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La insoportable levedad de ser joven

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Lucas Herrington NYCFC v Colorado Mar 14 2026 55bn
Lucas Herrington durante el partido entre el NYCFC y el Colorado Rapids en marzo de 2026 (Wikimedia)

Lucas Herrington descubrió aquella tarde que el camino de vuelta era más largo que el de ida. Había caminado desde el centro del campo hasta el punto de penalti acompañado por el ruido del estadio, por las voces de sus compañeros y por la esperanza de un país que seguía buscando su primera victoria en una eliminatoria mundialista. Regresaba, en cambio, únicamente con el golpe seco del balón contra el travesaño. Tenía dieciocho años.

Australia y Egipto habían terminado empatados a un gol después de ciento veinte minutos en los dieciseisavos de final del Mundial de 2026. El encuentro se disputó en el Dallas Stadium de Arlington. En la tanda de penaltis, los egipcios habían convertido sus tres primeros lanzamientos. Harry Souttar había fallado el primero de Australia; Jackson Irvine y Awer Mabil habían marcado los dos siguientes. Herrington era el cuarto lanzador australiano. Si no acertaba, Egipto dispondría de un penalti para cerrar el partido.

Herrington colocó el balón, retrocedió unos pasos y miró hacia la portería. Según explicó después, había convertido los penaltis ensayados durante aquella semana. El cuerpo técnico confiaba en él. Él también se sentía preparado. Sabía dónde quería colocar la pelota, había repetido su rutina y no había llegado hasta allí como quien es empujado hacia un lugar desconocido. Había aceptado la responsabilidad.

El disparo salió fuerte y elevado, dirigido hacia el ángulo derecho. Un poco más abajo habría sido un penalti magnífico. Pero en el fútbol, a veces, basta con que el balón se eleve unos centímetros de más para que un gesto valiente termine convertido en un fracaso. La pelota golpeó el larguero y regresó al campo como un viajero rechazado en frontera cuando ya divisaba su destino. Entonces Herrington se dio la vuelta. Sus compañeros aguardaban alineados junto al círculo central. Sin embargo, Awer Mabil abandonó la fila y salió a buscarlo. Lo abrazó antes de que el muchacho tuviera que regresar solo. Herrington explicaría después cuánto había significado para él aquel gesto de uno de los líderes del vestuario, un hombre al que respetaba y admiraba. Aquel abrazo no modificaba el marcador, pero impedía que el error se convirtiera inmediatamente en soledad.

Segundos después, Hossam Abdelmaguid convirtió el cuarto penalti egipcio. Egipto ganó la tanda por cuatro a dos y consiguió la primera victoria de su historia en una eliminatoria de la Copa del Mundo. Australia volvió a quedarse a las puertas de la suya.

Herrington regresó abatido hacia sus compañeros. Para entonces, el fallo ya había sido contemplado por una audiencia mundial. El empático gesto de Mabil no fue el único. Desde una mesa de análisis de la televisión estadounidense, Zlatan Ibrahimovic hizo algo más valioso que examinar la técnica del lanzamiento. Recordó que un penalti puede convertir a un jugador en héroe o reducirlo injustamente a cero, elogió el valor necesario para asumir aquella responsabilidad con dieciocho años y se ofreció a hablar con Herrington si lo necesitaba. El joven australiano reconoció que él mismo era el primero en castigarse y que escuchar aquellas palabras de una figura como Ibrahimovic significaba mucho para él. La respuesta no negaba el fracaso. Tampoco trataba al futbolista como a un niño. Separaba algo que el deporte confunde con demasiada facilidad: el lanzamiento que había salido mal y la persona que lo había ejecutado.

Herrington contó que había pasado noches sin dormir y que le costaba apartar de la cabeza aquel penalti. También dijo que pretendía utilizar la experiencia para crecer, como si necesitara convertir enseguida el dolor en una enseñanza aprovechable. Era una manera sensata de explicarlo. Quizá también la única que un futbolista joven puede permitirse cuando todos le preguntan cómo piensa levantarse antes de haberle concedido tiempo para caer. Mientras el estadio ve a un futbolista de élite, debajo de la camiseta continúa habiendo alguien que aún está formando su identidad, aprendiendo a convivir con el fracaso y descubriendo quién es fuera del terreno de juego.

