Maratón

¡Por Yahveh, que parta nuestro corredor!

¿Por qué Filipides no se murió en el kilómetro treinta y dos?

Frank Shorter

Te puede tocar vivir en el legendariamente soporífero 1954 o puedes vivir los días vibrantes en los que se recopilaban escritos para la Biblia hace 2.900 años. Rematando la jugada, que además tu nombre termine impreso en ella, citado en un versículo por los siglos de los siglos. Es así de aleatorio pero es lo que tenía ser uno de los soldados de la tribu de Benjamín.

Aunque soldado, soldado del todo no era. Era un tipo que corría como si le llevaran los demonios y servía de mensajero para sus mandos. Y cuya historia pasó desapercibida para los intelectuales de una época en la que se pusieron las primeras piedras de esta afición a correr kilómetros, para dolor de usted, que me lee, aficionado a inscribirse en una carrera.

Me llegó al móvil algo del tipo: El Ministerio de Turismo de Israel le invita… y un sudor frío me recorrió el espinazo. Hay agrupaciones de palabras que siguen siendo malditas, que cuestan sufrimiento y quitan el apetito. Como la batalla de Maratón o Abebe Bikila en Roma. Precedido de una pequeña introducción, me convocaban a cubrir un maratón popular que hundía sus raíces en el primer libro de Samuel.

Hablaban de que habían organizado un maratón documentado varios siglos más atrás que el mito de Filípides. Un maratón directamente bíblico. Un bombazo periodístico. ¿Es que íbamos a otorgar a las fuentes narrativas de la Biblia un estatus superior a los clásicos e incluirlas como fuente de arqueología atlética? Los helenos detenían las guerras para unas treguas olímpicas. ¿Qué traición era esta? Más grave todavía era la acusación velada a los padres de olimpismo: ¿cómo había podido pasar desapercibida la Sagrada Biblia para el barón Pierre de Coubertin en su proyecto de reinvención moderna de unos Juegos deportivos para la Humanidad? Pues se le coló probablemente porque el siglo XIX tenía el foco puesto en la arqueología clásica y Herodoto, Plutarco y Homero eran las fuentes más trilladas por los grandes hombres. Y así quedó todo, con la regla de medir puesta en la cochambrosa carretera que une Maratón con el centro de Atenas.

Pasó el tiempo y el deporte moderno y el mundo del maratón popular tiraron adelante con la asunción de la épica griega como ethos del correr, sin saber que en el versículo 4:12 de Samuel 1 se habla de un hombre del ejército de Benjamín que corrió hasta la anciana capital Shiloh el mismo día y llegó con sus ropas hechas trapos y tierra sobre su cabeza. En otras palabras, tenían ante sus narices un historión con otro mensajero que tenía que recorrer los campos a golpe de sandalia para transmitir noticias. Siglos de occidentales leyendo a diario el Antiguo Testamento sin que casi nadie cogiera un mapa y situara los puntos de origen y final del recorrido del citado correo israelita. Que para más broma medía, agárrense, cuarenta y dos kilómetros.

Estamos terminando la transición entre la Edad de Bronce tardía y la Edad de Hierro del Levante mediterráneo. Llega un cambio climático que se recrudeció hacia el año 1.200 a.C y llevó a la desertización de un área central que incluía las civilizaciones primigenias de Egipto, Babilonia, la península del Sinaí y las islas de todo el mar Egeo. La paleoecología dice que un periodo de sequía a nivel regional se alargó durante trescientos años. El hambre y las malas cosechas, como siempre, fueron origen de varios movimientos migratorios en una dirección: una estrecha franja de terreno que discurre entre el Mar Muerto y la costa mediterránea. Cananeos sacudiéndose el control egipcio y unas tribus que habían estado cautivas por los faraones se contaban entre esos nuevos pobladores. Así que las ciudades fortificadas filisteas (en hebreo pəlištīm) y las Doce tribus de Israel sostienen una pugna territorial con numerosas pero primitivas unidades armadas. Primitivas nivel que el carro de combate asirio tirado por caballos está en su auge como gran avance militar.

En ese periodo se libra la batalla de Aphek, sostenida a las afueras de la actual Tel-Aviv entre las tribus israelitas y los filisteos, que resulta una auténtica carnicería. La escabechina infligida a los israelitas en una primera batalla se catalogó en miles de bajas. Los ejércitos filisteos aglutinaron en su apogeo hasta cuarenta mil soldados a pie, seis mil a caballo y otros tres mil hamashhith en carros rápidos. Las altas esferas israelitas entraron en trance y vieron evidente que la protección divina podría cambiar el curso de los acontecimientos. Henchidos de devoción guerrera deciden llevarse el sagrado Arca de la Alianza al campo de batalla. A sus unidades armadas añadirían en combate nada menos que ese vínculo portátil que representaba desde los tiempos del éxodo la mismísima comunicación de las gentes con su dios, Yahveh.

Este crescendo litúrgico y bélico sólo podía terminar o muy bien o muy mal. La Biblia añade aquí showtime al guion y hace que los gritos de todas las tribus judías se oigan en la contienda, atemorizando al contrincante. Imaginamos que el temor sólo duró unos minutos. Las llanuras costeras eran una zona cómoda para combatir con veloces carros de hierro y, sí, las entonces colinas boscosas del interior eran más favorables para las guerrillas israelitas. Mas los filisteos, aparte de volver a medir los lomos de los israelitas en la batalla de la costera Alphak (según las fuentes, también Eben Haezer) y asesinar los dos hijos del sumo sacerdote Eli, que dirigían las tropas, apresaron el Arca. Robaron, ni más ni menos, el recipiente sagrado donde los Jueces habrían guardado los rollos con los diez mandamientos enviados por Dios y recopilados por Moisés.

