliquia de otro tiempo, acabó en un severo 4-0 a favor de los alemanes. Aquella doble final resumía bien el carácter del equipo: sangre fría, paciencia y una eficacia que no necesitaba gustar para imponerse. Udo Lattek había llevado el fútbol a otro nivel.

En 1975, el Bayern revalidó el título en una final marcada para siempre por la controversia. El Leeds United dominó largos tramos del encuentro, vio cómo le anulaban un gol y cómo se le escapaba un penalti que muchos creyeron evidente. Después, Roth y Müller castigaron al conjunto inglés y el partido terminó envuelto en furia y desorden en la grada. Aquella noche en París consolidó la imagen del Bayern como un campeón mecánico, implacable y poco sentimental.

El triplete quedó sellado en 1976, en Hampden Park, ante el Saint-Étienne. Los franceses golpearon dos veces los célebres postes cuadrados de Glasgow y vieron cómo la fortuna se les negaba con crueldad. Franz Roth marcó el único tanto y el Bayern conquistó su tercera Copa seguida. Fue un cierre perfecto para una época de hegemonía bávara que emulaba la del Ajax y se apoyaba en una idea muy alemana del poder: rigor, repetición, ventaja competitiva y una fe inquebrantable en el sistema.

Pero desde 1977 el mapa volvió a moverse y fue Inglaterra quien se adueñó del torneo con una continuidad que hoy cuesta imaginar. Seis de las siete ediciones siguientes cayeron del lado de la First Division. El Liverpool abrió la serie, heredero de Bill Shankly pero refinado por Bob Paisley, que le dio al equipo un aire más continental sin renunciar a la intensidad inglesa. Aquel Liverpool jugaba con una inteligencia colectiva que pocas veces se ha visto.

La primera Copa de Europa red llegó en Roma, en 1977, frente al Borussia Mönchengladbach. Fue también la despedida de Kevin Keegan, y el equipo respondió con una actuación de autoridad. McDermott, Tommy Smith y Phil Neal marcaron los goles de una victoria que anunció una nueva realeza en el continente. Un año después, en Wembley, el Liverpool repitió frente al Brujas gracias a una definición exquisita de Kenny Dalglish. Era el primer club inglés que defendía con éxito el título.

Nottingham Forest - Malmö, final de 1979 (Foto: Cordon Press)
Nottingham Forest – Malmö, final de 1979 (Foto: Cordon Press)

En mitad de esa hegemonía apareció la historia más improbable de todas, la que hoy resulta casi imposible de concebir en un fútbol donde manda el dinero. El Nottingham Forest de Brian Clough, recién ascendido desde segunda, se plantó en Europa con el descaro de quien aún no conoce sus límites. Eliminó al Liverpool, campeón vigente, y se presentó en la final de Múnich de 1979, donde un gol de Trevor Francis ante el Malmö le dio su primera Copa de Europa. Había magia en ese equipo, pero también una estructura durísima: Peter Shilton atrás, John Robertson inventando delante y Clough al timón.

Lo más extraordinario es que el Forest repitió en 1980. En el Bernabéu derrotó al Hamburgo con un gol tempranero de Robertson y luego resistió como si hubiera nacido para ese oficio. Dos finales, dos victorias por 1-0, dos Copas de Europa seguidas. Y después, la rápida desaparición del primer plano. Precisamente por eso conmueve tanto aquella aventura: porque pertenecía a una era en la que un club podía tocar el cielo y desaparecer por donde había entrado. El relato de la hazaña se convertía en una historia inmortal grabada para siempre en la memoria. Ahora tenemos más de lo mismo cada año, es otra vibra muy distinta.

El ciclo inglés aún tuvo tiempo para otro pico de grandeza. En 1981 el Liverpool volvió a ganar, esta vez ante el Real Madrid en París con un tanto tardío de Alan Kennedy. Y en 1982 el Aston Villa, tras la salida inesperada de Ron Saunders y con Tony Barton al mando, se coronó en Róterdam frente al Bayern. El gol de Peter Withe y la actuación heroica del suplente Nigel Spink dieron forma a otro de esos cuentos inimaginables que el viejo torneo sabía regalar. No había plantilla infinita ni red de seguridad financiera: había oportunidad, coraje y una noche irrepetible.