Australia no había enviado al punto de penalti a un niño. Herrington era internacional, competía contra adultos y había demostrado durante el partido que podía enfrentarse a ellos. Era apenas su sexto encuentro con la selección, pero no había llegado al Mundial por una concesión sentimental. Tampoco había enviado a un hombre terminado. A los dieciocho años casi nadie lo es, aunque lleve botas profesionales, firme contratos y aparezca en televisión.

El fútbol tiene una vieja costumbre: cuando descubre a un joven extraordinario, le concede inmediatamente casi todas las obligaciones de un adulto y muy pocos de sus derechos. Le permite ganar dinero, decidir campeonatos y cargar con el escudo de un país, pero no siempre le permite dudar, equivocarse o comportarse de acuerdo con su edad.

La pregunta no es si Lucas Herrington estaba capacitado para lanzar aquel penalti. Probablemente lo estaba. La pregunta es otra: ¿que un joven pueda soportar la presión significa que sea conveniente obligarlo a soportarla? Desde que el fútbol empezó a contar la edad de sus prodigios, la juventud dejó de ser una etapa de la vida y se convirtió en un récord. Diecisiete años y tantos días. El debutante más joven. El goleador más joven. El campeón más joven. El muchacho que llegó antes que todos los demás.

En 1958, Pelé tenía diecisiete años cuando Brasil viajó al Mundial de Suecia. Arrastraba una lesión de rodilla sufrida poco antes del torneo y no pudo intervenir en los dos primeros encuentros. Pero, antes incluso de que aquella rodilla pusiera en duda su participación, otro informe había cuestionado su presencia. João Carvalhaes, psicólogo de la selección brasileña, consideró que Pelé era demasiado infantil, que carecía del espíritu combativo necesario y que aún no estaba preparado para recibir y responder a la dureza de un Mundial. La historia ha conservado aquel diagnóstico como una de esas profecías equivocadas que parecen redactadas para hacer reír al futuro.

Pelé debutó contra la Unión Soviética con diecisiete años y 235 días. En los cuartos de final marcó frente a Gales con diecisiete años y 239 días. Después hizo tres goles contra Francia en la semifinal y otros dos ante Suecia en la final. Fue campeón del mundo con diecisiete años y 249 días. Sigue siendo el futbolista más joven que ha marcado y el campeón más precoz de la historia de los Mundiales.

Pelé es la gran objeción contra cualquier condena general de la precocidad. Si Brasil hubiera obedecido el informe psicológico, quizá habría evitado exponer a un adolescente a una presión desmesurada. También habría privado al fútbol de una de sus apariciones más hermosas. El muchacho no solo estaba preparado para jugar: parecía haber esperado durante toda su breve vida aquel escenario.

Pero Pelé fue Pelé. Su historia demuestra que un joven puede conquistar un Mundial. No demuestra que todos los jóvenes deban ser empujados a intentarlo. El problema comenzó cuando el fútbol convirtió una excepción irrepetible en una medida universal. Desde Suecia, cada adolescente con talento ha sido observado como un posible heredero. Ya no bastaba con ser bueno. Había que ser el nuevo Pelé, el nuevo Maradona, el nuevo Messi. Cada prodigio recibía un nombre prestado antes de disponer de tiempo para construir el suyo.

En 1982, Norman Whiteside arrebató a Pelé el récord de futbolista más joven en participar en un Mundial. Tenía diecisiete años y 41 días cuando Irlanda del Norte lo alineó frente a Yugoslavia en Zaragoza. Cuando se supo que iba a superar el registro del brasileño, el hotel se llenó de periodistas y fotógrafos. Whiteside recordaría después que entonces no existía preparación mediática y que, sencillamente, habían entregado a un muchacho de diecisiete años a centenares de reporteros llegados de todo el mundo. Podía enfrentarse a defensas profesionales, pero nadie había comprobado si sabía enfrentarse a una sala llena de adultos preguntándole quién pensaba ser durante el resto de su vida.

En aquellos años, al menos, el foco podía apagarse durante unas horas. El periodista cerraba la libreta. El fotógrafo guardaba la cámara. El jugador encontraba todavía algunos lugares fuera del escrutinio y podía regresar, siquiera durante una noche, a su edad verdadera.

Ahora resulta mucho más difícil. El futbolista adolescente se lleva el estadio dentro del teléfono. Cada regate, cada gesto y cada error continúan viviendo en las pantallas. Las jugadas se repiten desde diez ángulos, reciben puntuaciones, se convierten en memes y provocan juicios de personas que no conocen al jugador, pero se sienten autorizadas para decidir si será una leyenda o un fracaso. Antes, un joven debía aprender a convivir con la fama. Ahora tiene que aprender también a convivir con la opinión permanente de desconocidos.

