
Louven Vogelio es un velocista belga que intenta romper el récord mundial de los cien metros llanos. Para reducir la resistencia al aire, a Vogelio le eliminan el pelo de la cabeza, le quitan las orejas y afilan su nariz imitando el diseño de los aviones Concorde. Para alivianar peso inútil, le sacan las costillas falsas y le reemplazan los huesos de las piernas por huesos sin médula. Para mejorar su explosión en la largada, le inyectan hormonas de guepardo.
«Cuando uno está luchando, no ya con milésimas de segundo, sino con millonésimas de centésimas de segundo, cualquier posibilidad de bajar la más ínfima fracción de tiempo no debe ser dejada de lado».
Louven Vogelio es un personaje de ficción creado por el dibujante y escritor Roberto Fontanarrosa para una de sus Semblanzas deportivas en la que se lleva hasta el límite un experimento científico en busca de la perfección atlética. En el absurdo que encierra el diseño del velocista quizás podamos encontrar alguna clave de lectura para este catálogo de cuerpos. Pero no de cualquier tipo: se trata de cuerpos para el deporte de élite.
He aquí una selección (aleatoria) de casos testigo. Breves historias de privaciones y superación (o no) atravesadas por deseo, pasión, resentimiento, inercia, diversión, obligación, mandato.
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«Un elefante es más ágil que tú».
Eso le decían sus entrenadores a la clavadista mexicana María José Alcalá para motivarla. «No me lastimaba, no me hacía sentir mal en ese momento, no pues, yo decía “vas a ver cómo sí puedo”». Contaba que el legendario instructor Jorge Rueda imponía rutinas rigurosas y pesaba a sus atletas cada semana. «Yo tenía que cuidar muchísimo mi peso porque mi deporte precisamente necesita agilidad, velocidad, fuerza explosiva, brinco. Si tú eres pesado, te cuesta más trabajo dar vueltas, te cuesta más trabajo brincar; llevas el doble de peso». Para que sus saltos acrobáticos alcanzaran la eficacia que requería Rueda, María José debió someterse a dietas durante más de veinte años. «Desde chiquita te enseñan que no puedes comer pan, que no puedes comer tortilla, que no puedes comer nada de dulces, que no puedes comer nada de botanas. O sea, que tienes que ser saludable. Y a veces llega un momento en que dices “ya, ya estuvo, soy una chavita de catorce años que también tiene derecho a comerse un pastel de chocolate”».
María José Alcalá compitió en cuatro Juegos Olímpicos consecutivos, desde Seúl 1988 hasta Sídney 2000. En noviembre de 2021 fue elegida presidenta del Comité Olímpico Mexicano, la primera mujer en la historia de su país en ocupar ese cargo.
«En el momento de la adolescencia tienes cambios hormonales, tienes cambios en todo lo que es tu cuerpo. Estás entre la pubertad y la niñez. Imagínate lo que fue para mí llegar a los dieciséis años de edad a Seúl y que estuviera tratando de bajar de peso».
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«Yo me desarrollé tarde».
El futbolista argentino Hernán Crespo dice que en las divisiones inferiores de River Plate era el chiquitito del grupo y tuvo que adaptarse para sobrevivir. «Aprendí a desmarcarme. ¿Por qué? Porque tenía miedo. Porque cuando me pegaban, me pegaban muy fuerte. Aprendí a tocar de primera, a amagar, ir para un lado y salir para el otro. Para que no me peguen. Porque cada vez que me pegaban, me dolía». A los dieciséis años el cuerpo de Crespo dio el estirón, llegó al metro ochenta y su carrera cambió. Se convirtió en un goleador letal, llegó a primera división, fue campeón de América con su club, lo convocaron a la selección argentina, lo vendieron al fútbol italiano, jugó el mundial de Francia 1998.
«Después del Mundial 98, ya jugaba en Italia, pero nunca había levantado una pesa. Yo no podía jugar a ese nivel».
Entonces tuvo su segunda transformación. A su altura natural de un metro ochenta y cuatro debió sumarle contextura física, fuerza, masa muscular. En un año ya sintió la diferencia. «Vos ves una foto mía de Francia 98 y no tengo un músculo… flaquito, el nene que nunca hizo un abdominal. En el 99 jugamos un amistoso contra Brasil en el Monumental, ganamos 2 a 0 y el segundo gol lo hago yo. En el festejo, salto los carteles y me paro de frente a la tribuna». Siete compañeros se le trepan encima. «Y a mí no se me mueve nada».
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«Nunca había jugado al baloncesto antes de los catorce años».