La edad de oro inglesa se cerró en 1984 con la cuarta Copa del Liverpool, conquistada en Roma ante la propia Roma, en una final resuelta en penaltis y ya inseparable de las muecas de Bruce Grobbelaar. Parecía que el dominio podía prolongarse indefinidamente. Pero el fútbol, que a veces pasa en un segundo del esplendor a la ruina, tenía preparada la tragedia. Heysel, en 1985, cortó de raíz aquella continuidad y dejó al fútbol inglés fuera de Europa. Sus hooligans destrozaron lo que tanto les había costado lograr a sus jugadores.

Tragedia y transformación

Heysel fue una fractura moral en la historia de la Copa de Europa. La muerte del viejo fútbol. La final de 1985 entre Juventus y Liverpool debía enfrentar a dos gigantes necesitados de redención tras campañas domésticas irregulares. En lugar de eso, la noche derivó en horror. Murieron treinta y nueve personas, la mayoría aficionados italianos, y el torneo quedó marcado para siempre por una escena de caos que no fue inevitable, vino por una cadena impresentable de negligencias y violencia.

El estadio de Heysel era un recinto indigno para albergar una final de ese calibre. Sus estructuras estaban envejecidas, las gradas acumulaban restos y objetos que podían convertirse en armas improvisadas, y los muros perimetrales parecía que se iban a caer de un momento a otro. Hubo advertencias. Tanto la Juventus como el Liverpool habían expresado preocupación por la seguridad, pero la UEFA actuó con una mezcla de displicencia y ceguera burocrática propia de funcionarios soberbios con el piloto automático.

Duckadam levanta la Copa de Europa de 1986 (Foto: Cordon Press)
Duckadam levanta la Copa de Europa de 1986 (Foto: Cordon Press)

El desastre se desencadenó cuando una parte de la hinchada del Liverpool cargó contra la sección Z, teóricamente neutral, aunque ocupada en gran medida por seguidores de la Juventus. El pánico provocó una avalancha hacia uno de los fondos del estadio y el muro terminó cediendo. Pero el derrumbe no fue la causa principal de las muertes, la mayoría de las víctimas fallecieron aplastadas antes, atrapadas por la presión de la avalancha.

La consecuencia inmediata fue el exilio del fútbol inglés. Los clubes quedaron cinco años fuera de las competiciones europeas y el Liverpool cargó con una sanción adicional de un sexto curso. Aquel castigo alteró por completo el equilibrio continental. De repente, la potencia dominante desaparecía del mapa y Europa quedaba abierta a otras propuestas. Hubo una especie de regeneración involuntaria, sin Inglaterra, surgieron campeones que en otro contexto quizá nunca habrían encontrado el hueco.

El primero fue el Steaua de Bucarest, vencedor en 1986. Nunca había pasado de la primera ronda y apareció en la final de Sevilla como un outsider frente a un Barcelona que se sentía favorito. El equipo rumano, entrenado por Emerich Jenei, propuso un fútbol disciplinado, casi funcionarial, que encajaba perfectamente con la lógica del momento. No era una celebración de la belleza, había que ganar un título.

La final terminó sin goles y se decidió en una tanda de penaltis que elevó a Helmuth Duckadam a la categoría de figura mítica. El portero del Steaua detuvo los cuatro lanzamientos del Barcelona y firmó una de esas actuaciones que convierten al fútbol en un teatro de héroes inesperados. El Steaua se convirtió así en el primer campeón de Europa del Este. Fue una victoria de enorme valor simbólico, aunque también confirmó que la Copa de Europa atravesaba una fase en la que el miedo a perder pesaba más que el deseo de jugar.

En 1987 tomó el relevo el Oporto, que derrotó al Bayern en una final mucho más viva, la emoción que el torneo necesitaba recuperar. Los alemanes controlaban el partido y parecían tener la situación bajo dominio con su ventaja mínima. Pero el fútbol todavía sabía fabricar fogonazos capaces de devolverle el misterio al gran escenario. Uno de ellos fue el tacón de Rabah Madjer, un gol que sigue pareciendo inventado por alguien con exceso de imaginación. Se lo cuentas a los niños de ahora y no se lo creen.

A falta de trece minutos, Madjer convirtió con el talón un centro lateral y dejó al Bayern a por uvas. Tres minutos después, él mismo asistió a Juary para el 2-1 definitivo. En un torneo todavía aturdido por la sombra de Heysel, aquella remontada tuvo algo de resurrección. Recordó a la Copa de Europa de los 60, la que no era solo un catálogo de tácticas defensivas.

