Atletismo

Los últimos pies desnudos del Olimpo

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Abebe Bikila sprints away from Rhadi Ben Abdesselam 1
Abebe Bikila se aleja de Rhadi Ben Abdesselam cerca del final del maratón en los Juegos Olímpicos de Roma de 1960

A los que nos encanta el atletismo y, además, lo practicamos nos suelen asombrar las historias de éxito que ocurrieron antes de que la tecnología transformase cualquier práctica deportiva en un desafío científico. Uno de esos relatos que quedan grabados en la memoria colectica es el que protagonizo en soldado etíope Abebe Bikila en la maratón que se celebró en Roma en 1960. Bikila, que apenas había corrido maratones internacionales antes de aquella épica carrera, fue inscrito en el último momento por su país tras una lesión inesperada de su camarada Wami Biratu. Cuando le entregaron el equipamiento oficial a Bikila las zapatillas le resultaban molestas porque le rozaban produciéndole ampollas. De forma improvisada decidió correr descalzo como solía hacer en los entrenamientos en su país,

Así que sin pensárselo dos veces se dispuso a correr descalzo los 42,195 kilómetros que conformaban el circuito bajo el mármol de la ciudad imperial, y ganó. Tras aquella noche, en la que Roma lo contempló cruzando inesperadamente el arco de Constantino declaró ante la incredulidad de los periodistas: «Quería que el mundo supiera que mi país, Etiopía, ganó siempre con determinación y heroísmo». Bikila no solo consiguió una elegante victoria al encabezar la entrada en la meta con su dorsal número 11 sino que, además, rompió el récord mundial poniendo en entredicho la necesidad de usar zapatillas running de hombre para alcanzar el olimpo.

Veinticuatro años después, la atleta sudafricana, Zola Budd se disponía a disputar la prueba de los 5.000 metros corriendo descalza y con tan solo 17 años, en enero de 1984, batía el récord mundial femenino tras dar 12 vueltas y media a la pista en 15:01.83. La IAAF reconocería oficialmente el tiempo conseguido por la joven ya que en aquel momento Sudáfrica estaba suspendida de todas las competiciones internacionales debido al régimen del apartheid. Budd que tenía un abuelo nacido en el Reino Unido, conseguiría poco después la nacionalidad británica para poder competir en los Juegos que se celebraban en Los Ángeles.

En el desfile inaugural Budd fue recibida con hostilidad por un público norteamericano que la consideraban más como un símbolo político que como una atleta; a fin de cuentas, se trataba de una adolescente sudafricana blanca que en pleno apartheid había obtenido la ciudadanía británica por vía exprés. Para colmo de males, durante la final de los 3.000 metros la estadounidense Mary Decker ídola local y favorita para el oro —y que al contrario que la atleta sudafricana usaba zapatillas running de mujer—, se chocaba con la pierna de Budd y caía al suelo. El estadio estalló en abucheos. Muchos culparon de inmediato a Zola, que terminó la carrera entre sollozos con la moral por los suelos.

Desde aquellas gestas legendarias, los cronómetros han seguido su curso y la tecnología ha hecho el resto. El registro de Abebe Bikila en Roma, aquellas 2 horas, 15 minutos y 16 segundos sobre el mármol de la Ciudad Eterna, ha sido rebajado en casi quince minutos. Hoy el récord mundial masculino de maratón pertenece al keniano Kelvin Kiptum, con un tiempo de 2 horas y 35 segundos, logrado en 2023 con zapatillas de placa de carbono y una biomecánica casi de laboratorio. La marca no oficial que Zola Budd estableció en 1984 —y que luego mejoró, un año después en Londres, en casi 30 segundos— ha quedado atrás. La keniana Beatrice Chebet, nacida entre las colinas de Kericho, corrió en 2025 con la ligereza de quien parece no rozar el suelo. Su registro, 13 minutos y 58 segundos, rompió por primera vez la barrera simbólica de los catorce minutos dejando tras de sí una estela de asombro. Entre unos y otros hay algo más que tiempo. Hay un salto de época, del esfuerzo desmedido de la ingeniería aplicada, del cuerpo al algoritmo.

Los récords caen sepultados bajo una colada de fibras de carbono, sensores de presión plantar y algoritmos que predicen tu próximo esguince antes de que te hayas puesto los calcetines. Con cada segundo que se gana parece perderse una fracción de aquella pureza con la que Bikila y Budd corrieron descalzos, como si lo esencial de correr no estuviera en vencer al reloj, sino en recordar qué significa pisar la tierra Hoy el asfalto ya no quema: lo enfría una espuma que devuelve el 84,7 % de la energía, certificado por laboratorio en Denver. El corredor sale de casa y, antes de pisar la acera, ya sabe que su cadencia ideal son 172 pulsaciones por minuto, que su VO2 máx ha bajado dos puntos desde el lunes y que, si se obstina en mantener ese ritmo, dentro de once días sufrirá una periostitis tibial con probabilidad del 63 %. El acto de correr se transforma en una acción cotidiana más mediada por las métricas y la productividad.

Hoy es impensable ver a un atleta olímpico corriendo descalzo —sería una herejía—, ya que el deporte ha dejado de ser un territorio para la épica convirtiéndose en una ciencia exacta donde el azar ya no tiene cabida. Sin embargo, mientras nos transformamos en híbridos conectados que optimizan cara latido, cada zancada siempre tendremos la oportunidad de recordar historias como las de Bikila y Budd y salir a correr descalzos por la playa fantaseando, con la sensación primitiva de libertad, el latido del corazón acompasado con el rumor del mar y el recuerdo de que el cuerpo sabe moverse sin instrucciones.

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Un comentario

  1. Pingback: El legado de Bikila y Zola Budd: correr descalzo como símbolo de pureza en el atletismo - Hemeroteca KillBait

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