El roto es descomunal y alguien tiene que reportar la delicada situación a Eli, máxima autoridad del Tabernáculo, y que ya esperaba impaciente las noticias a las puertas de la ciudad. Es hora de que su soldado-mensajero se luzca durante unos cuarenta kilómetros campo arriba, hacia Samaria. Según los versos de Samuel, el corredor llegó con las ropas rotas a jirones y tierra sobre su cabeza. Ambas eran señales de duelo y dolor en Israel en aquella era. Colocar polvo y tierra sobre la cabeza está presente en otros pasajes bíblicos de los libros de Samuel o Job.

Pues bien. Dio la fatal noticia a la ciudad y su regidor y, del disgusto, éste cayó de espaldas y se partió el cuello. Portar mensajes como estos y servir de correo ligero fue el crucial papel de los grandes corredores de fondo en los ejércitos de la Antigüedad. Seres de un resistencia casi infinita a quienes los griegos denominarían hemeródromos y que desembocaron siglos después en las grandes gestas del maratón y ultramaratón moderno.

Corre el año 2014 de nuestra era en Shiloh, hoy yacimiento arqueológico y asentamiento de colonos desde los años setenta, enclavado junto a la vieja zona sagrada en los altos de la región de Cisjordania. Unos aficionados al running caen en la cuenta del significado de los versos que narran la historia del mensajero de Benjamín (que la narrativa bíblica convierte en el posterior rey Saul). Se dibuja de nuevo de inmediato un recorrido imaginario entre el lugar aceptado como escenario de la batalla, en la actualidad una zona residencial llamada Rosh Ha’Ayin, y la antigua capital del reino judío.

En realidad no es el primer trazo teórico que se hace de aquel viaje. Tras la guerra de los Seis Días (1967), el militar y promotor del deporte macabeo Yosef Yekutieli ya unió con su coche Eben Haezer con Shiloh y anotó la similitud con el maratón olímpico. Es difícil intuir hoy una vía de comunicación más o menos lógica que asciende desde la costa hacia las colinas del interior, porque son entornos que pertenecen a dos naciones en una guerra eterna, como imaginamos que ya pudo comprobar Yekutieli. De hecho, hasta la construcción en los años noventa de la autovía 5 o trans samaritana no había una salida rodada rápida hacia Tel-Aviv.

Pero en la mente de un cargo regional de la zona de Binyamin llamado Moshe Ronsky, hay en 2015 una ocasión histórica. Localizó el teléfono de la dirección de los maratones en Israel, que ya organizaba eventos populares y bastante turísticos en el lago Tiberiades y en Jerusalén, además de Eilat y Tel-Aviv. Su empeño rescató los cuarenta y dos místicos kilómetros aunque apenas entendiera que podría desatar un conflicto internacional de consecuencias no previstas. Tras reticencias de quien lidia con los eventos, algunas puertas se abrieron y se revivió la épica del mensajero. En esa pugna por ahondar en las raíces que mantienen algunas culturas con gran relato histórico, la historiografía judía podía dar en los morros a la Grecia clásica.

La indudable potencia del relato de este maratón de la Biblia es creciente desde el momento en que se recoge el dorsal, el ritual sagrado del participante en las carreras de fondo. Si el inicio de la carrera en Rosh Ha’Ayin era hasta 2019 apenas una sucesión de rotondas que podrían estar sin desentonar en las afueras de Alicante o Agrigento, bajo la débil luz del amanecer, la hipotética ruta del mensajero bíblico ponía al día el conflicto entre filisteos (palestinos) e israelitas (judíos). Como sabe todo aquel que se haya embarcado en organizar el medio maratón de su pueblo o una marcha cicloturista, ahí comienzan los problemas de diseño: un evento deportivo de masas requiere del corte de calles y carreteras durante varias horas. De carreteras que, en este caso, conectan un buen número de controles militares israelíes y que sirven para el paso de la población palestina y que genera potenciales agujeros de seguridad.

Ese maratón de la Biblia resultante resumía perfectamente tres mil años de Historia en un ascenso por una autovía flanqueada por olivares de titularidad palestina, por torretas de vigilancia hebrea y alambradas de espino de sesgo industrial y apátrida. El evento deportivo se deslizaba de un modo muy raro, queriendo unir gentes y religiones. Cada cinco kilómetros, los avituallamientos estaban militarizados en una región donde el concepto «militarizar» viene sin envoltorio. Coger un vaso de bebida isotónica mientras los fusiles automáticos cuelgan sobre los cuellos debía animar poco a los potenciales participantes palestinos.

La situación excepcional de dos comunidades enfrentadas por la muerte y la logística de trinchar un país de lado a lado obligaron a que, desde los años de pandemia, el recorrido final se circunscribiera a un bucle por las viñas y caminos alrededor de la vieja ciudad del Arca. El mensajero de Benjamín sigue mirando con angustia detrás de cada pedregal. Y retamares y viñedos de dos mil años de antigüedad ven pasar, callados, al mensajero que va pensando cómo contarlo todo.

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