En el Mundial de 2026, el jugador más joven fue el mexicano Gilberto Mora. Tenía diecisiete años y 240 días al comienzo del torneo y, al debutar, se convirtió en el sexto futbolista más joven que había disputado un partido de la Copa del Mundo. Herrington ocupaba el décimo lugar entre los convocados de menor edad; Lamine Yamal, el duodécimo; Pau Cubarsí, el decimosexto. La lista parecía un registro civil del futuro. Mora jugaba todavía con diecisiete años. Lamine comenzó el campeonato con dieciocho, marcó frente a Arabia Saudí y cumplió diecinueve el 13 de julio, la víspera de la semifinal de España contra Francia. Cubarsí llegó con diecinueve, fue titular en los ocho partidos de la selección española y terminó elegido mejor jugador joven de la competición.

España se convirtió en el primer equipo desde el Brasil de 1958 que utilizaba a dos futbolistas menores de veinte años durante las eliminatorias de un Mundial. Pelé había abierto aquella puerta en Suecia y, sesenta y ocho años después, Lamine y Cubarsí la atravesaban llevando otra estrella hacia España. A los dos se les elogió muchas veces por su madurez. De Cubarsí se destacaba la serenidad con la que defendía, la calma de quien parecía llevar diez años jugando finales. De Lamine, la naturalidad con la que soportaba defensas, cámaras, comparaciones y expectativas.

Al joven excepcional siempre se le halaga diciendo que no parece joven, como si la juventud fuera una deficiencia que hubiera que disimular. Se admira que no tiemble, que no se distraiga, que no se canse y que responda con frases prudentes. Se celebra que viva como un veterano antes de haber tenido tiempo de vivir como un muchacho. Y cuando alguna vez hace algo propio de su edad, el fútbol se sorprende, como si hubiera incumplido una promesa.

Sin embargo, conviene evitar una condena genérica de la precocidad. Hay jóvenes preparados para competir y adultos que no lo están. La edad cronológica no determina por sí sola la madurez emocional. Pelé parecía preparado para una final mundialista con diecisiete años. Otros jugadores no se sienten preparados para una entrevista con treinta. Algunos adolescentes poseen una seguridad extraordinaria, algunos veteranos viven toda su carrera intentando domesticar el miedo. No existe un interruptor que se active el día del decimoctavo cumpleaños y convierta de pronto a una persona en adulta.

La juventud tampoco es una enfermedad de la que deba protegerse automáticamente al deportista. El fútbol puede proporcionar disciplina, amistades, autoestima, propósito y una forma de pertenecer al mundo. Puede ofrecer a un muchacho oportunidades que jamás habría encontrado fuera del campo. Pero también puede adelantarle la vida. Mientras otros adolescentes estudian, se equivocan sin testigos y cambian de opinión sin que quede constancia, el futbolista precoz firma contratos, sostiene económicamente a su familia y descubre que una mala tarde puede modificar el valor que alguien ha colocado sobre su nombre. El fútbol no solo acelera su carrera. A veces acelera también su infancia hasta hacerla desaparecer.

En febrero de 2026, la revista científica Sport Sciences for Health publicó el estudio «Mental health and well-being in youth football players: a systematic review» («Salud mental y bienestar en jóvenes futbolistas: una revisión sistemática»), elaborado por un equipo de siete investigadores encabezado por Gantima Praisan y Camilla Scaramuzza. Los autores revisaron veinticinco estudios en los que habían participado 7123 futbolistas de entre doce y diecinueve años. Solo el 16 por ciento eran mujeres, una desproporción señalada como una limitación importante.

Los trabajos incluían jugadores aficionados y profesionales, integrantes de academias y selecciones juveniles y niveles de competición regionales, nacionales e internacionales. Los resultados mostraban que entre un 8 y un 21 por ciento presentaba síntomas elevados de ansiedad; entre un 6,5 y un 40 por ciento, síntomas depresivos; hasta un 37 por ciento, malestar psicológico; y entre un 17 y un 30 por ciento, deterioro del bienestar. También se detectaban síntomas de trastornos de la conducta alimentaria en una proporción situada entre el 11 y el 17 por ciento.