A esa edad, el rumano Gheorghe Mureșan ya era un gigante. Medía dos metros siete y llegó al deporte de una manera fortuita. Un día de 1985 fue al dentista por un dolor de muelas y el dentista, que en sus ratos libres era árbitro de básquet, quedó más impresionado por su tamaño que por su dentadura. Tal fue su impacto que lo recomendó a varios equipos de la zona. Así Mureșan terminó sumándose a la Universidad de Cluj en 1986. «En mi primer año era el peor jugador». Claro, la altura es un punto de partida clave para ser basquetbolista, pero con ese atributo solo no alcanza: además hay que saltar, moverse de manera coordinada, acertar al aro. Sus entrenadores dicen que lo primero que hicieron fue trabajar con su postura. «Caminaba como un anciano, todo encorvado. Le tuvimos que enseñar a caminar erguido, a que estuviese orgulloso de su estatura».
En 1992 lo contrató el Pau-Orthez de Francia y en 1993 fue seleccionado por los Washington Bullets en el draft de la NBA. Por entonces, Mureșan ya medía dos metros treinta y uno.
Su altura se explica por un trastorno endocrino: un tumor benigno en la hipófisis que le había provocado varios períodos de crecimiento anormal. Antes de su llegada a la NBA, los Bullets se ocuparon de que le extirparan el tumor y de su posterior tratamiento. El 17 de noviembre de 1993 debutó contra los Milwaukee Bucks y se convirtió en el jugador más alto en disputar un partido de la NBA. Así contó The Washington Post el momento en que su entrenador le dijo que se preparara para entrar cuando faltaban cuarenta y nueve segundos para el final.
«Gheorghe Mureșan fue desplegándose lentamente; caderas, hombros, rodillas y pies se alinearon con fluidez en vertical, en un movimiento tan impresionante que resulta insuficiente decir simplemente que se puso de pie».
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Más rápidos, más fuertes, más ágiles, más elásticos, más explosivos, más flexibles, más eficaces, más precisos, más resistentes. Los cuerpos de cada deportista profesional se van moldeando y evolucionan para tratar de alcanzar esos propósitos.
Cada cual tiene su batalla propia.
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«Este busto me hace sentir incómoda al jugar».
La tenista rumana Simona Halep se operó a los dieciocho años para reducir el tamaño de sus pechos. En 2009 estaba comenzando a competir en el circuito profesional y notó que la talla 95 resultaba un escollo. «Es un peso que dificulta mi habilidad para reaccionar con rapidez». Cuando decidió y anunció que se operaría, se multiplicaron desde Facebook varios grupos de varones con pretensión humorística para intentar disuadirla: «Salvemos los pechos de Simona Halep», «Que Simona Halep no arruine su futuro», «Evitemos que Simona cometa un crimen contra la humanidad».
Tras la reducción a 75 notó que estaba más agresiva en la cancha, que corría más, que se movía mejor, que ya no tenía problemas para el saque, que habían desaparecido sus dolores de espalda. «Fue la mejor decisión».
En 2017, Halep se convirtió en la primera tenista rumana de la historia en alcanzar el número uno del ranking.
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«¿Sabés qué jugador hubiera sido yo si no hubiese tomado cocaína?».
El futbolista argentino Diego Armando Maradona se confiesa con Emir Kusturica. Es el año 2008 y el director serbio lo entrevista para su película documental Maradona by Kusturica.
Diego debutó en el fútbol profesional en 1976, diez días antes de cumplir dieciséis años. Diez años después ganó la copa del mundo. «Yo nací dentro del fútbol y ya sabía quién iba a ser. Sabía que iba a comprarle la casa a mamá, que iba a tener mi familia, que iba a recorrer el mundo, que iba a salir campeón con Argentina. Lo que no sabía era que iba a tomar cocaína». Más o menos a partir de los treinta, la carrera de Maradona entró en ebullición. «Eso me restó un montón de cosas y hoy, lamentablemente, siento culpa dentro mío». Su rendimiento fue discontinuo y empezó un lento declive, se evidenciaron vaivenes físicos, tuvo demasiados problemas fuera de la cancha, sufrió dos suspensiones de quince meses cada una, la primera en 1991 y la segunda en 1994.
«¡Qué jugador nos perdimos!».
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«Todas las mañanas encuentro parte de mi identidad en la almohada».
