Juegos de azar

El alquiler infinito de Mr. Monopoly

Es noticia
Drawing for a Game Board NARA 595519
Dibujo de patente de tablero de juego, de L.J. Magie
5 de enero de 1904
RG 241
Patente n.º 748626
08806_2003_001

Cuando Elizabeth Magie patentó en 1904 The Landlord’s Game, un tablero didáctico con el que pretendía demostrar que la concentración de la propiedad del suelo arruinaba a todo el mundo salvo al rentista, difícilmente podía sospechar que su artefacto acabaría convertido en la mayor fábrica de licencias del sector del juguete, ni que Charles Darrow, quien en 1935 vendió a Parker Brothers una versión retocada como invención propia, cargaría durante medio siglo con el mérito. Un siglo largo después, la rama más lucrativa del invento consiste en cobrar por el uso de un señor bigotudo con chistera, tarea que Hasbro ejerce con una diligencia que el propio personaje aprobaría.

La derivada más llamativa de ese negocio es la del casino, donde el juego que nació para denunciar el rentismo ha terminado calculando ventajas de la casa. El título que mejor lo resume es Monopoly Big Baller, producido por Evolution bajo licencia oficial de Hasbro y que se puede jugar en Ivybet Casino entre otros, que cruza la mecánica del bingo con la iconografía del tablero mediante sesenta bolas numeradas, cartones, un presentador en directo y un Mr. Monopoly en realidad aumentada que recorre un tablero tridimensional repartiendo multiplicadores, todo ello con un retorno teórico anunciado del 96,10 %. Su antecesor, Monopoly Live, ya había convertido la vieja ruleta de la fortuna televisiva en uno de los productos más rentables del casino en vivo, y el éxito de ambos explica que el 1 de julio de 2025 Hasbro firmara con Evolution un acuerdo plurianual y exclusivo —de alcance mundial, Estados Unidos incluido— que abarca todas las marcas del grupo sueco, desde NetEnt y Red Tiger hasta Big Time Gaming, Nolimit City, Ezugi y Livespins. Su director de producto, Todd Haushalter, celebró el pacto asegurando que «Monopoly es la mejor marca de juegos de casino del mundo», una frase que a Magie le habría parecido un epitafio. Desde enero de 2026 la casilla de salida se ha poblado de títulos con nombres que parecen una broma escrita por un guionista poco sutil, entre ellos Game Night, Monopoly Filthy Rich y Monopoly Roulette, presentados en sociedad durante la feria ICE de Barcelona, a los que en julio se sumó Monopoly Roll ‘em, un juego de dados en directo donde la chistera recorre doce casillas repartiendo multiplicadores de hasta trescientos aumentos. Aristocrat se encarga mientras tanto de llevar las máquinas físicas a las salas, con Galaxy Gaming, Bally’s y Sciplay completando el reparto. Que la partida familiar de las tardes de lluvia acabe en el mismo lugar donde se juega al Dragon Tiger tiene su gracia amarga, sobre todo si uno recuerda para qué diseñó Magie las reglas.

La otra mina, la del móvil, funciona con una lógica parecida aunque sin licencia de juego. Monopoly Go!, desarrollado por Scopely —compañía con equipo en Sevilla y Barcelona— y lanzado en abril de 2023, ha superado los seis mil millones de dólares en compras dentro de la aplicación según Sensor Tower, más rápido que ningún otro juego móvil de la historia. Lo que allí se compra con dinero contante son tiradas de dados, mecánica que traslada la casilla de impuestos al bolsillo del jugador mientras el tablero conserva su aire inofensivo de sobremesa familiar.

Ninguna de esas licencias ha generado, sin embargo, una historia tan novelesca como la promoción que McDonald’s mantuvo durante décadas repartiendo cromos con los nombres de las calles. Jerome Jacobson, exagente de policía y responsable de seguridad de Simon Marketing, la empresa encargada de custodiar precisamente esas piezas, sustraía los cromos premiados y los repartía entre una red de amigos, familiares, mafiosos y videntes que fingían ser ganadores afortunados, de modo que durante más de una década ningún gran premio recayó en un cliente auténtico y el botín superó los veinticuatro millones de dólares. El FBI, alertado por un chivatazo anónimo, montó una operación encubierta que incluyó el rodaje de un anuncio falso y lo detuvo en agosto de 2001, con una condena posterior de treinta y siete meses de prisión y más de doce millones en restitución. HBO convirtió el episodio en la serie documental McMillions.

Menos conocida, y bastante más honorable, es la licencia que Waddingtons, fabricante británico del juego, aceptó durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el servicio de inteligencia MI9 le encargó ediciones especiales destinadas a los campos de prisioneros alemanes, con mapas de seda, brújulas en miniatura, limas y billetes auténticos escondidos entre los fajos de dinero de juguete, y una marca discreta que indicaba a los presos qué ejemplares eran los buenos. El juego de la especulación inmobiliaria sirvió, por una vez, para escapar de una cárcel que no era la del cartón.

Queda el capítulo inmobiliario propiamente dicho, porque la marca también alquila metros cuadrados. En Hong Kong, el Peak Galleria alberga desde 2019 Monopoly Dreams, la primera atracción temática del juego; en el West End londinense, Monopoly Lifesized instaló un tablero de quince metros por quince donde los visitantes hacen de fichas y compran propiedades resolviendo pruebas de sala de escape. Lionsgate y la productora de Margot Robbie siguen desarrollando mientras tanto la película, después de una década de intentos fallidos, con dos tratamientos sobre la mesa y un guion por encargar. A estas alturas el monopolio de verdad reside en la licencia que autoriza a reproducir el tablero, un contrato que se cobra en casinos, teléfonos, hamburgueserías y salas de escape, y que confirma, con un siglo de retraso, aquello que Magie quería enseñar.

 

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