Las cifras necesitan cautela. No equivalían necesariamente a diagnósticos clínicos y no constituían una prevalencia conjunta calculada sobre todos los participantes. Procedían de estudios realizados con métodos, instrumentos y muestras diferentes. Además, la mayoría de los trabajos tenían un diseño transversal. Permitían observar asociaciones, pero no demostrar que el fútbol hubiera causado directamente aquellos problemas. La investigación no sostenía que el fútbol juvenil enfermara a quienes lo practicaban. Dibujaba un mapa más complejo.

Entre los factores relacionados con un riesgo mayor aparecían la edad y las difíciles transiciones hacia el fútbol adulto, el miedo perfeccionista a cometer errores, los entornos de entrenamiento que restaban autonomía al jugador, las creencias irracionales sobre el rendimiento, las cargas elevadas y las dificultades para dormir. También aparecían factores protectores: entrenadores capaces de crear un clima de apoyo, relaciones sólidas dentro del equipo, confianza, estrategias para afrontar la adversidad, satisfacción de las necesidades psicológicas básicas y una relación armoniosa con el fútbol, basada en el disfrute y el crecimiento personal, no únicamente en la obligación de cumplir las expectativas ajenas.

La conclusión no era que el deporte destruyera a los jóvenes. Era algo menos espectacular y más incómodo: el mismo fútbol podía ayudarlos a crecer o dificultar ese crecimiento, dependiendo del entorno que los rodeara.

Un documento de consenso promovido por el Comité Olímpico Internacional y publicado en 2024 en el British Journal of Sports Medicine había llegado a una advertencia semejante. La adolescencia es un periodo vulnerable y cambiante en el que el desarrollo físico, psicológico y social no avanza siempre al mismo ritmo. Durante esos años se están formando la identidad, la autoestima, la autonomía y las relaciones con los demás. Al mismo tiempo, el deportista joven debe afrontar las transformaciones propias de la edad junto a las exigencias del entrenamiento, la especialización precoz, las lesiones, los viajes, el alejamiento de la familia y la presión por rendir. El documento reclamaba entornos seguros, relaciones adultas de apoyo y una autonomía concedida de manera gradual, de acuerdo con la madurez real de cada deportista y no únicamente con su talento.

La adolescencia no es una sala de espera antes de la edad adulta. Es el lugar en el que una persona empieza a decidir quién será. Y mientras ese proceso ocurre, el deportista de élite puede descubrir que otros ya han decidido por él: será campeón, será una estrella, salvará al club, ganará el Mundial, mantendrá a su familia, cumplirá la promesa que todos aseguran haber visto cuando todavía era un niño.

Bojan Krkic tenía diecisiete años cuando su vida se aceleró. Había marcado cerca de novecientos goles en las categorías inferiores del Barcelona. En el verano de 2007 participó en el Mundial sub-17 y regresó convertido en una celebridad. Según contaría años después, antes de aquel torneo apenas lo reconocían por la calle. A la vuelta ya no podía caminar tranquilamente. En pocas semanas debutó en Primera División, jugó la Liga de Campeones, marcó goles y fue presentado como el nuevo Messi. No como Bojan. Como el siguiente de otro. Futbolísticamente, la irrupción funcionó. Personalmente, no.

A comienzos de 2008 empezó a sufrir ataques de ansiedad. Sentía mareos, náuseas y una presión constante que no desaparecía al abandonar el campo. Cuando no pudo debutar con España frente a Francia, se difundió que padecía una gastroenteritis. Cuando renunció a participar en la Eurocopa, se explicó públicamente que necesitaba descansar. La realidad era que recibía tratamiento psicológico, tomaba medicación y no se sentía capaz de afrontar otra concentración.

Luis Aragonés y Fernando Hierro conocían la situación. Carles Puyol se ofreció a permanecer a su lado durante el torneo. Bojan respondió que no podía ir. Sin embargo, al día siguiente apareció presentado como un futbolista que había rechazado a la selección. Durante años, una parte del público interpretó aquella ausencia como desinterés o falta de compromiso.

Bojan explicaría una década después que, a los diecisiete años, su vida había cambiado por completo. Desde fuera todo parecía funcionar, pero su cabeza se había ido llenando hasta que el cuerpo dijo basta. También rechazó la idea de que su carrera hubiera sido una decepción. La pregunta era: decepcionante respecto a qué. Si se le comparaba con Messi, casi cualquier carrera humana podía considerarse un fracaso. Bojan jugó en el Barcelona, la Roma, el Milan, el Ajax, el Stoke City y otros clubes. Ganó títulos y compitió en varias de las mejores ligas. Sin embargo, durante años continuó siendo presentado como una promesa que no había llegado a convertirse en aquello que los demás imaginaron.