El pelo era un problema para el tenista norteamericano André Agassi. «La clave de mi identidad, lo que sí sé sobre mí pero no puedo revelar a los periodistas, es que estoy perdiendo el pelo. Lo llevo largo y crespado para disimular su rápida caída». Agassi había irrumpido en el circuito profesional en 1986 con un juego avasallante y un aspecto disruptivo: un peinado que hombres y mujeres querían copiar. «Me halagan mis imitadores, pero también me avergüenzan, me confunden».
A los dieciocho ya era una celebridad. La prensa especializada lo consideraba «el salvador del tenis americano», pero a él le costaba procesar tanta presión. Su padre Mike le había impuesto una estricta disciplina de entrenamiento desde muy chico y André, secretamente, llegó a odiar el tenis. «Ni yo mismo soy capaz de entender mis motivaciones, mis demonios». En los primeros diez años de competencia profesional, su cabeza fue un territorio de transformaciones. Por dentro y por fuera. Tuvo pelo largo y corte mullet, vincha, pañuelo, claritos, extensiones postizas y hasta una especie de peluca para ocultar su trauma.
En 1996, cuando ya era número uno del mundo, decidió raparse.
El primer torneo de Agassi a cabeza descubierta fue el Open de Australia. «Los periodistas me preguntan si me preocupa la insolación. Yo me río, sinceramente les digo que la insolación es la menor de mis preocupaciones. Y querría añadir: mentalmente ya estoy frito. Pero no lo hago».
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La cabeza.
La cabeza también se trabaja.
Ahí está el motor de los deportistas de élite.
Sin fortaleza mental no hay músculo, articulación o extremidad que puedan sostener un cuerpo.
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«Siempre que te encuentras en una situación de mucho estrés, te asustas».
La gimnasta artística estadounidense Simone Biles venía de ser multicampeona olímpica en Río 2016, con cuatro oros y un bronce. Tenía veinticuatro años cuando llegó a los Juegos de Tokio 2020, era la estrella indiscutible de su disciplina. Algo le pasó en las finales de la competencia por equipos. Lo que se vio fue una caída fallida después de un salto. «Desde que entro al tapiz, estoy yo sola con mi cabeza, tratando con demonios en mi cabeza». Sorprendió al mundo retirándose de la competencia. Una semana más tarde, decidió afrontar la final individual en la barra de equilibrio y ganó la medalla de bronce.
Después de esos Juegos, Simone dejó de competir por dos años.
«Debo hacer lo que es bueno para mí, concentrarme en mi salud mental y no comprometer mi bienestar». A los demonios que rondaban por su cabeza y comprometían su bienestar los había hecho públicos en 2018 cuando denunció al médico histórico del equipo de gimnastas de su país. «Ya no tengo miedo de contar mi historia. Yo también soy una de las muchas sobrevivientes que sufrieron abusos sexuales por parte de Larry Nassar».
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«Tienes el escafoides roto».
Eso le dijeron los médicos al tenista español Rafael Nadal. Era 2005, tenía diecinueve años, estaba en los inicios de su carrera profesional. Ya había ganado la Copa Davis, doce títulos del circuito ATP y su primer Roland Garros. «La primera vez que yo vi a Rafa simplemente se le veía con mucho miedo». El que habla es el traumatólogo Ernesto Maceira. Él fue quien dio en la tecla con el origen de su lesión, el que diagnosticó que lo suyo era síndrome de Müller-Weiss. «Para padecer una enfermedad de Müller-Weiss hay que tener un tipo morfológico de pie, que eso se hereda. El escafoides es el hueso que en el futuro va a ser el arco. Y la rotura se produce porque unas fuerzas anormales actúan sobre un hueso inmaduro. Yo calculo que sobre los cuatro o cinco años empezó a hacer ejercicio físico con mucha intensidad, antes de que su hueso estuviera madurado del todo».
El papá de Rafa confirma las suposiciones del doctor, dice que su hijo pasaba todo el día peloteando con la raqueta desde muy niño. «Podía estar las veinticuatro horas jugando». Y el tío de Rafa transformó esa pulsión por el juego en un sistema de entrenamiento rígido, lo preparó para la alta competencia. «Yo fui un entrenador exigente. Pero yo fui duro con Rafael porque le tenía una gran estima. Y porque era mi sobrino». Con ese rigor llegó a ser tenista de élite, a ganar sus primeros títulos. Empezaba su camino a la cima cuando lo sorprendió un obstáculo físico.
¿La solución es someterse a una intervención quirúrgica? Para su pie, puede ser. Pero para su deseo de ser tenista, definitivamente no: ya le advirtieron que tal vez no pueda volver a jugar nunca más al tenis a un nivel profesional. ¿Y si cambia su estilo y empieza a jugar con menos intensidad? Imposible: Rafael Nadal no sabe competir sin el máximo esfuerzo. No puede. No quiere. No se lo permite la conducta que forjó al lado de su tío. Entonces el doctor Maceira sugirió la posibilidad de cambiar otra cosa: el punto de apoyo del pie. Y le diseñó unas plantillas especiales.
