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¿Un mal día de Lamine?

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Foto de Lamine Yamal y Nico Williams en el Barcelona–Athletic de LaLiga del 27 de agosto de 2026 en el Spotify Camp Nou, tomada por Matthieu Mirville para ZUMA Press Wire.

Acabado el Barça-Athletic, mi estimada Isabella Soprano recogió impresiones de la caterva analista que habita X —en la que se cuentan muchos profesionales del mundillo— y me preguntó: ¿Qué opinamos de la gente que dice que Lamine ha hecho hoy un partido flojo?

En el minuto 18, el Athletic dejó a Lamine solo contra su lateral, entonces el extremo se sacó un chut desde la esquina hacia el palo largo que solo una bestial estirada de Unai, la yema de sus dedos, evitó que fuese gol.

En el minuto 40, el Barça atacaba por el centro y Lamine trazó una ruptura diagonal sobre el área que aprovechó Bernal para asistirle. El delantero chutó al palo corto y solo el escorzo del imponente Unai, concretamente su hombro, evitó que fuese gol.

En el minuto 52, Lamine encontró a Fermín por dentro en la frontal. Al onubense le faltó finura y perdió el balón, entonces saltó Lamine para recuperarlo y tirar una vaselina que superó a Unai para rozar la base del larguero. El bote salió hacia fuera, como podría haber ido dentro.

En el minuto 60, Lamine tiró un túnel a Johanenko y este tuvo que derribarlo para que la jugada no se desenlazara hacia la portería.

Y en el minuto 87, un centro tocado de Lamine dejó a Adeyemi solo bajo palos, para cerrar la goleada.

Entonces, mientras pensaba la pregunta y repasaba el partido de Lamine, recordé cuando, en mi labor de redactor, se me hizo tal bola un artículo sobre el Atleti de Menotti que ni veinte relecturas permitieron que lo enviase decente a la edición. También cuando, en mi función de entrenador, jugábamos una semifinal y seleccioné mal la zaga y luego peor los cambios. O cuando Rivero, en su narración de la selección portuguesa ante España en el último Mundial, confundió a Diogo Costa con Diogo Jota y le calló la del pulpo.

Un mal día mío deja un artículo ilegible o hace al equipo perder una eliminatoria. Así como uno de Rivero arruina la retransmisión. Nuestro mal día es un mal día real porque, fallada la labor, al escarbar no hay sustancia. Mientras que lo de Lamine es otra historia.

El supuesto mal día de Lamine pone el miedo en el cuerpo del rival apenas empieza el partido, con lo que eso conlleva para el devenir del juego. Hace que, desde ese temprano momento, el rival sepa que cada vez que reciba Lamine tienen que rodearlo tres jugadores, como en el origen de la jugada del 1-0 de Raphinha, como en el larguerazo suyo o como en prácticamente cada ataque del Barça.

Un mal día de Lamine, según es llamado, es un día donde completa tres regates de cinco intentados, posibilitando jugadas en este fútbol pulmonar en que apenas se regatea. Su mal día —ja— hace que el entrenador rival tenga que sustituir a su lateral izquierdo titular a mitad del partido para que, si acaso decide defender de nuevo a Lamine, no cometa otra amarilla y los deje sin opciones de empatar.

Ese mal día de Lamine es en el que se queda sin marcar porque su compañero empuja mal una asistencia única y porque, en sus propias definiciones, aparece el mejor día conocido en el portero campeón del mundo. Lo suyo es buena parte de que el Barça pueda ganar 2-0 al Athletic sin despeinarse.

Porque, en Lamine, un mal día de este tipo es la envidia del resto.

Entonces me vinieron a la cabeza palabras de un sabio estoico con las que contestar a Isabella: ¿Un mal día de Lamine? Que piensen lo que quieran. Da igual, si todos nos vamos a morir.

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