
En los años ochenta madrugábamos para ver a los Pistons de Isiah Thomas, a los Lakers de Magic Johnson, a los Bulls de Michael Jordan o a los Celtics de Larry Bird, y la diferencia horaria nos mandaba al instituto como zombis sin que a nadie se le ocurriera quejarse, porque habríamos dado cualquier cosa por disfrutar de aquellos partidos a una hora decente. Cuarenta años después, la NBA quiere instalarse en Europa, y lo que trae consigo es una liga de franquicias con equipos de aquí y su logotipo encima, que se parece poco a lo que pedíamos entonces y a la que no se ve a demasiada gente esperando.
El martes, reunidos en Cernobbio, a orillas del lago de Como, los trece clubes accionistas de la Euroliga rechazaron la oferta de colaboración de la NBA, que uno de los asistentes, según varios medios, calificó de «colonialista». Los estadounidenses insisten en que su proyecto, pactado con la FIBA e inicialmente previsto para el otoño de 2027, con dieciséis equipos, doce de ellos fijos en ciudades como Madrid, Barcelona, París o Londres, saldrá adelante con acuerdo o sin él, lo cual obliga a preguntarse con qué clubes piensan ocupar esas plazas si los que tienen historia y afición se quedan donde están. La resistencia tiene poco de romántica, puesto que la propia Euroliga avanza hacia un modelo de licencias permanentes, de modo que aquí no pelea el deporte popular contra el negocio, sino dos negocios por un mismo mercado. Lo llamativo es que en las gradas nadie parezca especialmente impaciente por recibir a quienes hace unas décadas habrían sido recibidos como los Reyes Magos.
El producto se ha devaluado, y no tanto en calidad deportiva como en credibilidad y en capacidad de emocionar. Las investigaciones y detenciones por apuestas y presuntos amaños han dañado la imagen de una competición que, además, convive desde hace años con el tanking, esa práctica de perder a propósito para mejorar las opciones en el draft que obligó a reformar la lotería en 2019 y nuevamente en 2026, cuando la NBA aprobó nuevas medidas para desincentivar las derrotas deliberadas. A cualquier aficionado europeo, criado en ligas donde perder te manda a segunda, le resulta difícil tomarse en serio un torneo en el que la derrota puede ser un buen plan de empresa.
A eso se suma la necesidad permanente de fabricar estrellas, rivalidades y acontecimientos, de la que el All-Star Weekend es el mejor ejemplo, porque lo que nació como una celebración del baloncesto cambia continuamente de formato, inventando equipos, torneos y reglas, en busca de una emoción que sus propios protagonistas perdieron hace tiempo y que ningún reglamento consigue devolverles cuando saltan a la pista sin que les importe el resultado.
Seguramente idealizamos el pasado y aquellos partidos no eran tan extraordinarios como los recordamos, si bien había algo cinematográfico en los duelos entre Magic y Bird, en los Bad Boys de Detroit o en Jordan contra el resto del mundo, que parecían guionizados como los combates del Último Guerrero, con sus héroes, sus villanos y sus desenlaces dramáticos, por mucho que los protagonistas fueran deportistas descomunales y el final no estuviese escrito.
Ese guion lo ha roto, entre otros, Nikola Jokić, un tipo que gana premios al mejor jugador con cara de querer volver a Sombor con sus caballos y que hace unos días explicó que en Europa y en las selecciones lo único que importa es ganar, mientras que en la NBA hay quien necesita sus tiros y sus puntos, por lo que le gustaría que todos sus compañeros de liga pasaran una temporada por aquí para saber lo que es la presión. Le respondió Gilbert Arenas desde su pódcast, recordando que Estados Unidos ganó el oro olímpico a Francia y sentenciando que los suyos no necesitan la Euroliga porque es «nuestra basura», los jugadores que no encuentran sitio en una plantilla de allí, la que cruza el Atlántico para convertirse en estrella. Que la lección de seriedad competitiva venga de un hombre detenido el año pasado, acusado de organizar partidas ilegales de póker de altas apuestas en su propia mansión, añade al asunto una simetría que ningún guionista habría mejorado.
Los mejores jugadores del mundo siguen estando en la NBA, cosa que nadie discute, empezando por el propio Jokić, por Luka Dončić, por Giannis Antetokounmpo y por Victor Wembanyama, que son europeos. El argumento del medallero aguanta peor, dado que Estados Unidos no gana un Mundial desde 2014, acabó séptimo en 2019 y cuarto en 2023, cuando el título se lo llevó Alemania, y dado que en París necesitó una remontada en el último cuarto para librarse de Serbia en semifinales.
La historia admite, además, otra lectura. Durante la Guerra Fría los estadounidenses se toparon con la Unión Soviética, que les quitó el oro en 1972 y en 1988, y con una Yugoslavia que coleccionaba Mundiales, dos potencias cuya desaparición repartió el talento entre Serbia, Croacia, Eslovenia, Lituania o Letonia, selecciones que hoy compiten cada una por su lado, igual que Francia, España, Alemania y Grecia, y que aun así les ganan de vez en cuando. Cuesta poco imaginar lo que sucedería si Jokić, Dončić, Antetokounmpo y Wembanyama vistieran la misma camiseta.
El golf ofrece el precedente. Mientras la Ryder Cup enfrentó a Estados Unidos con Gran Bretaña, y más tarde con Gran Bretaña e Irlanda, el balance fue de dieciocho victorias estadounidenses, tres británicas y un empate; en 1979 se incorporó el resto del continente y desde entonces los europeos han ganado trece ediciones por nueve de sus rivales, con otro empate de por medio. El talento estaba ahí desde el principio y lo único que faltaba era una bandera común.
Eso mismo viene a ofrecernos ahora la NBA, una bandera común para los clubes del continente, con la particularidad de que la bandera es la suya y de que sus promotores siguen convencidos de que vienen a enseñarnos baloncesto a quienes llevamos décadas exportándoles buena parte de nuestros mejores jugadores. Antes sacrificábamos el sueño por contemplar a sus estrellas, y ahora que muchas de las estrellas son nuestras no se entiende por qué habríamos de importar también el espectáculo.

La NBA empezó su decadencia con el tiro de tres puntos.
La NBA era casi divina porque hasta finales de los 80 no se retransmitían partidos y se conocía por lejanía y referencias. Era un artículo de culto para sibaritas del deporte y una meta lejana e imposible. Algunos recordamos aquella final de los Juegos Olímpicos en Los Ángeles 84, donde el equipo español entró en la cancha antes de empezar el partido ya derrotado, por mucho que Jordan y Ewing estuvieran en el otro bando.
Al poder ver partidos la cosa cambió. Se volvieron humanos y por tanto imitables. Si se vuelven humanos e imitables, pueden ser no tan respetables y terminas ganado o invadiéndolos.
Es divertido pensar que en la NBA pasa algo parecido a lo que pasó con el rock and roll en los 60. Los imitadores terminaron conquistando a los invitados.
Y me parece bien.
Error: quise decir imitados no invitados