«Me pongo la plantilla así, casi el pie se me quedaba fuera del zapato porque era muy alta. Era muy incómodo. Y vamos a hablar claro, el pie me seguía doliendo, pero era un dolor que ya podía aguantar».
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«Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo».
Lo que Marguerite Yourcenar le hace decir al emperador Adriano en sus memorias podría haberlo pensado el boxeador norteamericano George Foreman mientras peleaba contra Michael Moorer el 5 de noviembre de 1994. Estaban en disputa los títulos de la Federación Internacional y de la Asociación Mundial de Boxeo. A Foreman le faltaban un par de días para cumplir cuarenta y seis años, su rival tenía veinte menos. La diferencia de edad se notaba en la movilidad de cada uno, en la frescura para desplazarse por el ring, en la velocidad para sacar los golpes. Así fue avanzando la pelea durante nueve rounds y así lo reflejaban las tarjetas: los tres jurados lo daban ganador unánime a Moorer, el invicto campeón vigente. Big George tendría que conformarse con otra derrota decorosa, por puntos, como la que había sufrido en 1991 contra Evander Holyfield.
No.
Cuando faltaba un minuto once segundos para terminar el décimo round, Foreman sacó un zurdazo demoledor, como con desprecio, que impactó de lleno en la cara desprevenida de Michael Moorer.
Nocaut.
A los cuarenta y cinco años y trescientos sesenta días, George Foreman recuperaba la corona que había perdido en Kinshasa veinte años antes contra Muhammad Alí y se convertía en el campeón del mundo más longevo de la historia de los pesos pesados.
El anverso de la longevidad es la precocidad, tal el caso de la gimnasta rumana Nadia Comaneci, que rompió los moldes con su cuerpo de niña de catorce años y el 10 perfecto en Montreal 1976. El régimen de Nicolae Ceaușescu hubiera deseado que se quedara así para toda la vida. Pero no, las nenas crecen y se vuelven mujeres, no se quedan nenas para toda la vida. Cumplen años, se desarrollan, menstrúan, les cambia la silueta. No son un tema de Estado, mal que les pese a los funcionarios de gobierno que hacen comentarios delante de ella: «Ha engordado un montón, ¿no?». Y sí, no son muñequitas eternas. Se hacen más altas, les salen curvas, les crecen las tetas.
En su libro La niña comunista que no sonreía nunca, Lola Lafon relata de un modo poético los padecimientos que sufrió Comaneci en esa etapa de su vida.
«Última aparición de la Enfermedad: el viernes pasado, mientras corre hacia el potro. Todo parece normal. Pero en su carrera algo más se pone en acción con un movimiento ridículo y bamboleante: una carne suplementaria que no forma parte de ella pero de la que se nota cada tembleque».
Crecer puede convertirse en un problema.
No crecer también. Y ahí tenemos el caso del futbolista argentino Lionel Messi, que ya sabemos cómo terminó.
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A la manera de los experimentos de la OSI con Steve Austin, The Six Million Dollar Man, o Jaime Sommers, The Bionic Woman, los cuerpos de cada deportista profesional son un laboratorio en busca del mayor rendimiento posible. Aunque no se trata de reconstruir cuerpos maltrechos por algún accidente para convertirlos en agentes que deben cumplir misiones peligrosas, sino del diseño artesanal o industrial de instrumentos al servicio de ¿el éxito?, ¿la gloria?, ¿la superación personal?, ¿el dinero?, ¿la patria?, ¿el amor al deporte?, ¿el honor?
Que cada quien elija la motivación que prefiera.
Consciente o inconscientemente, es lo que hizo cada deportista cuando comenzó a entregarse desde la niñez o la adolescencia a las dietas, la disciplina, la exigencia de los entrenamientos físicos.
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Después de meses de ensayo y error, de ajustes y cálculos sofisticados, llega el día de la prueba final del velocista belga Louven Vogelio.
Así lo cuenta la crónica del único periodista presente.
«Sonó el disparo y el muchacho pareció catapultado hacia adelante por un reactor atómico. Vi como un manchón esfumado por la velocidad, un frenético pistonear de piernas. Luego, algo que pareció desprenderse. Un estallido. Y finalmente, Vogelio, convertido en una bola de fuego, se pulverizó en el aire».