El PSV Eindhoven completó en 1988 la trilogía de campeones inesperados. El equipo de Guus Hiddink alcanzó el título con una eficacia extrema, vuelta al orden, tras eliminar al Real Madrid y plantarse en la final contra el Benfica. De nuevo hubo un 0-0, de nuevo la tensión sustituyó al despliegue, de nuevo la tanda de penaltis actuó como juez definitivo. Aquella victoria confirmó que la Copa de Europa había entrado en una fase rara, abierta en cuanto a nombres, pero a menudo cerrada en cuanto a vuelo.

El fin de una era

A finales de los ochenta, cuando la Copa de Europa buscaba todavía cómo recomponer su prestigio, apareció el Milan de Arrigo Sacchi y le devolvió al torneo una vieja sensación. Eso ya había pasado. Después de años de mediocridad, incluso de descensos, el club se transformó con la llegada de Sacchi y del trío neerlandés GullitVan BastenRijkaard. Pero el milagro no consistió únicamente en fichar estrellas. La clave estuvo en integrar ese talento en un sistema ferozmente moderno, con Baresi, Maldini y Costacurta empujando la defensa hacia delante y sometiendo al rival a una presión que parecía adelantada a su tiempo.

Ruud Gullit (Foto: Cordon Press)
Ruud Gullit (Foto: Cordon Press)

La gran exhibición de ese Milan llegó en 1989, en la semifinal ante el Real Madrid. El 5-0 de San Siro fue una demolición que dejó a los blancos deprimidos casi una década. En la final, en el Camp Nou, el Steaua de Bucarest apenas pudo resistir el vendaval y cayó 4-0, con dos goles de Gullit y dos de Van Basten. Aquella actuación devolvió al torneo una magnificencia que recordaba, salvando las distancias, a las grandes noches fundacionales. El Milan repitió título en 1990 frente al Benfica y dejó claro que el fútbol aún podía alcanzar cotas artísticas en el umbral de su mercantilización total.

Ese dominio rossonero coincidió, sin embargo, con un temblor geopolítico mayor. En 1991, el Estrella Roja de Belgrado conquistó la Copa de Europa mientras Yugoslavia empezaba a desangrarse. Dentro del equipo convivían talentos de distintas repúblicas yugoslavas, mientras fuera las tensiones étnicas y políticas empujaban al país hacia la guerra. Mihajlović, Prosinečki, Savićević, Pančev… era una selección de nombres que, en otra realidad, habría simbolizado solo excelencia futbolística. En aquella, también representaban una última fotografía de unidad antes de la ruptura. En baloncesto les pasó igual.

El recorrido del Estrella Roja hasta la final tuvo momentos memorables, como la semifinal contra el Bayern decidida por un autogol de Augenthaler en los últimos instantes. Pero una vez en Bari, frente al Olympique de Marsella, el técnico Ljupko Petrović eligió el camino del repliegue absoluto. Renunció al fútbol alegre que había llevado a su equipo hasta allí y apostó por una estrategia calculada para sobrevivir hasta los penaltis. Lo consiguió. El Estrella Roja ganó, sí, demostrando que un cambio de táctica en el momento oportuno es tan importante como la calidad y el talento que se pone sobre el césped.

Ese triunfo tuvo algo de canto del cisne. El equipo fue desmantelado casi de inmediato por la guerra y por la nueva economía del fútbol, y con él se evaporó buena parte de la capacidad competitiva de Europa del Este. Fue una victoria histórica, pero también la penúltima.

Con el derrumbe balcánico, el foco regresó a España y, concretamente, al Barcelona, que llevaba décadas persiguiendo la Copa de Europa como si fuera una anguila imposible de atrapar con las manos. El club vivía con esa competición una relación casi neurótica, no se olvidaban las finales perdidas en 1961 y 1986. Pero la llegada de Johan Cruyff al banquillo en 1988 cambió el juego del equipo y la relación del barcelonismo con sí mismo. Se acabó la humildad, desde ese año fueron killers. El Dream Team tenía una manera de jugar que parecía desafiar la vieja ansiedad del club.

Cruyff armó aquel equipo alrededor de Koeman, Laudrup, Stoichkov y un joven Guardiola, entre otros, pero la gran conquista estuvo a punto de saltar por los aires antes de tiempo. En la campaña 1991/92, un cabezazo agónico de Bakero ante el Kaiserslautern evitó la eliminación y actuó como una suerte de exorcismo. A partir de ahí, el Barcelona pareció soltar lastre.