El caso de Bojan no permite afirmar que la exposición precoz arruine una carrera. En el desarrollo de un jugador intervienen las lesiones, los entrenadores, los clubes, el estilo de juego, las decisiones personales y una porción generosa de azar. Tampoco todos los jóvenes sometidos a presión padecen ansiedad, ni todos los que la padecen ven truncada su trayectoria. Su historia demuestra algo más concreto: el éxito deportivo visible puede convivir con un sufrimiento invisible y un muchacho puede estar triunfando ante sesenta mil personas mientras intenta no derrumbarse por dentro. Eso era lo que el fútbol no sabía mirar. O quizá no quería. Porque reconocer la fragilidad de un prodigio obliga a aceptar que el talento no otorga inmunidad. Que un jugador capaz de soportar una entrada violenta puede no soportar una expectativa. Que la fortaleza competitiva y la salud emocional no son la misma cosa.

El deportista joven aprende pronto a ocultarlo. El miedo se interpreta como debilidad; la duda, como falta de ambición; el cansancio, como una excusa. Así que continúa jugando. Sonríe en las fotografías. Responde que está cumpliendo un sueño. Y puede que sea verdad. Las pesadillas y los sueños utilizan a veces la misma habitación.

En el Mundial de 2026, Lucas Herrington no fue obligado a lanzar el penalti contra Egipto. Había ensayado, se sentía preparado y deseaba asumir la responsabilidad. Culpar al entrenador por haber confiado en él sería demasiado sencillo. También sería injusto negar al joven la capacidad de tomar decisiones solo porque el resultado fue malo. Si el balón hubiera entrado, probablemente se habría elogiado la valentía del seleccionador Tony Popovic. Herrington habría sido presentado como una nueva figura del fútbol australiano. El mismo acto habría parecido audaz en lugar de imprudente. Igual que ocurrió con Pelé.

El fútbol juzga las decisiones mirando primero el marcador y después los argumentos. La cuestión no consiste en impedir que un futbolista de dieciocho años lance un penalti. Consiste en preguntarse qué protección existe después de que lo falle. Quién le recuerda que un error no es una identidad. Quién evita que la crítica al lanzamiento se transforme en un juicio sobre la persona. Quién le permite estar triste sin exigirle inmediatamente una lección de superación.

La responsabilidad de los adultos no termina cuando deciden que un joven está preparado para competir. Si una federación, un club o un entrenador consideran que un adolescente posee la madurez suficiente para cargar con una decisión, también deben estar preparados para cargar con él cuando esa decisión salga mal.

No sabemos si aquel penalti dañará a Herrington, lo fortalecerá o acabará siendo una anécdota remota. Tal vez dentro de veinte años lo recuerde como el principio de una carrera extraordinaria. Quizá diga que aquel larguero le enseñó a perder y que, después de haber fallado ante millones de personas, ningún partido volvió a asustarlo. También puede ocurrir que el sonido del golpe del balón contra el larguero continúe regresando en determinadas noches. Que cada travesaño le recuerde aquel encuentro. Que durante un tiempo tema volver a caminar hacia el punto de penalti. No hay manera de conocer todavía el final.

El futuro de los jugadores jóvenes siempre parece pertenecer un poco a los demás: al club que los formó, al país que los celebra, a los aficionados que esperan y a los periodistas que escriben lo que deberían llegar a ser. A los dieciocho años, el porvenir puede pesar tanto como una derrota. Por eso, quizá la imagen decisiva de aquella tarde no sea el balón golpeando el larguero. Es Awer Mabil abandonando la línea para abrazar a Herrington.

Y quizá esa sea la respuesta más honesta que puede ofrecer el fútbol cuando decide pedir responsabilidades de adulto a quienes todavía no han terminado de ser jóvenes. No apartarlos siempre del peligro. No negarles la oportunidad. No confundir protección con miedo. Pero estar allí cuando regresen. Antes de que tengan que aprender a ser mayores ellos solos.

Un comentario

  1. Héctor Maillo Núñez

    Don Florentino Pérez debe de moverse para que no sancionen a
    el brasileño Vinicius Jr por el partido de ayer contra el Villareal para que llegue a el clásico ahora es cuando don Florentino Pérez debe de mostrar que es el ser superior.

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