La fase de grupos, novedad de aquella edición de transición, confirmó la madurez del Barcelona. Superó al Sparta de Praga, al Dynamo de Kiev y al Benfica, y se ganó un puesto en la final de Wembley frente a la Sampdoria. El equipo italiano, con Vialli y Mancini, representaba un último eslabón de la vieja Copa de Europa. Era competitivo, astuto, peligroso al contragolpe. La final fue, precisamente, un partido más de tensión que de brillo, un duelo a cara de perro en el que la Sampdoria dispuso de ocasiones suficientes para que el guión hubiese sido otro.

Goikoetxea, Guardiola, Nando, Stoichkov, Ronald Koeman y Eusebio, el Barça campeón de 1992 (Foto: Cordon Press)
Goikoetxea, Guardiola, Nando, Stoichkov, Ronald Koeman y Eusebio, el Barça campeón de 1992 (Foto: Cordon Press)

Los noventa minutos se consumieron sin goles y, en la prórroga, Koeman metió un cañonazo en una falta para batir a Pagliuca. Minuto 111. El Barcelona por fin alcanzaba la Copa de Europa. La victoria tenía una carga simbólica imposible de mejorar. El Barça conquistaba su primera Copa de Europa en la última edición del torneo bajo su formato clásico. Era como si hubiera alcanzado el Santo Grial justo antes de que el templo cambiara de religión. A partir del curso siguiente, la competición pasaría a llamarse Champions League y se adentraría en una lógica distinta que, como se ha explicado, es más televisiva, más comercial y más a prueba de bombas para los grandes. Koeman, Laudrup, Guardiola eran campeones de un mundo que estaba a punto de desaparecer.

Ahora todas estas décadas son páginas de una historia irrepetible. La Champions actual se traga las eliminatorias año tras año, siempre con los mismos protagonistas, con escasa variación. Ya no son generaciones de futbolistas las que amenazan con cambiar la balanza, sino grandes inversiones. Todo es a golpe de talonario y, por esta causa, morirá cuando los fans estén calcinados y no haya marcha atrás.

7 comentarios

  1. Negreira Negreira Negreira

    Joelinton, jugador del Newcastle: “Intentas presionar a un centrocampista del Barça y al momento el balón ya está en manos de otro. Sigues presionando, pero el balón desaparece. Al final solo corres y ya ni siquiera sabes a quién persigues. Son demasiado buenos”.

  2. Sergio N. Polo

    Muy buen artículo y me ha hecho recordar, y visualizar, aquel gol de Madjer o el de Schwarzenbeck ….,

  3. Gran articulo, lastima que las nuevas generaciones no lo entiendan.
    Y no solo es el futbol el que se ha corrompido; desde el Automovilismo al ciclismo todo transita por amor a….poderoso caballero, Don Dinero.
    La saturación de partidos grandes, donde ya se ven las caras de buenas a primeras los 10 clubs mas ricos de Europa, y donde tienen todas las ventajas en llegar a rondas mas avanzadas (este año el Madrid o el PSG), igual que el año pasado alguno de los grandes con el nuevo formato, hace que en realidad toda la parafernalia se quede en más de lo mismo. Barça-PSG o City-Madrid se han visto tantas veces los ultimos años que sinceramente, dejan de ser grandes partidos, degradan las ligas nacionales y salvo algunos buenos partidos, en realidad es que el factor sorpresa deja de ser un factor, y deja de haber sorpresa. Todo se lo comen 10, y por el momento son los mismos….
    Cosas de haber vivido la Copa de Europa desde los 70 hasta la Champions de ahora, por edad las novedades no te atraen, pero la épica de antes ya no la encuentras.

  4. Ramiro Sanchez Ruiz

    ni una puta foto para el equipo que mas veces levanto esa copa, que verg»uenza!!

  5. APACHE INDIAN

    Era muchísimo mejor cuando exclusiva de campeones de Liga.Desde la temporada 1997/1998 es una competición adulterada y amañada.Está todo bastante podrido.El fútbol dejó de ser deporte en 1996 con la llegada de la Ley Bosman.

  6. No te olvides de una cosa. La Champions League estropeó la liga. Ganarla ya no era importante. Nunca beremos ligas tan dramáticas como las de 1981, 1982, 1983, 1984, 1992, 1993 y 1994, donde quedar segundo era terrible. Hoy quedas cuarto y tan contento. A Champions también arruinó la Copa de la UEFA y la Recopa, que eran torneos formidables.

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